Anastasia despertó en la madrugada. Los rayos del sol todavía no se observaban a través de las nubes negras, por lo que suponía que eran las cuatro o cinco de la madrugada. Por un momento se levantó y vio a Lena. La niña dormía plácidamente y su respiración era acompasada.
Anastasia regresó a su lugar, encogió su cuerpo contra el tronco del árbol y volvió a quedarse dormida. Estaba cansada y las pocas horas que faltaban para que amaneciera ella las pensaba aprovechar en su totalidad.
Todavía era temprano y sospechaba que ese día sería muy duro. Ni siquiera sabía exactamente cuánto le faltaba para llegar a Pujolovo.
Evadiendo cualquier otro pensamiento, Anastasia volvió a dormirse. Resultaba sorprendente que pudiera conciliar el sueño estando tan cerca de la guerra, pero era aún más absurdo lo que sucedía en la casa de los Volkov, quienes no durmieron y toda la noche se mantuvieron deambulando por la casa y haciendo ruido.
Tatiana era víctima del mismo padecimiento. Cuando entró a la habitación, observó de inmediato el colchón, el lado en el que usualmente dormía Anastasia. Estaba tan cansada de la travesía del día, que apagó las luces y se acostó tan pronto como se desvistió. No pudo dormir, no dejaba de pensar en su hermana, si todavía seguía viva. Ignoraba que muy lejos de Leningrado, Anastasia dormía debajo de un árbol en compañía de una niña herida.
En la mañana, Anastasia se levantó, cogió su mochila y se acercó a Lena. La niña estaba cubierta hasta la cabeza con el abrigo. Anastasia le quitó la tela del rostro y la notó extraña. Frunció el ceño al verle los labios morados y la piel azulada.
Anastasia la zarandeó buscando despertarla. La piel de Lena estaba fría como el hielo. Estaba muerta.
Anastasia la soltó rápidamente mientras se arrastraba hacia atrás con los pies. Abrió los ojos tanto como pudo, tragó saliva con fuerza y empuñó las manos en la tierra. Respiró dando grandes bocanadas y dejó que las lágrimas rodaran por sus mejillas.
Su cuerpo estaba temblando y su piel sudaba mucho.
Lena había muerto frente a ella, sin rezongar y sin hacer ningún sonido… Nada. Solo había muerto sin más.
Anastasia se levantó como pudo del suelo, dio la vuelta y caminó tan rápido como pudo, pues su pie estaba muy hinchado. El mundo dio vueltas a su alrededor, sintió desfallecer mientras caminaba despavorida lejos de allí. Sentía el viento en su piel acalorada, las hojas del cultivo de patatas rasgaban la piel de sus piernas.
Anastasia lloraba. Estaba a punto de tener un colapso, pues lo que había pasado con Lena superaba su optimismo. Era como si una venda se le hubiese caído del rostro, la inocencia ya no iba a ser parte de ella desde ese momento.
Si algún día terminaba la guerra, Anastasia recordaría aquel suceso con mucho pavor y tristeza… Recordaría a la pequeña Lena como una víctima completamente inocente.
Anastasia miró a su alrededor, pero solo vio la luz del sol irradiando. Siguió caminando aterrada con la posibilidad de que le dispararan desde algún punto desconocido, que cayera muerta a unos cuantos metros del cuerpo de Lena.
—¡No quiero verla! —gritó con voz ahogada. Estaba llena de pánico.
Anastasia tropezó con una piedra y cayó al suelo. Volvió a rasparse las rodillas con la áspera arena. Ella no volvió a levantarse, aunque el cuerpo se lo pedía. Mas bien, dejó que el sol de la mañana la calentara y cerró los ojos.
…
Anastasia escuchaba voces en sus oídos. El sol ya no estaba calentando. Cuando abrió los ojos, una mujer joven y vestida como enfermera le sonrió. Poco después la dejó sentarse sobre la camilla.
—¿Cómo se llama?
—Anastasia Volkova.
—¿De dónde eres?
—Leningrado —mientras respondía, el recuerdo de Lena entró a su mente. En ese momento deseó que encontraran su cuerpo y lo enterraran. Perdida entre sus pensamientos, respondió nuevamente la pregunta de la enfermera—. Soy de Leningrado.
