La Reina cerró la puerta de la casa de la pitonisa.
Ni la pitonisa ni el yonqui la acompañaron a despedirse, la amabilidad que habían mostrado al principio se había esfumado después cómo por arte de magia.
De las pertenencias que había depositado en manos del yonqui al entrar, cuando fue a reclamarlas no quedaba ni rastro, ni siquiera del tetrabrik de vino. Le había dicho el yonqui que habían acordado que eran parte de la propina porque esta no solo consistía en dinero sino que se aceptaban también propinas en especie, que era la última moda en los bloques.
La Reina salió al rellano de la escalera y llamó al ascensor.
Se detuvo en la octava planta pero cuando fue abrir un joven apareció.
- ¿Subes o bajas?-preguntó el joven de mal humor. Iba vestido de n***o y con grandes cadenas doradas colgadas al cuello.
La Reina apretó con fuerza el monedero.
- Bajo al tercero pero puedo esperar, no tengo prisa...
- Pues yo subo dos pisos más arriba pero si quiere le dejo el ascensor libre pero nada en esta vida es gratis... iré al grano, me tiene que dar dos euros, cobro un euro por cada planta y como voy al décimo y estamos en el octavo... pues son dos euros en total ¡Ah! Y no admito regateos.
La Reina pensó en los vecinos tan extraños que tenía la Maloles pero lo que más le extrañaba era que daba la impresión de que no la conocía nadie. Pensó que habían pinchado en la peluca, era demasiado rubia platino, parecía de muñeca barbie.
- Ten aquí tienes dos euros-dijo la Reina entregándole dos monedas.
El joven las mordió para comprobar si eran falsas, parecía que era una costumbre en ese bloque de pisos, todo el mundo mordía monedas, tenían buenos dientes. Salió del ascensor, sostuvo la puerta y le cedió el paso a la Reina para que entrara. Había en el ascensor un olor a rancio, cómo a queso podrido.
Cuando cerró la puerta, oyó al chico gritar en el rellano de la escalera:
- ¡Zorra! ¡Fea!
Pulsó la tecla del tercero y se cruzó de brazos a esperar.
El ascensor bajó traqueteando como consecuencia de las turbulencias y entonces comenzó a rezar para que llegara sana y salva a su destino, el tercero B. No se vio con muchas esperanzas puesto que el ascensor parecía que se iba a quedar descolgado de un momento a otro, chirriaba por todos lados.
- Con lo bien que estaba yo en Palacio, eso me pasa por oliscona.
El ascensor se detuvo en la tercera planta y dijo en voz alta AMEN.
Empujó la puerta y salió al rellano de la escalera.
Se encontró con una jaula dorada oxidada y un periquito dentro. Justo al lado se encontraban tres sillones.
Observó varias puertas de los pisos salvo una que no tenía puerta, había sido arrancada de cuajo.
- Será por la calor para que haya corriente.
Un señor con más roña que ropa apareció bajo el marco de la puerta:
- ¿Vienes a por tu sillón?
La Reina no entendía lo que quería decirle.
Se encogió de hombros y el hombre le explicó:
- Zeñora yo soy el tapicero, lo mismo he pasado por su casa con el altavoz "Atención, el tapicero ha llegado..." ¿A qué ahora sí le suena?
La Reina cayó que el tapicero había llegado hasta ponerse en una calle cercana a palacio y ella lo tenía aborrecío porque no la dejaba dormir y por culpa de él, tenía que levantarse antes de la una que era su hora habitual para despertar.
- ¡Ah, no! No vengo a por ningún sillón, soy la Maloles y vivo en esta planta.
El tapicero la miró de arriba a abajo escrutándola:
- Oye pues ahora que lo dice usted es verdad, no la había reconocido. Me he bebido tres quinticos de cerveza y la vista la tengo ya nublada. Nada tire para su casa, no la molesto más. Además mire todo el trabajo que tengo pendiente aquí en el almacén- dijo señalando a los sillones despellejados que había repartidos sobre el rellano de la escalera.
- ¿No tendrá usted un quintico bien frío para mí verdad?- le preguntó la Reina con cara de desierto. Si no es mucha molestia...
La Reina sacó un billete de cinco euros del monedero y comenzó a abanicarse con él para tentarlo.
El tapicero salió derrapando hacía el interior de la vivienda y al segundo salió con un quinto de cerveza y un abridor.
- Aquí tienes Maloles, es el más frío. Son cinco euros justos si no me fallan las cuentas.
El hombre cogió el billete que le entregó la Reina, a continuación le dio la espalda a ella y se puso a dar martillazos sobre el respaldo de uno de los sillones.
La Reina se tapó los oídos con los dedos.
La pitonisa había tenido el detalle de apuntarle en un papel el número del piso en el que vivía porque le había dicho que era la última vez que se lo decía, que la tenía hasta el moño de repetírselo tantas veces.
Se buscó el papel en el bolsillo y lo sacó.
Lo leyó en voz alta:
Comenzó a leer las letras de las placas que había sobre las puertas cuando el móvil comenzó a vibrarle dentro del bolsillo.
Se lo sacó y leyó el wasap en la pantalla. No quería desbloquear el móvil ni entrar en la aplicación de wasap para no aparecer en línea. Tenía miles de wasap sin contestar y si entraba tardaría tres días en contestarlos todos. Pero este le interesaba especialmente, era un audio de la Maloles.
Desbloqueó el móvil, entró en el wasap del contacto de ella y le reprodujo el audio:
"¿Es para hoy o para mañana hija? Estoy hasta el coño de estar encerrada en tu habitación, esto es peor que una cárcel, solo hacen llamar a la puerta criadas ¡que porculeras! ¿Para eso les pagas? No sé cómo las aguantas, yo las despedía a todas y me quedaba solo con la Maloles que es la mejor. Por cierto, he pensado que mi hijo y tú hijo como son de la misma edad podrían conocerse, que ya sé que son de dos mundos diferentes y todas esas cosas, ahórrate el sermón...pero podemos intentarlo, no hay nada que perder. Tú hijo necesita relacionarse con el con el mundo exterior más allá de palacio y mi hijo se encuentra muy solo en los bloques rojos y no le vendría mal un amigo"
La Reina pensó en la propuesta de la Maloles y no le pareció mala idea. Su hijo, el heredero de la Corona, se había inventado un mundo dentro de palacio pero ya era hora que saliera más allá de las paredes de palacio y no le vendría mal un guía y quién mejor que el hijo de la Maloles.
Había oído a Maloles decir que su hijo se llamaba Wilt, no entendía cómo le había puesto ese nombre tan británico viviendo en unos bloques rojos, algo no le cuadraba.
Cogió de nuevo el móvil y le envió otro audio:
"Llevo un rato Maloles pensando en lo que me has dicho y me parece una idea estupenda. Cuando se lo diga a Manolín se va a poner muy contento, ya es hora que se eche un amigo de verdad y que espabile que va a salir tonto perdido siempre encerrado en palacio. En cuánto llegue se lo digo. Por cierto, estoy en el rellano de la tercera planta donde está tú piso, acabo de ver el 3 B, es el que no tiene puerta, la han arrancado de cuajo".