Capítulo 3: El rugido del león y el silencio del alma

1415 Palabras
La música en la fiesta era un martilleo constante que vibraba en las paredes, pero no era nada comparado con el estallido que ocurrió cuando la puerta principal se abrió de par en par. No fue una entrada, fue una invasión. Aidan Valera Novak, a sus 24 años, irradiaba una furia que parecía capaz de incinerar el lugar. Sus ojos azul acero escanearon la pista de baile hasta que se fijaron en una sola persona: Lucía. Ella estaba allí, rodeada de tres chicos que intentaban impresionarla. Uno de ellos, un tipo alto y musculoso que fanfoneaba sobre sus trofeos de boxeo, tenía una mano peligrosamente cerca de la cintura de arena de Lucía. —¡Quita tus manos de ella ahora mismo! —El grito de Aidan cortó la música como un hacha. Lucía se giró, su rostro encendido por una mezcla de humillación y rabia. —¿¡Pero quién te crees que eres!? —le gritó ella, dando un paso al frente—. ¡No puedes venir aquí a dar órdenes! ¡Vete a casa con tu prometida y déjame en paz! Aidan ni siquiera la escuchó. Su mirada estaba fija en el chico del boxeo, quien, cometiendo el error de su vida, se infló el pecho y dio un paso hacia el heredero de los Novak. —Tranquilo, viejo, solo estamos bailando —dijo el chico con una sonrisa arrogante. A unos metros, Leo y Clara observaban la escena. Clara estaba pálida, apretando el brazo de Leo. —Leo, haz algo... ayuda a tu hermano. Ese chico es el campeón regional de boxeo, lo va a matar —susurró Clara con angustia. Leo, imperturbable, ajustó sus gafas y consultó un dato inexistente en su mente. Su rostro no mostraba ni una gota de sudor. —Clara, por favor. La probabilidad de que Aidan salga de aquí con un solo golpe es estadísticamente cero —respondió Leo con voz monótona—. Es más que seguro que el pobre chico termine en una camilla antes de que termine esta canción. —¿Llamo a una ambulancia? —preguntó Clara, sin entender la confianza de Leo. —Llama directamente a la morgue —sentenció Leo. Ante la mirada de horror de Clara, él simplemente le puso una mano en el hombro y le hizo girar la cabeza—. Mira. Lo que siguió fue una coreografía de violencia técnica y letal. Aidan no peleaba como un matón de calle; peleaba como alguien entrenado por los mejores instructores de defensa personal del mundo. El "boxeador" lanzó un puño que Aidan esquivó con una elegancia aterradora. Antes de que el chico pudiera reaccionar, Aidan le hundió el puño en el plexo solar y lo remató con un gancho que lo mandó directo al suelo. Los otros dos "gorilas" que intentaron intervenir no corrieron mejor suerte; en menos de treinta segundos, los tres estaban esparcidos por el suelo mientras los demás invitados retrocedían en pánico. Lucía, horrorizada y hirviendo de furia, se dio la vuelta. No iba a darle el gusto de verlo ganar. —¡Te odio, Aidan! —gritó antes de salir corriendo hacia la oscuridad del jardín exterior. Aidan, con los nudillos ensangrentados y la respiración agitada, no perdió un segundo. Ignoró los quejidos de los caídos y salió tras ella como un depredador tras su presa. La verdad en el despacho Mientras tanto, en la Fortaleza Novak, el ambiente era igual de tóxico. Elena estaba fuera de sí. El rechazo de Aidan en el pasillo la había dejado humillada. Caminó a zancadas hacia el despacho de Alexander, entrando sin permiso. Al principio, intentó su táctica habitual: la víctima. —Alexander, estoy muy preocupada por Aidan —dijo con la voz temblorosa—. Se ha ido como un loco tras Lucía. Me preocupa que esa niña lo esté manipulando con sus berrinches. Alexander no levantó la vista de sus papeles. —Lucía no manipula a nadie, Elena. Es una Novak. —¡Es una caprichosa! —estalló Elena, perdiendo el control—. ¡Todo en esta casa gira en torno a ella! Aidan me ignora por ir a buscarla, y tú permites que se vista como... —Silencio. —La voz de Alexander fue un susurro, pero tuvo el efecto de un disparo. Se levantó lentamente, rodeando el escritorio. