Capítulo 12

1320 Palabras
La Reina iba a despedirse de las dos señoras cuando observó algo que sobresalía en una de las bolsas de la compra que una de ellas llevaba en la mano. La Reina se aproximó más para asegurarse que aquello que estaba viendo era lo que creía y no una alucinación pero no, estaba en lo cierto, era un tetrabrik de vino y parecía de dos litros en lugar de uno. Se rebuscó nerviosa en el bolsillo de la falda y sacó unas monedas disimuladamente mientras las dos señoras seguían hablando de las dichosas habichuelas. Arrojó las monedas al suelo y las dos señoras se tiraron a por ellas al suelo cómo si no hubiera mañana. Una moneda fue a parar a la r*****a del ascensor y una de ellas se recostó mirando a ras del suelo para comprobar si la veía. - No preocuparos, son solo monedas-dijo la Reina. Tengo más... Las dos señoras la miraron atónitas: - Mira esta que ensanchada, con una de esas monedas como yo mañana. - Y yo, no te jode-replicó la otra. - Cómo os he dicho tengo más monedas-dijo la Reina bajando la voz prácticamente en un susurro. Una de ellas puede ser vuestra si me vendéis el tetrabrik de vino ese que sobresale en la bolsa. - Es mío es para el asado del domingo... además no puedo porque tendría que ir de nuevo al super y las piernas las tengo malas... hay muchas cosas qué hacer en casa y hace mucha bochorno-dijo abanicándose con la mano la cara y soplandose hacía el flequillo. - Subo el número de monedas, te doy tres en lugar de una, el triple de la oferta inicial para que no dudes-ofreció la Reina. La señora se agachó rápidamente sobre la bolsa de la compra y lo sacó. Se lo entregó mientras que con la otra mano le pedía las monedas. La Reina se las ofreció, la señora se las echó a la boca y las mordió cómo si fueran un chicle para comprobar si eran buenas o no. - Estas monedas no son falsas aunque me haya cargado media muela. Aquí tiene una bolsa también para meter el vino. Son quince céntimos pero se la regalo, estoy de promoción hoy. - ¿Pero Maloles para que quieres tú el vino? ¿Se puede saber? - preguntó la otra señora. Si tú nunca bebes o eso dices mentirosilla...Ya te lo ha pegado la Gin Tonic, tú jefa la Reina. - Es que es para ella-contestó la Reina tartamudeando. Soy una fiel sirviente y por mi Reina hago lo que sea con tal de complacerla. La Reina pulsó el botón para llamar al ascensor. Cuando llegó, abrió la puerta y entró. Se encontró con un cartel pegado a la pared que ponía escrito "Proibido arrogar colillas al suelo" La puerta de nuevo se abrió sin que le diera tiempo a pulsar el botón del piso al que se dirigía. Era de nuevo una de las señoras. - Perdona guapa- dijo arrojando una colilla al suelo del ascensor y pisoteándola apunto de hacer un agujero en el suelo. - Ala ya puedes subir-dijo la otra. Es para j***r a la pitonisa que se desconcentra cuando ve colillas en el suelo ¡Es una obsesa de la limpieza! ¡Qué se joda! A ver si no acierta en nada contigo. Cerró la puerta con un portazo y la Reina pulsó el botón del octavo para dirigirse a la casa de la pitonisa. El traqueteo del ascensor y los gritos de la escalera le impedían concentrarse en lo que le iba a preguntar a la pitonisa. Llevaba mucho tiempo esperando ese momento, nunca había ido a una bruja, tenía tantas preguntas que hacerle que no sabía por cuál empezar. Pero tendría que ser selectiva, no podría preguntárselas todas a la vez y ponerla loca. El ascensor se detuvo en el quinto. La Reina miró la pantalla extrañada y le dio a todos los botones pensando que se había quedado bloqueado el ascensor. La puerta se fue abriendo poco a poco y se montó un yonqui vestido de tatuajes y con un cigarro en la oreja. - Hola tronca-dijo el yonqui. Donde se ponga la Maloles que se quite todo lo demás, eres la mejor presidenta que tenemos, que gusto no pagar la comunidad, tú si qué vales y no como los otros presidentes que se lo quedaban todo para ellos. La Reina se apretó el monedero más fuerte en el bolsillo y se sujetó la medalla que llevaba al cuello colgada. El yonqui no le quitaba los ojos de encima, parecía que estaba sacando cuentas de lo que le podrían pagar por ella. El ascensor se detuvo en el octavo. La Reina respiró aliviada porque se iba a librar de él. Abrió rápidamente la puerta y salió por patas. Se despidió del yonqui: - ¡Ale a seguir bien! A dios muy buenas. Salió al rellano de la escalera y el yonqui la siguió. La Reina se puso nerviosa y lo miró extrañada. - ¿Me da un euro amiga? le pidió el yonqui con voz ronca. La Reina le abrió de nuevo la puerta del ascensor para que se metiera pero el yonqui la detuvo: - Maloles que voy a mi casa, qué poca memoria tiene usted. La Reina lo miró sin comprender. La puerta de uno de los pisos se abrió y salió una mujer con la cara pintada como una puerta y un moño alto en forma de palmera. - Es mi marido Maloles ¿Es que no le reconoces? No es peligroso aunque no lo parezca... Pasa, no se quedes ahí parada cómo un pasmarote que mis vecinas son muy envidiosas y me quitan los clientes. Tienen promociones 2 x1 pero yo soy mejor que ellas, lo adivino todo mientras que ellas no ¡Envidia es lo que me tienen! ¡Lagartas! gritó. No puedo ir ni a mear, en cuánto me descuido ya se han metido un cliente mío a sus casas. La Reina entró y la pitonisa cerró la puerta tras de sí. Frente a ellas se extendía un pasillo largo y oscuro. La pitonisa le pidió que la siguiera. - Yo le cojo sus pertenencias zeñora-se ofreció el yonqui. Soy el botones de la pitonisa. Estese tranquila que yo se las guardo muy bien. La pitonisa la hizo entrar en una habitación con una luz tenue que provenía de una vela a punto de consumirse. Se sentó detrás de una mesa sobre la que había una gran bola de cristal apagada. - Siéntese ahí por favor. La Reina tomó asiento y en el respaldo de la silla colgó la bolsa con el vino. - La consulta son veinte euros y se aceptan propinas. Todo en efectivo, por el tema de Hacienda ya me entiende usted. La luz de la bola no va se me escachufló ayer pero yo me apaño. La Reina asintió confiando en su profesionalidad. La pitonisa cerró los ojos con fuerza y comenzó primero a canturrear unas oraciones y después a gritar. Había entrado en trance. La Reina tembló de miedo. - No te asustes Maloles, ella sabe lo que hace-dijo el yonqui detrás apoyado en el marco de la puerta. Es lo que más le cuesta pero una vez que está dentro, está cómo pez en el agua, ya lo verá usted. La pitonisa se detuvo y abrió los ojos cómo platos: - Ya puedes empezar a preguntar. La Reina se removió en la silla, eran tantas las preguntas que tenía para hacerle... - No tengo todo el tiempo-se quejó la pitonisa. Tengo que preparar la comida. El yonqui por detrás le dio un empujón a la Reina: - Maloles espabila, venga mujer, qué la propina es para mí. A la Reina entonces se le ocurrió qué preguntar: - ¿En qué piso vivo en el 3 B o D?
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