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Matrioska de invierno

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de amigos a amantes
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Descripción

En la ciudad soviética de Leningrado, una familia lucha por sobrevivir al asedio nazi. En medio del fuego cruzado, dos hermanas descubren que no solo las balas matan, y que la ciudad es víctima de un plan macabro. Los rojos no son efectivos y la ciudad empieza a padecer el ataque de la Wehrmacht.

En medio del abandono y la zozobra, la amistad y la familia cobran fuerzas para hacer frente a un inminente y fatal destino: la muerte.

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1
Leningrado, 5 de diciembre de 1943. Después de muchos meses resistiendo, Anastasia Volkova supo que no podría seguir soportando. Su vida se había derrumbado durante la guerra, era imposible seguir siendo un humano cuando todas las garantías de vida se habían extinguido. Ahora, ella esperaba el momento exacto. Le dolía, sí, pero no lo temía, al contrario, lo ansiaba con todas sus fuerzas… con las pocas que le quedaban. Cerró los ojos y su mente la llevó de paseo a los viejos tiempos, exactamente la trasportó dos años atrás, cuando vivía feliz en compañía de su numerable familia en uno de los tantos edificios ubicados en la avenida Nevsky Prospekt. Anastasia recordaba el brillo enamorado en los ojos de Tatiana, su hermana mayor, el ardor vigoroso de su hermano Alexéi, la mirada indulgente que su padre le dedicaba a su madre cada vez que esta lo acogía en su pecho mientras el resto de los hijos estaban distraídos… Todos excepto Anastasia. Lo recordaba con una sencillez ineludible. El recuerdo la asfixiaba hasta el punto de no poder respirar bien, de sentir la boca pastosa y con un sabor amargo en el paladar. Era la desazón que generaba saber que en algún momento habían sido felices. La guerra no perdonaba, era cruel y despiadada, vil y despreciable. Cuando volvió a abrir los ojos, el recuerdo en su mente se congeló con el frío del invierno, el retrato de la familia se resquebrajó de manera irreparable. Solo ella había sobrevivido, pero pronto la imagen de ella estallaría en miles de pedazos. Al igual que ellos, Anastasia moría. En su habitación a oscuras, con las ventanas decoradas con cintas, que más que servir de adornos tenían una función mucho más aterradora; evitar que los cristales salieran disparados durante los bombardeos, Anastasia quiso llorar, pero tenía los ojos congelados del frío. Decir que su vida había sido mala era una total mentira, por lo tanto, no podía morir estando enojada con la vida que le había tocado vivir. Sin embargo, cuando se era el único sobreviviente de la familia, las energías desaparecían de manera alarmante. La muerte se hacía presente en cada instante y acechaba cuando menos era esperada. Cuando la convicción se iba, todo dejaba de funcionar, aunque se tuviera la certeza de que se podía seguir un poco más, quemando las últimas energías, sobrecalentando ese ardor de supervivencia interno. Tal vez ese era el caso de Anastasia, o tal vez no. Nadie lo sabría, pues ese día ella exhalaría su último suspiro. Le dio su adiós a la vida, fue tal vez su ultimo pensamiento. Sin embargo, la figura de Nikolái Pavlov acudió a su mente. Sonrió leve y dolorosamente, pues los labios se les habían pegado a los dientes por la falta de alimentación. Era una lástima, Nikolái regresaría de nuevo, pero ya no la encontraría a ella, ni tampoco a Tatiana, ni a Alexéi. A nadie. Anastasia cerró los ojos sin borrar todavía la sonrisa de su boca. Era mejor, pues no encontraría un saco de huesos andante. El pensamiento la hizo reír, pero la acción le dolió horrores. Decidió que no se esforzaría, dejaría de luchar. —Adiós, Kolya. […] 2 años antes… Moscú, 1 de junio de 1941. La brisa evocaba el mayor esplendor de la época de verano. La alegría se sentía en el ambiente, los niños jugueteaban y corrían de un lado a otro de la calle como si sus vidas dependieran de ello. Las risas no se hicieron esperar; todos estaban felices, tan felices que incluso Nikolái Pávlov, el hijo mayor de un médico aclamado de las calles populosas de Kitay-Gorov, conocido por su seriedad a la hora de hablar y estudiar, sonreía con alegría por la llegada del verano. Desde que era un niño, Nikolái se sintió atraído por la profesión de su padre y siempre que había tenido la oportunidad lo acompañaba a su consultorio. Esa fue la razón por la que decidió estudiar medicinas en la universidad. Sin embargo, pronto tuvo que pedir traslado hacia la