Ira. Eso era lo que sentía, y unas ganas inmensas de partirle el cuello a Roxanne. Temblé ante tal pensamiento y me espanté. Nunca antes sentí algo así. Allí, sentado sobre mi sofá, vinieron un montón de recuerdos que me cachetearon con una fuerza implacable… Fuiste tú, dijo Jessica acusando a Roxanne de lo que le sucedió y yo me negué a creerlo. Ella miente. La voz quebrada de mi amada continuaba reproduciéndose en mis pensamientos. Reviví el instante en mi cabeza y el corazón se me partió en mil pedazos al recordar lo duro que fui con ella, que ella lloraba y suplicaba que confiara en ella, pero yo no lo hice. «La dañé, y mucho». Ella me odiaba y bien merecido que me lo tenía, por no creer en ella, por dejarme llevar por las palabras de Roxanne… —¡Maldita sea! —vociferé y di un pu

