Capítulo 4: El acero y el cristal

1995 Palabras
La madrugada en la Fortaleza Novak no trajo la paz, sino una tregua armada. En el sótano blindado de la mansión, el sonido era rítmico, violento y sordo: el impacto de unos nudillos envueltos en vendas contra el cuero pesado de un saco de boxeo. Aidan estaba empapado en sudor. Sus músculos, esculpidos por años de disciplina y una genética privilegiada, se tensaban y relajaban con una precisión letal. Cada golpe que lanzaba llevaba el nombre de una frustración que no podía verbalizar. No estaba golpeando al saco; estaba golpeando la imagen de Lucía bajando aquellas escaleras. Estaba golpeando el recuerdo de su cintura de arena bajo sus manos y el calor prohibido que había sentido al tenerla cerca. —¡Maldita sea! —rugió, lanzando un derechazo que hizo que las cadenas del saco chirriaran bajo la tensión. Aidan se detuvo, apoyando la frente contra el cuero frío. Su respiración era errática. A sus 24 años, siempre se había jactado de tener un control absoluto sobre sus impulsos. Alexander lo había entrenado para ser un bloque de hielo, un estratega que nunca dejaba que las emociones nublaran el juicio. Pero Lucía... su pequeña hermana, se había convertido en una anomalía en su sistema. Cerró los ojos y, en lugar de oscuridad, vio los labios de Lucía siendo mordidos por sus propios dientes, una invitación inconsciente que lo estaba volviendo loco. —¿Aidan? —La voz de Elena resonó en el gimnasio, rompiendo su burbuja de furia. Él no se giró. Se limitó a soltar el aire lentamente, tratando de recomponer su máscara de frialdad. Elena se acercó, envuelta en una bata de seda cara, luciendo perfectamente compuesta a pesar de la hora. —Llevas aquí dos horas, cielo. Ven a la cama —dijo ella, intentando poner una mano en su espalda sudorosa. Aidan se apartó bruscamente, caminando hacia el banco para beber agua. —No tengo sueño, Elena. Ve tú. —Estoy cansada, Aidan —espetó ella, perdiendo la paciencia. Su voz, que solía ser dulce, ahora tenía un filo de desesperación—. Estoy cansada de este lugar, de tus hermanos que me tratan como a una intrusa y de ti, que pareces haber olvidado que soy la mujer con la que te vas a casar. Desde que pusimos un pie en esta casa, me tratas como a un mueble más. Aidan dejó la botella y la miró con esos ojos azul acero que enviaban escalofríos de temor a cualquiera. Pero no era temor lo que Elena sentía ahora, era humillación. —Si estás tan cansada, Elena, ya sabes perfectamente dónde está la puerta —respondió Aidan con una voz tan plana y carente de afecto que fue peor que un grito—. Nadie te obligó a venir y nadie te obliga a quedarte si la carga es demasiado pesada para tus hombros. Elena se quedó sin aliento. —Aidan... soy tu prometida. —Entonces actúa como tal y deja de quejarte por cosas que no puedes cambiar. Mañana tengo reuniones. Déjame solo. Aidan pasó por su lado sin siquiera mirarla, dejando a Elena sola en el gimnasio frío, hirviendo de una rabia que necesitaba descargar. Y sabía perfectamente quién sería su blanco. Lucía estaba en su estudio de arte, en el ala norte de la mansión. No podía dormir. El rastro de las manos de Aidan en su piel parecía seguir quemando. Estaba frente a un lienzo en blanco, con un carboncillo en la mano, cuando la puerta se abrió de golpe. Elena entró como un huracán de resentimiento. —Tú —siseó la rubia, señalándola—. Estás disfrutando esto, ¿verdad? Disfrutas ver cómo causas problemas entre Aidan y yo. Lucía dejó el carboncillo con una elegancia que enfureció aún más a la otra mujer. Se levantó lentamente, revelando que aún llevaba puesto el vestido n***o, aunque