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1313 Palabras
Los bombardeos se detuvieron de repente. Anastasia observó el cielo ennegrecido por una nube de humo y vio que los aviones alzaban vuelo sobre las nubes y regresaban. Respiró aliviada, pues eso significaba que no iba a morir… todavía. Anastasia se agachó mientras se sostenía del barrote de hierro. Sentía la sangre correr por su mejilla, sentía que en cualquier momento se iba a desmayar. Estaba tan cansada y asustada, que lo único que deseaba hacer era arroparse debajo de las mantas de su tibio colchón. Pero ahí estaba ella a una distancia de varios kilómetros de la ciudad, herida y trastornada. El camión militar siguió andando, aunque con un ritmo mucho más suave. Anastasia miraba los campos desiertos y a partes quemados. La tierra sin vida y desolada se extendía ante sus ojos ocasionándole un dolor profundo. A sus espaldas, los obreros del tren estaban callados. Todos estaban sorprendidos de seguir con vida, pues la muerte había volado sobre ellos. Simplemente, los alemanes habían perdido el interés en aquel camión, pues sus preciadas bombas debían conservarse para un fin mucho más relevante. Mientras Anastasia miraba su entorno, logró ver el cuerpo de una niña entre la maleza negra. Anastasia se sorprendió al ver que la niña tenía los ojos abiertos y que parpadeaba, como queriendo llamar la atención de ese camión repleto de gente, queriéndolo detener con su mirada y así poder tener otra oportunidad para vivir. Anastasia se levantó de inmediato en cuanto vio a la niña. —¡Está viva! —señaló a la niña. Quiso llamar la atención del resto de los pasajeros, pero estos no dijeron nada— ¡Detengan el camión! Anastasia quiso avanzar hacia la pequeña ventana que comunicaba con la cabina de conducción, pero los obreros del tren no la dejaron. —Nadie detendrá este camión, niña —advirtió uno de ellos. —¡Una niña está viva! —exclamó desesperada—, ¿dejarán que muera? ¿lograrán disipar la culpa si la dejan morir aquí en medio de la nada y abandonada? —Mira, niña, todos aquí tenemos miedo. Lo que ocurra con cualquiera no nos interesa, y si tanto quieres ayudarla pues bájate… Veremos si puedes ayudarla y seguir con vida. Anastasia observó al resto de los hombres, pero ninguno dijo nada. Más bien, mantenían cabizbajos sus rostros cobardes. La decepción hizo mella en Anastasia. Le dolió que nadie a parte de ella tuviera la voluntad de ayudar a esa niña desamparada. —Son unos cobardes —dijo antes de saltar del camión y dar algunas vueltas sobre la tierra. Como pudo, se levantó limpió la arena de sus rodillas raspadas y cojeó hasta donde se encontraba tirada la niña. Al llegar junto a ella, se tiró al suelo y pegó el oído a la boca de la niña. Oyó una tenue palabra: “ayuda”. Anastasia tragó saliva mientras sacaba de su mochila un recibiente con agua. Poco le quedaba, pero se lo dio a la niña, quien de inmediato la tomó. La niña se relamió los labios, como queriendo tomar un poco más. —¿Cómo te llamas? —preguntó Anastasia antes de acercar su oído a la boca de la niña—. Soy rusa, soy Anastasia. La niña le respondió con un susurro: “Lena… Elena Smirnov” Anastasia asintió. Miró al cielo y lo vio libre de la amenaza alemana. Pero, de todos modos, estar tan visible no era una buena idea. —Bien Lena, debemos movernos a un lugar más seguro… Debemos ver tus heridas y también las mías… No podemos dejar que nos quiten las esperanzas de vivir, ¿de acuerdo? La niña asintió. Anastasia le revisó el cuerpo rápidamente, se dio cuenta de que la niña tenía una de sus piernas ennegrecida. Si no lograba llevarla rápido a un centro médico, lo más probable era que la pequeña Lena muriera. Sin hacer