universidad estatal de Leningrado, su ciudad de nacimiento, la ciudad que Pedro el grande había construido y nombrado como Sankt Piterburg, la urbe establecida en la costa del mar báltico, cuyo principal objetivo para la rusia imperial había sido el de servir como la ventana de Rusia hacia el mundo occidental. Con la caída de la rusia imperial, la toma del poder por parte de los bolcheviques y la posterior muerte de Lenin, la ciudad pasó a llamarse Leningrado como solicitud de los trabajadores soviéticos. Habían pasado seis años desde que Nikolái había salido de Leningrado. Nikolái todavía recordaba el sabor amargo que había sentido al dejar atrás todo lo que conocía, su casa, su madre y hermano menor, a sus amigos y vecinos. La brisa veraniega removió sus cabellos color miel mientras paseaba por la plaza roja. Su bonita camisa de lino onduló también. Su sonrisa no desapareció, eso sí, nadie podía establecer si él estaba feliz por la llegada del verano o porque regresaría a Leningrado. Después de caminar por un buen rato, se internó en las callejuelas de Kitay-Gorov para observar las vitrinas de las tiendas que vendían chucherías y antigüedades. Sus ojos seguían con atención cada objeto ahí expuesto, pues sentía la apremiante necesidad de comprar un regalo para cuando regresara a Leningrado. Mientras todavía revisaba los objetos que se exponían a la venta, tuvo ante sus ojos una hermosa matrioska de cerámica. La muñeca era de color azul, sus manos esmaltadas en la madera estaban cubiertas por un par de guantes verdes, y en su cuello llevaba una bufanda de un tono más claro, pero lo que más le llamó la atención a Nikolái fueron los cabellos rojizos y anaranjados pintados a la perfección bajo el esmalte brillante. Sonrió maravillado, extendió las manos para acoger la matrioska en sus manos, pero el vendedor lo reprendió con dureza. —¡Muchacho, no la toques que no podrás pagarla si la dañas! Nikolái observó al hombre seriamente. —¿Cuánto cuesta? —¡Un muchacho como tú no podrá pagarla! —¿Cuánto cuesta? —repitió. El vendedor sonrió, por lo que Nikolái pudo ver sus dientes amarillentos y rotos. —Cien rublos. Tal vez no era mucho dinero, pero sí para él que era un estudiante, lo que significaba que ni siquiera tenía un trabajo fijo. Se entristeció al ver como el hombre agarraba la matrioska y se la llevaba al interior de la tienda, abría una pequeña caja fuerte, y la guardaba debajo de las estanterías llenas de tazas de té, juegos de cucharas que pertenecían a alguna vieja colección… Más y más cachivaches. —Muchacho, regresa cuando tengas el dinero. Aquí la estaré guardando para ti —dijo el vendedor en tono conciliador—. Vete, vuelve con el dinero. Sintiéndose derrotado, decidió apartarse del lugar y regresar al apartamento donde residía con su padre. Mientras lo hacía, no volvía a ver ninguna otra tienda, pues el interés se había esfumado. La matrioska que había dejado atrás era lo que deseaba comprar, pero que por no tener el dinero había perdido la oportunidad. Transitó por las mismas calles por las que había pasado antes, vio las caras alegres de los habitantes de la ciudad, quienes entre gritos enérgicos y regaños ahogados les ordenaban a sus hijos empacar maletas para pasar el verano en las casas de campo, sus famosas dachas. En ese instante, Nikolái se olvidó de su fracaso con la matrioska y sonrió nuevamente al recordar que dentro de unos pocos días iba a regresar a Leningrado. Se iba a unir a la alegría de las vacaciones y el verano. Poco después, entró al apartamento comunitario, una casa más o menos grande en que la Nikolái y Sergei, el padre, residían junto con una familia ruidosa y llena de hijos: los Petrov. Se trataba de un matrimonio con cuatro hijos, tres niñas ruidosas y un niño consentido hasta el cansancio. Nikolái solo podía decir que eran una excelente familia. De los niños él mejor ni hablaba, porque todos eran revoltosos. —Nikolái, volviste temprano —dijo la mujer mientras dejaba a una de las niñas metida en el cuartito de baño—. Es extraño verte a estas horas por aquí. Nikolái sonrió levemente. —Elena, son las vacaciones, ¿recuerdas? La mujer sonrió con su propio despiste. —Oh, si estoy perdida en el tiempo, querido. —Elena… ¿sabes si tu esposo puede llevar esta carta a la oficina de correspondencia? No tendré mucho tiempo durante esta semana, ya sabes… me estaré preparando para viajar a Leningrado. —No te preocupes, le diré a Dmitri que te haga ese favor. Nikolái asintió y luego subió las escaleras con extrema lentitud. Parecía estar pensando su regreso a la ciudad de Leningrado mientras realizaba