descalza. Sus ojos gris miel estaban tranquilos, pero con una chispa peligrosa. —No sé de qué hablas, Elena. Aidan es un hombre adulto; él toma sus propias decisiones —dijo Lucía con voz suave. —¡Mentirosa! —gritó Elena, acercándose hasta quedar a pocos centímetros—. Eres una caprichosa que no soporta que su hermano mayor tenga una vida propia. Esa escena de hoy en la fiesta... fue patética. Estás tratando de llamar su atención como una niña malcriada, pero te advierto una cosa: yo soy la que tiene el anillo. Yo soy la que dormirá con él cada noche por el resto de su vida. Tú solo eres... un estorbo. Una niña que pronto será enviada a algún internado en Suiza si sigo presionando a Aidan. Lucía no retrocedió. Al contrario, dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio de Elena con esa presencia magnética que solo los Novak poseían. —Escúchame bien, Elena —dijo Lucía, y su voz bajó una octava, volviéndose gélida—. Estás en la Fortaleza Novak. Aquí, las paredes tienen oídos y la lealtad es nuestra única ley. Te crees muy lista porque tienes un anillo, pero un anillo es solo metal. Yo llevo la sangre de Alexander Novak en las venas. Mi apellido está grabado en cada piedra de este lugar. Lucía extendió una mano y tocó el hombro de Elena con un dedo, con un gesto de desprecio absoluto. —Si vuelves a entrar en mi estudio sin permiso, o si vuelves a dirigirte a mí con ese tono de empleada resentida, me encargaré personalmente de que mi padre te saque de aquí antes de que salga el sol. Y créeme, cuando un Novak decide borrar a alguien de su vida, esa persona deja de existir. No eres una rival, Elena. Ni siquiera eres una distracción. Eres un error que Aidan cometió en Nueva York y que yo me voy a encargar de corregir. Elena dio un paso atrás, temblando de furia. Quiso levantar la mano para abofetearla, pero la mirada de Lucía la detuvo en seco. Había algo en esos ojos gris miel que le decía que, si lo hacía, no saldría viva de esa habitación. —¡Ya veremos quién sale de aquí primero! —gritó Elena antes de salir dando un portazo. Lucía se dejó caer en su silla, con el corazón latiendo con fuerza. Había ganado ese round, pero sabía que la guerra apenas comenzaba. El despacho del León: Lecciones de un padre A la mañana siguiente, Aidan fue convocado al despacho de su padre. Alexander Novak estaba sentado frente al ventanal, mirando el horizonte gris de Londres. —Pasa, Aidan —dijo Alexander sin girarse. Aidan entró y se sentó en la silla de cuero frente al escritorio. Notó que su padre tenía una expresión más sombría de lo habitual. —Tu... prometida —empezó Alexander, pronunciando la palabra con un deje de asco—, entró anoche en mi despacho a gritarme. Aidan cerró los ojos, frotándose el puente de la nariz. —Lo siento, papá. Está bajo mucha presión por el cambio de ciudad. —No me pidas disculpas por ella —le cortó Alexander, girándose para mirarlo a los ojos—. Le dejé claro que la próxima vez que me levante la voz, le sacaré la cabeza. Y no era una metáfora. Sus padres están vivos porque yo lo permito, Aidan. No traigas debilidad a esta casa. Aidan asintió, sintiendo el peso de la autoridad de su padre. —Pero no te llamé solo por eso —continuó Alexander, suavizando un poco el tono—. Te llamé como tu padre, no como el jefe de la familia. Te vi anoche cuando volviste de la fiesta. Vi cómo mirabas a Lucía. Y vi cómo te mirabas las manos después de haberla tocado. Aidan se tensó, sus nudillos volviéndose blancos. —Estaba enojado porque se expuso de esa manera. Es mi hermana, papá. —Lo es —asintió Alexander, pero sus ojos azules estudiaban a su hijo con una profundidad aterradora—. Pero