Sara Después de que Arturo salió de mi oficina, me quedé sentada con mis ojos cerrados, recordando lo que pasó aquella noche. Estaba sentada en el piso, esperando a que el médico saliera y me dijera que mi pequeño iba a estar bien. Pero cuando él sale y me ve, se acerca a mí. Mis lágrimas no dejan de bajar por mis mejillas; cada cierto tiempo las limpio, pero hay una opresión en mi pecho que no me deja respirar. Se pone a mi altura y toma mis manos. Sé que lo que me dirá no me gustará, así que cierro los ojos y él solo me dice: —Lo lamento, señora, pero su hijo ha fallecido. Tenía una neumonía que su pequeño cuerpo no pudo soportar. Yo abro los ojos de golpe y veo tristeza y lástima en los suyos. Yo empiezo a negar y me pongo de pie. —No, doctor, esto no puede ser verdad. Mi pequeño t

