CAPÍTULO XXII Me sentí particularmente conmovida por algunas cartas de viejos servidores. Es extraordinario como a veces su afecto por los amos persiste aun después de abandonar su servicio. Patrones que, en la mayoría de los casos, los olvidan apenas hacen sus valijas y se marchan de la casa. Recibí docenas de cartas de hombres y mujeres que alguna vez trabajaron en Maysfield. Entre ellas, llegó una firmada por Ethel Henderson. Me había quedado toda la noche leyendo “La Evidencia de la Reencarnación” y a las nueve de la mañana me era difícil concentrarme. Me serví una taza de café y me obligué a leer la carta, cuyo significado no podía comprender. Estaba escrita en papel basto y la letra era redonda y dispareja, propia de una persona de escasa educación. Pensé que se trataría de una an

