Tres meses después. Un sorbo no fue suficiente, así que se tomó todo el contenido del vaso a fondo blanco. Nada ni nadie podía hacer que Corbin dejara de sentirse tan miserable. Ni siquiera las sesiones que Aaron programó con uno de los mejores psicólogos de la ciudad, le ayudaron. Jessica no hallaba la forma de hacerlo sentir mejor, pues su esposo cada día estaba más y más irritable. Windsor estaba sumido en una profunda depresión, y el alcohol era su refugio. Bebía día y noche. Trabajar con él se hizo tedioso y casi nadie lo toleraba. Delgado, barbudo y desgarbado… esa era la imagen que tenía que contemplar Jessica cada mañana al despertar y encontrar a su marido, al lado de la chimenea, con una botella de bourbon en la mano. La señora Windsor lloraba todas las noches en el silenci