ninguna mueca, miró de reojo a la niña. Suspiró decepcionada, se sentía incapaz de hacer algo más… Si tan solo hubiese escuchado las lecciones de primeros auxilios de las que tanto hablaba Nikolái, la situación fuese menos desoladora. Anastasia cargó a Lena y avanzó hacia los cultivos mientras apoyaba su pie dislocado sobre el suelo. Hacerlo le dolió toda una vida, pero era hacer eso o caer ambas al suelo y esperar ser bombardeadas por los alemanes. Mientras caminaba, guardaba la esperanza de llegar a alguna localidad cercana. Sin embargo, las líneas en el mapa del país no eran tan simples, no se llegaba a los destinos tan solo dando unos cuantos pasos o caminando unas pocas horas. Anastasia cruzó el cultivo de patatas y siguió caminando en la misma dirección en la que las líneas del tren iban, aunque desde una distancia bastante lejana, pues temía ser baleada. La tarea fue muy ardua y ni siquiera caminar toda la tarde le sirvió para aproximarse a algún poblado dentro del Oblas de Leningrado. Ante sus ojos, el camino lucía árido e infinito. Miró al cielo. Estaba anocheciendo. Anastasia detuvo su andar y bajó a la niña hasta recostarla sobre la tierra llena de musgo. Estaban bajo un árbol viejo y frondoso. Las luces del sol de ocaso palidecían entre sus ramas. Ella se recostó a su lado. —Lena —llamó a la niña, quien mantenía los ojos cerrados—. Debemos darte algo de comer. La travesía fue muy agotadora. La niña rezongó, pero le hizo caso y abrió los ojos. —Quiero agua —susurró sin fuerzas. —Lo sé, pequeña… pero se me ha acabado. Lena la observó fijamente. De repente, los ojos de ella se llenaron de lágrimas. A Anastasia se le rompió el corazón. —¿Moriré? Anastasia negó de inmediato. —¡No morirás, Lena! La niña rompió a llorar. Aunque, hacía en silencio. Incluso ella cuidaba sus sollozos para no alertar a ningún enemigo. —Lena, no puedes rendirte. Mañana llegaremos a Pujolovo, falta poco… Resiste un poco más. Lena suspiró cansada. Anastasia se recostó en el árbol para poder sacar su pan. Lo dividió y le dio una parte a la niña, que empezó a comerlo lentamente. —¿Tienes hermanos, Lena? —preguntó Anastasia. —Tengo un hermano pequeño, tiene cinco años… Él también fue evacuado, pero no sé dónde está. Anastasia acarició los cabellos negros de Lena, en un esfuerzo por consolarla. A través de sus ojitos apagados, Anastasia pudo ver su dolor y sentir como su garganta se hacía un nudo. —Tu hermanito debe estar vivo. —Quiero que lo esté… Ojalá haya llegado a Tolmashevo. Escuché que algunos niños serían evacuados en camiones hasta allá —dijo sin mucho entusiasmo—. ¿Por qué estás en este lugar?, ¿también te evacuaron? Anastasia negó. —Estoy buscando a un niño. —¿Es tu hermano? —No, es un vecino, pero vine a buscarlo también… Su hermano mayor debe estar buscándolo también. —¿Cómo se llama el niño al que buscas? —Se llama Denis. Anastasia observó a la niña con la esperanza de que ella conociera a Denis, pero no fue así. La decepción se hizo mucho mayor. —Hace frío —reprochó la niña. Anastasia se quitó el abrigo y con él arropó el cuerpecito de Lena. En medio de la oscura y fría noche, Anastasia y Lena durmieron. La luna se hacía borrosa entre las nubes negras, pero aun así Anastasia se esforzaba por verla. Si lo lograba, se sentiría cerca de su familia, como si durmiera al costado de su hermana Tatiana. Cuando pensó en su familia, se preguntó si la estaban buscando o si simplemente esperaban a que ella regresara por su cuenta. Tal vez Anastasia era insensata o quizá era muy inocente. Lo que sí era seguro, era que en su cabeza no existía ninguna preocupación respecto a su familia.
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