el joven partio partió con su caballo a probar fortuna. El duende del bosque se cruzó, cómo no, en su camino.
– ¿A dónde vas? – le preguntó con cara de curiosidad.
Voy en busca del agua de la vida para curar a mi padre, el rey, aunque lo cierto es que no sé a dónde debo dirigirme.
¡El duende se sintió feliz! Al fin le habían tratado con educación y amabilidad. Miró a los ojos al joven y percibió que era un hombre de buen corazón.
– ¡Yo te ayudaré! Conozco el lugar donde puedes encontrar el agua de la vida. Tienes que ir al jardín del castillo encantado porque allí está el manantial que buscas
¡Oh, gracias! Pero… ¿Cómo puedo entrar en el castillo, si como dices, está encantado?
El duende metió la mano en el bolsillo y sacó dos panes y una varita mágica.
– Ten, esto es para ti. Cuando llegues a la puerta del castillo, da tres golpes de varita sobre la cerradura y se abrirá. Si aparecen dos leones, dales el pan y podrás pasar. Pero has de darte prisa en coger el agua del manantial, pues a las doce de la noche las puertas se cerrarán para siempre y, si todavía estás dentro, no podrás salir jamás.
El hijo del rey dio las gracias al duende por su ayuda y se fundieron en un fuerte abrazo de despedida.