Sara Mi cabeza empieza a doler. Yo suspiro y miro a Alejandro, que está frente a mí con los brazos cruzados; se ve molesto, pero no me interesa. Yo coloco las manos encima del escritorio y entrelazo mis dedos. Él me mira a los ojos y suspira. —No pienses en contestar la pregunta que te he hecho. Yo me encojo de hombros, restándole importancia, pero es que este idiota, ¿qué se cree al venir aquí y pedir explicaciones? —Si soy sincera, no sé qué contestar o qué respuesta deseas escuchar, pues no sé a qué te refieres. Él suelta una carcajada y se sienta frente a mí, cruzando las piernas. Yo lo miro de arriba a abajo y, cuando sus ojos se cruzan con los míos, sonríe de lado. Vaya que el hombre es egocéntrico, pero hay que aceptar que tiene por qué serlo. —Vamos, Sara, eres una mujer muy