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad—. Las personas que se han atrevido a gritarme en este despacho, Elena, suelen terminar bajo tierra. Esta te la voy a dejar pasar por ser "familia". Pero que sea la última vez. Elena retrocedió, tapándose la boca con la mano, dándose cuenta del error garrafal que acababa de cometer. —La próxima vez que me levantes la voz —continuó Alexander con una frialdad que helaba la sangre—, enviaré tu cuerpo con un ramo grandísimo de rosas negras con la nota que diga que fue el precio por faltarle al respeto al gran Alexander Novak. Ahora, fuera de mi vista. Elena salió del despacho temblando de pies a cabeza, con el corazón martilleando contra sus costillas. La máscara de la "nuera perfecta" se había hecho añicos. El roce que lo cambió todo En el jardín de la fiesta, bajo la sombra de unos robles centenarios, Aidan finalmente alcanzó a Lucía. La atrapó por los hombros y la giró con fuerza, encerrándola en sus brazos para que no pudiera seguir huyendo. —¿Por qué demonios estás haciendo esto? —le gritó Aidan, con la cara a escasos centímetros de la suya—. ¿Por qué te comportas así? ¿Por qué dejas que esos imbéciles te toquen, Lucía? ¿¡Por qué!? Lucía sentía que sus piernas flaqueaban. Estar en los brazos grandes y musculosos de Aidan, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo y el olor a cuero y adrenalina, la dejó sin aliento. Su corazón latía a mil por hora, y no era solo por la carrera. Sus ojos gris miel se encontraron con los azules de él. Esos ojos que antes la miraban con cariño fraternal, ahora ardían con un enojo posesivo que la hacía estremecerse de una forma que nunca había sentido. Estaba fascinada por ese monstruo que acababa de despertar en él. —Porque... —empezó Lucía, pero las palabras se le atascaron. —¡Aidan! ¡Suelta a mi hermana! —El grito de Leo llegó desde el camino. Aidan pareció despertar de un trance. Sus manos, que aún rodeaban esa cintura diminuta, se tensaron. Una corriente eléctrica, violenta y desconocida, pasó por todo su cuerpo. Su piel quemaba donde tocaba la de ella. Bajó la mirada por un segundo y se fijó en los labios de Lucía, que ella se mordía con nerviosismo. Ese gesto, tan simple, fue como un golpe al estómago para él. No entendía qué le estaba pasando, por qué su cuerpo reaccionaba así ante su propia hermana. —Yo... —Aidan la soltó bruscamente, como si se hubiera quemado con ácido. Dio un paso atrás, con la mirada desorientada—. Lucía... yo solo... vete a casa con Leo. Se dio la vuelta y se alejó rápidamente hacia la oscuridad, dejándola allí plantada. Leo y Clara llegaron jadeando. Clara abrazó a Lucía de inmediato, pero Leo se quedó quieto, observando la figura de Aidan desaparecer y luego mirando a su hermana. Leo, siendo Leo, comenzó a procesar la información. El ángulo de los hombros de Aidan, la dilatación de sus pupilas, la forma en que Lucía se tocaba la cintura donde las manos de él habían estado... Leo se dio la respuesta a sí mismo en silencio. La probabilidad de que esto sea solo protección fraternal ha caído al 0.01%. Esto es un desastre de proporciones nucleares. —Vamos a casa —dijo Leo con una seriedad nueva en su voz. Clara lo empujó para que se moviera tras Lucía. Lucía caminaba hacia el coche en silencio, pero por dentro, una sonrisa amarga y triunfante empezaba a formarse. Ella no era tonta. Sintió cómo tembló el cuerpo de Aidan cuando Leo gritó. Vio cómo él devoraba sus labios con la mirada mientras ella se los mordía. Ella lo había entendido todo en ese roce. Aidan Novak no estaba enojado porque ella fuera una "niña". Estaba enojado porque estaba empezando a desearla, y ese era un secreto que ella iba a usar para destruir la farsa de su compromiso. Aún estaba a tiempo de recuperar lo que era suyo.
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