Jessica abrió la puerta con sumo cuidado, procurando hacer el mínimo ruido posible, pues no quería despertar a su esposo. El pobre no descansaba bien desde que llegó a la ciudad. Puso los cafés en la mesita de la entrada y miró hacia la cama. Corbin no estaba. Giró su mirada hacia el balcón y pudo divisar a su esposo a través de las cortinas blancas que se agitaban con el viento californiano. Sonrió al ver que solo llevaba una toalla y pensó en sorprenderlo por detrás y deslizar sus manos bajo esa única tela que cubría su cuerpo. ¡Dios! Él la ponía a millón. A medida que se acercaba, notó que él hablaba por teléfono con alguien. —Sí. Lo sé. Es que no sé cómo hacerlo —lo oyó decir. Le pareció extraño escuchar a su esposo decir eso, pues para él no había nada que fuese difícil. No era del

