Capítulo 1
Me desperté a las seis de la mañana. No necesité alarma. La ansiedad por la entrevista de trabajo ya había hecho lo suyo. Sentía las manos secas, las rodillas un poco temblorosas y un nudo en el estómago que no me dejaba pensar con claridad desde que terminé la llamada con el señor Blake la tarde anterior.
Me senté al borde de la cama, mirando al vacío, tratando de imaginar cómo sería. ¿Qué tipo de persona contrata a una niñera con tan poco aviso? ¿Y en una casa tan lujosa como la que describió por teléfono?
Mientras pensaba en eso, comencé a vestirme. Elegí una camisa blanca y unos pantalones negros sencillos pero elegantes. Me miré en el espejo, intentando convencerme de que tenía el control... pero la sensación en mi estómago decía lo contrario.
No pude comer nada. Me senté a la mesa solo con un vaso de agua con limón, esperando que al menos me ayudara a mantenerme en pie. Fingí calma. Hipocresía pura.
Los escalones crujieron detrás de mí. Mi madre bajó las escaleras como cada mañana, con su andar elegante y sereno, como si la vida nunca le pesara.
—Buenos días, Isa —dijo con una sonrisa dulce. Su cabello recogido dejaba ver su rostro iluminado, aunque sus ojos oscuros escondían el cansancio de una vida que nunca fue fácil.
—¿Cómo te sientes hoy, mamá? —le pregunté. Su arritmia cardíaca había sido motivo de preocupación constante en casa.
—Estoy bien. Dormí como una piedra anoche. No te preocupes por mí, aún me queda cuerda para rato —respondió, besándome en la frente, como hacía desde que tengo memoria.
—Espero que no lo digas solo para que no me preocupe —dije con media sonrisa, sentándome junto a ella mientras la veía tomar sus pastillas con un vaso de jugo.
—No te estreses tanto, Isa. Todo va a salir bien —me dijo, tomándome la mano con ternura.
—Lo sé, pero no es solo la entrevista. Es hablar con alguien que no conozco, en un lugar que me intimida. Ojalá salga bien, solo para evitarme volver a pasar por este proceso otra vez —suspiré, tomando aire—. Tengo que salir ya. El tráfico a esta hora es una locura.
—Suerte, hija. ¡Te irá bien! —me dijo con una mirada firme.
—Gracias, mami. Te amo —le guiñé un ojo antes de salir.
El viaje fue largo. Chicago siempre tiene ese aire de caos organizado. Confié en el navegador, aunque sabía que ese barrio era completamente nuevo para mí.
Después de más de una hora, finalmente llegué. Las casas eran enormes, de ladrillo rojo y jardines inmaculados. Si no fuera por la lluvia en el parabrisas, podría jurar que estaba en un set de Hollywood.
Al fondo de la calle apareció una mansión blanca, con una fuente frente a la entrada y una verja automática que se abrió apenas me acerqué. Entré, con el estómago encogido.
Aparqué frente a la puerta principal, me bajé con las piernas algo temblorosas, preguntándome si de verdad estaba en el lugar correcto.
La puerta se abrió. Una mujer mayor, delgada y con el delantal más impecable que he visto, me recibió.
—¿La señorita Isabela? —preguntó amablemente.
—Sí —asentí, algo insegura.
—Soy Helena, el ama de llaves. El señor Blake la espera en el estudio, al fondo del pasillo. Estaré encantada de tomarle el abrigo.
Le sonreí con gratitud, entregándole el abrigo mientras respiraba profundo.
El pasillo parecía sacado de una revista de diseño. Fotografías familiares, títulos enmarcados, cuadros de estilo clásico. Llamé suavemente a la puerta indicada. Escuché un “adelante”.
Entré.
—¿Isabela? —dijo un hombre de unos treinta años, de cabello oscuro, mirada intensa y una sonrisa inesperadamente cálida—. Soy Liam Blake.
Se acercó con paso firme y me ofreció la mano. La suya era cálida, segura. Me indicó con un gesto que me sentara en un sofá cercano. Lo hice, intentando parecer más tranquila de lo que estaba.
—No te preocupes, esto no es una entrevista formal —dijo con una sonrisa amable—. Solo quiero conocerte un poco antes de confiarte a lo más valioso que tengo.
Su forma de hablar me hizo sentir más cómoda, pero también más nerviosa.
—Cuéntame, ¿por qué estás interesada en este trabajo?
—Me gustan los niños —respondí sin pensarlo—. Siempre he conectado con ellos. Me gusta su manera de ver el mundo, cómo encuentran magia en lo más simple. Además, tengo experiencia previa como niñera y también fui voluntaria en un programa de acompañamiento escolar.
Asintió, interesado.
—¿Tienes hijos?
Tragué saliva. Una sombra cruzó por mi mente.
—No... y no planeo tener por ahora.
Él notó el cambio en mi tono, pero no insistió. Solo asintió y miró sus notas.
—¿Qué harías si Noah tuviera una rabieta en público?
—Depende. Primero, me aseguro de que esté bien físicamente. Después intento conectar con lo que siente. No siempre dicen “no” al helado o al juguete... a veces dicen “no” al sentirse solos o ignorados. Intentaría calmarlo sin forzarlo. Con los niños, todo tiene un motivo, incluso cuando parece absurdo.
Sonrió, con una mezcla de sorpresa y admiración.
—No mucha gente habla así de los niños. Me gusta tu enfoque.
—Gracias. Solo intento ser... humana.
Hubo una breve pausa.
—¿Y tú, por qué buscaste una niñera?
Me miró un instante, como si meditara si debía ser honesto o no.
—Porque no puedo hacerlo todo solo —dijo al fin—. Mi hijo merece más de lo que mis horarios me permiten darle.
No supe qué decir. Pero algo dentro de mí se enterneció.
—¿Te gustaría conocerlo?
Asentí.
Caminamos hacia el salón. El niño, Noah, jugaba con bloques de colores en una alfombra. Tenía el mismo cabello oscuro y los ojos claros de su padre. Era como una versión en miniatura de él.
—Noah, ven. Quiero presentarte a alguien —dijo Liam, con una sonrisa que se suavizó al mirar a su hijo.
El pequeño se acercó, curioso.
—Hola, soy Noah. Me gusta jugar al escondite —dijo con una sonrisa llena de vida. —¿Jugamos? —preguntó, mirándome con una ternura que me desarmó.
Iba a decir que sí, pero Liam intervino:
—Isa no empieza hoy, hijo. Comienza mañana.
—Oh, está bien —dijo Noah, bajando los hombros.
Me agaché un momento y le susurré:
—Mañana jugamos todo lo que quieras, ¿sí?
Me sonrió como si le hubiera hecho un regalo.
Liam me acompañó hasta la puerta.
—Hasta mañana, Noah —me despedí con una sonrisa.
— Chao Isa—gritó el niño desde el salón.
—Adiós, señor —le dije a Liam.
—Por favor, Isabela... no me llames señor. Suena como si tuviera cincuenta. Llámame Liam.
—Entonces... hasta mañana, Liam.
—Eso está mucho mejor —sonrió.
Salí de la casa con una sensación extraña en el pecho. No era miedo. Tampoco emoción. Era algo más profundo, como si acabara de cruzarme con algo —¿o alguien?— que el destino había puesto frente a mí con un propósito.
Y aunque no entendía cuál era... una parte de mí no quería alejarse.