Capítulo 2 – Una casa demasiado perfecta
Hoy es mi primer día de trabajo. Y, curiosamente, estoy menos nerviosa que ayer. Quizás porque ayer ya enfrenté la primera prueba y salí viva. Quizás porque algo dentro de mí me dice que esto —por extraño que parezca— es el comienzo de algo importante.
Desayuné sin apuros, algo que pocas veces me permito. Pan tostado, huevos revueltos y un café tan caliente que casi me quemo los labios. Me vestí con ropa cómoda pero decente: jeans oscuros, una blusa azul claro y un moño bajo improvisado que me quitó diez minutos de vida frente al espejo.
Salí con tiempo. Llegué a la casa de los Blake a las 9:50. Toqué el timbre y una melodía elegante resonó dentro. Unos segundos después, se abrió la puerta.
—Buenos días, señorita Isabela —dijo la mujer mayor con la misma sonrisa educada del día anterior—. El pequeño Noah está en su habitación.
—Hola, Helena. ¿Cómo está usted?
—Como todos los días, vivo un día a la vez —respondió, y me guiñó un ojo, más cómplice que la vez anterior.
Le entregué mi abrigo, me cambié los zapatos por unas baletas y comencé a subir las escaleras. Las barandas brillaban como si alguien las hubiera pulido con diamantes. Todo olía a eucalipto y limpieza profunda.
Toqué la primera puerta a la izquierda.
—¿Noah? —pregunté en voz baja.
No hubo respuesta, así que empujé suavemente la manija.
Apenas me vio, corrió hacia mí con una sonrisa que iluminaba toda la habitación.
—¡Isa! ¡Mira mi pista nueva! Papá me la dio ayer por portarme bien.
Liam estaba allí también, de pie junto a una estantería. Me miró por encima del hombro del niño y asintió con una sonrisa discreta.
—Ya me voy, hijo. Hoy te vas a divertir mucho con Isabela —dijo, besándole la cabeza—. Estaré de regreso a las cinco y media. Si necesitas algo, Isa, tienes mi número.
—Perfecto, Liam. Que tenga un buen día —respondí, tratando de sonar profesional, aunque su voz seguía resonando en mi cabeza.
Apenas salió, Noah me arrastró al suelo como si nos conociéramos de toda la vida. Jugamos con autos, carreras, bloques y más bloques. Él tenía una imaginación desbordante. Narraba cada curva como si fuera el presentador de un campeonato mundial de Fórmula 1.
Después de una hora de juegos, se levantó de golpe.
—¡Tengo hambre!
—Vamos a la cocina —le dije, tomándolo de la mano.
Cuando entramos, Helena ya estaba preparando algo sobre la encimera.
—¿Danonino, otra vez? —dijo ella, sonriendo al ver al pequeño dirigirse directamente a la nevera.
—¡Sí! —gritó Noah.
—Tiene una obsesión con ese yogurcito —me dijo Helena mientras me pasaba un platito para que se lo sirviera—. Lo único que logra sentarlo quieto cinco minutos.
—Eso ya lo noté —le respondí con una sonrisa.
Después de dejar a Noah frente a la televisión con su programa favorito y el Danonino, me acerqué a Helena.
—¿Lleva mucho tiempo trabajando con la familia?
—Más de ocho años — respondió mientras se secaba las manos con un paño blanco—. Entré cuando la casa aún parecía demasiado grande y vacía, años después Liam acababa de recibir la noticia de que Noah venía en camino, desde entonces la casa ya no está tan sola. — En mi mente solo me preguntaba sobre la madre de Noah, y Helena lo notó, por lo que solo me miró y negó con la cabeza. —.No sé todos los detalles, pero... bueno, supongo que sabrás con el tiempo.
—Él no habla mucho de eso — dije en voz baja.
—Ni lo hará. Es reservado. Pero no es malo, solo... fue herido antes de tiempo. Aunque desde que Noah nació, ha sido otra persona. Vive por ese niño.
Asentí, sintiendo un nudo en la garganta. Había algo profundamente doloroso en todo lo no dicho.
—¿Y no ha tenido pareja desde entonces? —pregunté, y enseguida me arrepentí.
Helena arqueó una ceja y me lanzó una mirada que no supe descifrar.
—Liam tiene prioridades claras. Y mujeres no le faltan, pero... pocas se quedan. Esta casa impone. Y él... bueno, él tiene su forma de proteger lo suyo. Hasta de sí mismo.
—Entiendo —dije, aunque no estaba segura de hacerlo.
—Pero tú le gustas —añadió de pronto, sin mirarme.
—¿Perdón?
—No dije nada —respondió, sonriendo mientras abría el horno para revisar el almuerzo.
Volví con Noah, algo confundida. ¿Le gusto? No. No puede ser. Es mi jefe, apenas me conoce. Y yo... yo solo estoy aquí para cuidar de su hijo.
El resto de la tarde voló. Coloreamos, hicimos rompecabezas y hasta armamos una especie de fuerte con sábanas y almohadas. Noah tenía tanta energía que apenas podía seguirle el ritmo, pero no me importaba. Estaba feliz. Y yo también, de alguna manera.
A las cinco y media, justo como lo prometió, Liam regresó.
—¿Cómo se portó mi pequeño terremoto? —preguntó, agachándose para abrazarlo.
—Un ángel... con un poco de trampa —respondí riendo.
—¿Y tú? —preguntó, mirándome—. ¿Sobreviviste?
—Milagrosamente, sí.
Ambos reímos, y por un segundo, sentí que había algo en el aire. Un tipo de complicidad que no sabría explicar. O quizás solo era mi cabeza jugando trucos.
—¿Te quedas a cenar?
—Gracias, pero no hoy —dije, recogiendo mi bolso.
—Te acompaño a la puerta.
Nos despedimos. Noah me abrazó fuerte.
—¿Mañana vienes, Isa?
—Claro que sí. Todos los días.
Cuando salí de la casa, el cielo ya comenzaba a pintarse de naranja. El aire era fresco, y por primera vez en semanas, sentí que respiraba distinto. Como si el universo, por alguna razón, estuviera moviendo piezas a mi favor.