tareas tan simples como aquella. Ese era su talón de Aquiles; planificaba todo con demasiada precisión en su mente, pero a la hora de la verdad nada le salía como quería. Al llegar a la habitación, observó las dos camas, se agachó y metió la cabeza debajo de una de las camas para sacar una pequeña cajita de metal. Allí guardaba unos pocos ahorros. De ahí sacaría su aporte para el pasaje del tren y para el regalo. Sin embargo, se llevó una gran desilusión al ver que solo tenía ciento cincuenta rublos y si sacaba cien rublos para la matrioska, los otros cincuenta sobrantes no le alcanzarían para la boleta del tren. Se rascó la cabeza. —¡Elena! —gritó mientras descendía las escaleras. —¿Por qué gritas, Nikolái? —preguntó la mujer al verlo de pie junto a las escaleras. —¿Puedes prestarme dinero? —Querido, ¿tengo cara de tener dinero? —Elena, prometo que te lo devolveré. —Lo siento, Nikolái. A mi marido no le está yendo bien en la fábrica y sabes… tenemos cuatro hijos. Nikolái asintió entristecido. Elena tenía toda la razón; era una locura el que les pidiera dinero prestado. Más que todo porque partiría de Moscú y probablemente no volviera. Elena Petrova lo observó apenada y sin poder hacer más nada, sacó por fin a su niña del cuarto de baño. La muchachita estaba empapada y los cabellos rubios se le pegaban a su cabecita blanca. —¿Conoces a alguien que quiera darme trabajo unos cuantos días? Elena lo pensó. —Ve con el señor Stanislav, tal vez él necesite a algún muchacho fuerte que cargue su mercancía a la tienda. ¿Por qué no lo había pensado antes? Nikolái salió del apartamento y bajó algunas cuadras hasta llegar a la tienda del señor Stanislav. Si bien aquel hombre no era el mejor de los jefes, Nikolái lograba salir de apuros cada vez que trabajaba para él durante algunos días o incluso horas. —¡Señor Stanislav! —gritó al verlo desembarcar mercancía de un vehículo—¿Necesita ayuda? El señor Stanislav se quitó el sombrero, sacó de su bolsillo un pequeño pañuelo blanco y se secó el sudor que perlaba su cabeza pelada y brillante. —¡Ven, muchacho! —gritó—. Necesito que entres toda esta mercancía al interior de mi tienda. Nikolái corrió hasta el hombre, subió las mangas de su camisa para tener mayor movilidad, se subió al interior del camión y empezó a bajar todo lo que había en el interior. La tarea le tomó unas pocas horas y luego, exhausto, sudoroso y con mucha sed, ingresó una última vez a la tienda y acercarse al señor Stanislav, quien estaba sentado en el mostrador. —Señor Stanislav, ya he cargado toda la mercancía. El hombre alzó la mirada y lo observó por encima de los lentes, que casi se resbalaban de su ancha nariz. —Bien, toma estos 20 rublos. Nikolái tomó en sus manos los billetes con una expresión de decepción. No era la remuneración que él esperaba, pero ¿qué se podía esperar del señor Stanislav? Era un zorro viejo en los negocios y no iba a dar más de lo que consideraba adecuado, incluso si aquello era miserable. Dando un suspiro, guardó el dinero en uno de los bolsillos de su pantalón y regresó al apartamento comunitario. Elena volvió a recibirlo. —¿Cómo te ha ido, Nikolái? —preguntó interesada—. ¿Conseguiste lo que querías? —Conseguí un poco de dinero… Ahora, espérame en un momento, que me estoy muriendo de la sed. Nikolái se encaminó a la cocina, tomó agua y luego regresó hasta donde se encontraba Elena. —¿Fue suficiente? —Temo que no. Elena rebuscó en sus bolsillos hasta encontrar unas cuantas monedas. —Es todo lo que te puedo aportar —indicó con una sonrisa—. Sé que es poco, pero espero que te sirva mucho. Nikolái titubeó. —Elena, no será necesario… mejor dales esas monedas a tus hijos. —¡No! Ellos solo querrán comprar dulces y no me gusta que coman chucherías… Dime, ¿qué harás con ese dinero? —Compraré un regalo. Elena frunció el ceño. —¿A tu madre? Nikolái negó. —No, a ella le llevo flores y chocolates. Elena asintió. Sin embargo, la curiosidad la seguía carcomiendo. ¿Qué tan malo era saber un poco más? No era chismosa, solo era curiosa. ¡Pero vamos, eran vecinos, y en la unión soviética incluso los chismes eran de la comunidad! —¿A quién le llevarás ese regalo, querido Nikolái? —A Anastasia, mi amiga de Leningrado. Elena hizo conexión entre el nombre de la muchacha y algunos eventos pasados. Su búsqueda mental tuvo éxito, pues en medio de las telarañas de su memoria recordó que Nikolái enviaba cartas a Leningrado para una “Anastasia”. Era evidente; se trataba de la misma chica de las cartas… Simplemente una amistad única e inquebrantable.

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