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1503 Palabras
Anastasia se sentó en la cocina a la espera de su hermana Tatiana, quien todavía no llegaba de su trabajo. La casa estaba en silencio, la madre estaba en algún lugar cociendo o leyendo un libro con tal de olvidar que su único hijo varón se había ido a la guerra y que ni siquiera tenían noticias de él. La vida era monótona y carente de sentido. Anastasia se sentía como un ratoncito en el interior de una ratonera, sin escapatoria y dando vueltas sin llegar a ningún lado. Anastasia todavía no comprendía en su totalidad como la vida había cambiado en tan poco tiempo. El silencio, la incertidumbre, la esperanza y las ganas de vivir se mezclaban en cada corazón, generando solo cansancio. Las noches eran extrañas… pero, sobre todo, muy oscuras. A medida que los alemanes iban recrudeciendo su ataque en el interior de la ciudad, la gente tenía miedo de dejar encendidas linternas o la electricidad. La gente solo luchaba por sobrevivir, incluso si eso significara vivir como topos y debajo de la tierra, en los refugios subterráneos. Cuando llegó Tatiana, la alegría se evaporó y no era porque ella tuviese mal humor, sino porque llegó en compañía de Vladimir. Anastasia se levantó de la silla para saludar a su hermana, pasó por el lado de Vova y lo saludó sin mucho entusiasmo. La madre de las hermanas, en cambio salió de su madriguera, allí donde estaba escondida y sonrió alegre apenas vio a Vladimir en compañía de Tatiana. A los ojos de ella, su hija mayor se había ganado la lotería con semejante prometido. La señora Volkova palpitaba por casar rápidamente a su hija, pero le inquietaba mucho pasar por precipitada o ambiciosa. Si tan solo ella tuviera veinte años menos, sin dudas se casaría con Vova. Ni siquiera lo pensaría. Vladimir era un hombre muy atractivo. No solo su dinero contaba como encanto, también su mirada ámbar y achocolatada o su porte altivo y confiado. En definitiva, cualquiera pensaría que él era un buen partido. Por otro lado, Anastasia, quien era el centro de las miradas de Vladimir, solo quería desaparecer de la salita. Le irritaba saber que el hombre no podía dejarla en paz, que siempre estaba pendiente de cada paso que ella daba, como buscando una oportunidad para acorralarla. Durante esa noche, Anastasia se obligó a no mostrarse tan tensa. La cena era buena, aunque a ella le daba un poco de tristeza tener que comer de esa forma cuando algunos de sus vecinos empezaban a padecer de hambre. Una de las razones por la que había decidió callar, era porque no quería que su familia, al igual que sus vecinos pasara hambre por su culpa. En esos momentos, Anastasia pensaba igual que Tatiana. Vladimir podía darles alimentos y mantenerlas a salvo durante la guerra, pero el día que ella lo denunciara definitivamente él iba a tomar represalias. Tal vez, castigando con el alimento que él mismo ofrecía voluntariamente. La noche al final no resultó siendo tan mala como había esperado. Vladimir pareció notar el rechazo, y por el resto de la cena no la volvió a mirar. Anastasia pudo comer con tranquilidad… Al menos, pudo mastigar algunas patatas fritas antes de que sonara la alarma antiaérea. La familia no se asustó. La alarma solo indicaba el acercamiento de aviones de la Luftwaffe, por lo que los ataques no empezarían de inmediato. La familia tenía tiempo suficiente para bajar al refugio. