Capítulo 1 POV Isabella
En mi mundo, donde el apellido pesaba más que la verdad y los secretos valían más que el amor, sostener la mirada era lo único que podía protegerte del derrumbe.
Mi padre, Antonio Ricci, era un hombre de los que ya no existen, hecho para morir por otro si era necesario y servía directamente a Alessandro D’Avola, el jefe de la mafia en Italia.
Murió cumpliendo una orden directa. Una operación que no salió como debía. Nadie dio detalles. Solo nos entregaron un ataúd sellado y un silencio que pesaba como plomo.
—¿Cómo murió? —pregunté un día a mi madre.
Mi madre no me miró. Mantenía la espalda recta frente al ventanal.
—Sirviendo hasta el último aliento. No esperes detalles. En este mundo, el silencio es lo único que sobrevive a la verdad.
Tenía diecisiete años cuando nuestra casa dejó de ser hogar. Mi madre, que había sido la reina de cada evento social, empezó a encerrarse con las cortinas cerradas, hablando sola, llorando en silencio y rompiendo lo que aún brillaba.
—Ya nadie vendrá, Isabella —me dijo una tarde mientras arrancaba las flores secas de un jarrón vacío—. En este mundo, la viudez es una maldita condena.
La decadencia no cayó como un trueno. Se deslizó como humedad en las paredes. Imparable. Hasta que un día, sin avisar, mi madre se levantó, se vistió de n***o y se fue.
Cuando regresó, aún tenía el abrigo húmedo por la llovizna, cerró la puerta con lentitud. Yo la miré desde la escalera. Le temblaban las manos, pero no los ojos.
—¿Dónde estuviste? —pregunté.
—En la casa de la familia D’Avola. —respondió sin inmutarse.
Más tarde supe que había cruzado las puertas de la residencia del jefe de la mafia. Se presentó ante los D’Avola sin cita, sin temor y sin lágrimas.
—Mi esposo murió sirviendo a su familia —declaró frente a él, sin titubear—. No estoy aquí buscando caridad. Estoy aquí por justicia. Tú sabes lo que dicta la tradición.
Él no la interrumpió. Solo la escuchó. Luego se levantó lentamente de su silla.
—Antonio fue un hombre de honor. Un Ricci que jamás pidió nada que no se hubiera ganado.
Mi madre alzó el mentón, firme.
—Entonces no rompas lo que él defendió con su vida.
Hubo una pausa densa. Luego Alessandro asintió.
—La deuda será saldada. Como dictan nuestras costumbres.
Y así fue como su palabra se volvió sentencia.
Un mes después en mi cumpleaños número 18, fui comprometida con un hombre leal a la familia D’Avola.
Leonardo no era un monstruo a simple vista. Era joven, rico. Su sonrisa era precisa. Sus trajes, impecables. Pero por dentro… estaba hueco. Hecho para complacer, no para sentir.
Nuestro noviazgo fue un trámite. Dos meses de cenas frías, silencios incómodos y conversaciones sin alma. Nunca me miraba más de lo necesario. No hubo afecto. Solo protocolo.
—¿Estás feliz con este compromiso? —le pregunté en una ocasión, forzándome a buscar alguna señal.
—La felicidad es un lujo —respondió, bebiendo su vino sin levantar la mirada—. Nosotros no vivimos de lujos, Isabella. Vivimos de deberes.
Acepté sin quejarme. Porque ser hija de un hombre leal significaba sacrificarse sin condiciones.
Acepté porque nadie me enseñó a desear otra cosa.
La boda fue perfecta… para los demás. Vestido blanco, música solemne, aplausos. Pero yo me sentía como una ofrenda envuelta en encaje. Sabía que no me estaba casando con un esposo, sino con una jaula.
Y no me equivoqué.
La noche de bodas fue el comienzo del silencio. No me besó. No me habló. No me miró. Solo me giró de espaldas y me usó como quien firma un contrato.
—Así es más placentero para mí —murmuró, empujándome contra el colchón—. No necesito verte. Solo obedéceme.
—¿Está bien así? —susurré alguna vez, temblando.
No hubo respuesta. Solo su peso. Su respiración. Su indiferencia.
Aprendí a flotar fuera de mí. A mirar mi cuerpo como si ya no fuera mío. A guardar mi alma en un rincón que él no pudiera tocar.
Me obligaba a usar un perfume que olía a madera vieja y que aborrecía. Decía que olía a esposa. A sumisión. A propiedad.
Mi madre me llamaba a veces.
—¿Y los niños? —preguntaba con falsa emoción—. Ya deberían tener uno.
—Leonardo quiere esperar —respondía yo, fingiendo normalidad.
Mentira. Él nunca me tocó como a una esposa. Siempre por detrás. Nunca con intención de crear, solo de someter.
Una noche reuní valor.
—¿Alguna vez tendremos una familia?
Leonardo bebió su whisky y dijo:
—Tú no estás hecha para criar. Solo para obedecer.
No hubo hijos. No por infertilidad. Sino porque jamás me tocó con amor. Porque me redujo a objeto. A silencio. A sombra.
Y entonces, un día, el teléfono sonó.
—Leonardo ha tenido un accidente —informó un primo lejano de él.
Iba en su Maserati. Alta velocidad. Curva cerrada. No sobrevivió.
Colgué. No lloré. Me llevé las manos al cuello. Respiré por primera vez en años.
Me sentí sucia por sonreír. Pero viva.
No me dolía su muerte. Me dolía haber vivido para merecerla.
Creí que era libre.
Pero no lo era.
El testamento que había dejado su padre era claro: al no haber hijos, no me correspondía nada. Todo pasaría al siguiente Morlani.
Me entregaron una maleta. Un coche. Y me enviaron de regreso… a casa.
—No serviste para nada —fue lo primero que dijo mi madre al abrir la puerta—. Ni hijos ni fortuna. ¿Para qué volviste?
No respondí. ¿Qué podía decir?
Días después de instalarme en mi antigua habitación, mi madre me llamó al comedor con un montón de papeles sobre la mesa. Su voz era firme, casi impaciente.
—Tienes que firmar esto, Isabella —dijo—. Son trámites legales, cosas del seguro de Leonardo y unos asuntos pendientes que deben quedar en orden.
—¿Del seguro? —pregunté, confundida.
—No hagas preguntas. Solo firma. Ya bastante perdimos como para encima salir perjudicadas. Si algo puede recuperarse, será gracias a esto.
Sus ojos no me buscaron, pero el temblor de su dedo al señalar la línea me dijo que no era solo una formalidad. Era una exigencia. Una deuda que aún no entendía del todo.
Pero entonces escuché una voz.
—¡Isa!
Era Alessio, mi hermano menor, con trece años y los ojos enrojecidos. Detrás de él venían Giuliano de diez y Elio de ocho años, descalzos, desordenados, y más vivos que nunca, habían regresado de su campamento de verano y se lanzaron sobre mí como si el tiempo no hubiera pasado. Como si nunca me hubieran soltado.
Por primera vez en años… podía volver a empezar. Pero entonces, algo cambió.
Días después, escuché a Giuliano susurrar en la cocina con la señora que venía a limpiar.
—Ese jefe vino otra vez a la casa —dijo.
—¿Quién? —preguntó la mujer, mientras secaba un vaso.
—El que era el jefe de papá… el señor D’Avola.
Mi cuerpo se tensó. ¿Alessandro D’Avola? ¿Aquí? ¿Para qué?
Esa noche, lo confirmé. Escuché a mi madre hablar por teléfono en voz baja, detrás de la puerta cerrada.
—Esta puede ser nuestra oportunidad, las cosas van a mejorar, ella solo tiene que aceptar lo que está por venir y cooperar en todo.
Me alejé, sin comprender aquella conversación, pero fue entonces cuando lo sentí: una presencia lejana, invisible, clavada en mi espalda como un susurro que arde.
Y en ese instante lo supe…
Alguien me observaba desde la distancia y aquella sensación me hizo preguntarme.
¿Y si aquella presencia fuera el principio de algo mucho más oscuro?