La enfermera asintió mientras colgaba la bolsa de suero en una tarima de hierro improvisada.
—¿Buscas a algún niño evacuado?
Anastasia asintió.
—Sí.
—Bien, te explico. Estás es una base médica cerca de Pujolovo. A este lugar suelen llegar los heridos desde el frente de Mga, así que es natural que este lugar sea blanco de los ataques. Debes regresar a la ciudad.
—No puedo hacer eso, señorita —replicó—. No he encontrado a quien busco.
—Temo que, si no regresas, te será más difícil hacerlo adelante.
—¿Por qué?
La enfermera no le respondió enseguida, más bien deambuló alrededor de la camilla. Salió del cubículo separado por toldas quirúrgicas y luego regresó en compañía de un oficial. Anastasia observó la insignia en la manga derecha del uniforme del hombre, pero no supo distinguir su rango.
—Anastasia —llamó la enfermera, en cuanto entró—. Él es el Alexandr Kozlov, el teniente de la subunidad de Leningrado. Él te puede ayudar a encontrar a quien buscas.
Anastasia volvió a mirar al hombre. Era alto y joven, tal vez podía tener unos veintidós años. El hombre no sonreía y mantenía el ceño fruncido.
—¿Él? —se limitó a preguntar. Ciertamente se sentía intimidada—, ¿no puede hacerlo usted, enfermera?
—No, él es quien te puede ayudar —dijo antes de salir del cubículo.
Anastasia bajó la mirada. Se sujetó las manos en el regazo, presa del miedo, pues si ese hombre se llegaba a enterar de que no tenía autorización para haber viajado se exponía a un grave peligro.
—Teniente, escuché que el tren que evacuaba niños fue bombardeado por los alemanes… Quisiera saber si usted ha registrado a algún niño de nombre Denis Pavlov.
El hombre quedó en silencio por un momento.
—Entre ayer y hoy mis hombres y yo evacuamos a doscientos niños. No memorizamos nombres, señorita.
—Bueno, no me refería a memorizar… tal vez usted conserve algún registro de dichos niños.
El hombre asintió.
—De hecho, sí —aceptó finalmente—. Pero solo puedo mostrar esos registros con una autorización de mi superior inmediato o en su defecto si usted me demuestra que es familiar del niño desaparecido.
Anastasia tragó en seco. Estaban a punto de descubrirla.
—Teniente, yo necesito ver si está vivo, por favor.
— Señorita, usted no me está entendiendo. No puedo mostrarle esos registros a menos que demuestre que es familiar del menor… ¿Es su hermano?
Anastasia limpió las pequeñas gotas de sudor que perlaban su rostro. Tenía ganas de llorar, solo quería encontrar a Denis y regresar a Leningrado. Sin embargo, evadir a la autoridad no parecía muy fácil. La única alternativa que tenía era confesar la verdad… Su madre siempre decía que con la verdad todo se solucionaba.
—Teniente, yo… —titubeó. La voz se le cortó del miedo—. Busco a mi vecino y a su hermano.
—Entiendo.
Anastasia se sorprendió con la apacible respuesta del teniente.
—¿Me ayudará?
—Usted debe saber que para salir de la ciudad se necesitaba un permiso, uno que solo los familiares del niño evacuado tenían acceso… Usted no tiene la licencia, no puede estar aquí.
—Lo sé, pero no pude quedarme de brazos cruzados. Mi amigo viajó aquí para buscar al pequeño Denis… Estoy muy preocupada por ellos.
El teniente fue paciente con ella, pero se mantenía en su posición.
—Señorita Anastasia, mañana en la madrugada salen los últimos dos trenes hacia Leningrado. Tómelos y yo daré por olvidado nuestro encuentro, ¿de acuerdo? Obviaré el hecho de que no tienes permiso para estar aquí.
Anastasia no tuvo más opción. Al final le tocó aceptar. Tenía mucha incertidumbre respecto a qué le había sucedido al pequeño Denis o si Nikolái había logrado encontrarlo.
Observó nuevamente al teniente y asintió mientras sonreía.
—Muchas gracias, teniente.
El hombre estaba a punto de salir cuando ella lo volvió a llamar.
—Teniente, ¿muchos niños murieron? —preguntó débilmente, como si temiera saber la respuesta.
El teniente bajó la mirada.
—Muchos.