el casamiento no es una broma, Aidan. No es un contrato comercial que puedas cancelar sin consecuencias emocionales. Un hombre Novak solo se casa por dos razones: por poder o por un amor que sea capaz de quemar el mundo entero. Alexander se levantó y puso una mano en el hombro de su primogénito. —Aidan, eres mi orgullo. Te he dado las llaves del imperio porque confío en tu mente. Pero el corazón... el corazón es un territorio que no puedes conquistar con lógica. Asegúrate de que esa mujer sea realmente la que quieres al lado de tu cama cada mañana. Porque si te casas con la persona equivocada mientras tu alma busca a otra, vivirás en una prisión que ninguna cantidad de dinero podrá comprar. Aidan no pudo responder. Las palabras de su padre eran como espejos que le devolvían una imagen que no quería ver. En el salón principal, la tensión familiar tomó un rumbo diferente. Clara estaba terminando de organizar sus cosas con la ayuda de Aurora. —¿A dónde vas? —preguntó Leo, entrando en la habitación con su tableta, pero con un gesto inusualmente perturbado. —Mi padre mandó por mí, Leo —dijo Clara sin mirarlo—. Dice que ya he pasado suficiente tiempo aquí y que debo volver a casa para mis estudios y para estar con la familia. Leo se detuvo en seco. Sus cálculos mentales parecieron congelarse. —Eso no tiene sentido lógico. Aquí tienes los mejores tutores, tienes acceso a la biblioteca Novak y... aquí no te falta nada. Aurora, que observaba la escena con una sonrisa triste, se acercó a su hijo. —Leo, cariño, no es por falta de recursos. Ellos son sus padres. Ella tiene una casa propia, tiene su vida fuera de estas paredes. No puedes pretender que viva aquí para siempre solo porque tú quieres tenerla cerca. Leo apretó la mandíbula. Por primera vez, la lógica no le servía de nada. Sentía un vacío en el estómago que no podía explicar con algoritmos. —Es absurdo —escupió Leo, sus ojos brillando con una rabia fría—. Si se va, la probabilidad de que su educación siga el ritmo adecuado baja un 30%. Es una decisión irracional. —¡No soy un porcentaje, Leo! —gritó Clara, girándose hacia él con los ojos llorosos—. ¡A veces tengo que ser una hija antes que tu compañera de juegos o tu asistente de investigación! Leo no respondió. Simplemente dio media vuelta y salió del salón a paso rápido, cerrando la puerta con una fuerza impropia de él. Estaba enojado, furioso con Clara, con su padre por dejarla ir, y consigo mismo por sentir que el mundo se volvía un lugar mucho más pequeño y oscuro sin ella. Mientras Leo se encerraba en su cuarto de servidores para descargar su furia en el código, Lucía observaba desde la ventana cómo el coche de los Ricci se alejaba. Se sentía más sola que nunca. Clara se iba, Leo estaba en su propio infierno de lógica rota, y Aidan... Aidan estaba a punto de entregarse a una mujer que lo odiaba a él tanto como odiaba a Lucía. Pero mientras miraba el horizonte, Lucía recordó el temblor en las manos de Aidan anoche. Recordó cómo él había mirado sus labios. —Aún no has ganado, Elena —susurró Lucía para sí misma, con sus ojos gris miel fijos en el reflejo del cristal—. Porque tú tienes su anillo, pero yo tengo su alma. Y los Novak no compartimos lo que nos pertenece. Capítulo 5: Leo decide que no va a permitir que Clara se aleje y planea una "visita técnica" a la mansión Ricci que terminará en un desastre divertido. Lucía, por su parte, decide jugar sucio y "ayudar" a Elena con los preparativos de la boda, eligiendo detalles que sabe que Aidan odia, mientras él empieza a tener sueños recurrentes con la noche de la fiesta.
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