Lo sabía. Ese día que tanto temía que llegara, llegó. Los ojos de Corbin se fijaron sobre la frágil figura que yacía sobre aquella cama de hospital. De su pequeño brazo colgaba una manguerilla plástica, por la cual la alimentaban, pues tenía ocho días sin probar bocado. Katherine no era ni la sombra de aquella vivaz niñita que le encantaba ir al parque en las mañanas y jugar pelota con su hermano mayor. Esa pequeña que le encantaba ver La Sirenita una y otra vez, ya no estaba. Se fue. Sus ojos no tenían ese brillo que la caracterizaba y esa bella sonrisa que a Corbin le encantaba, ya no se dibujaba en sus pálidos y resecos labios. El final estaba cerca y él lo sabía. Estaba aterrado. Por el largo pasillo del hospital, se acercaba una mujer, rodeada por tres guardias de seguridad, todos

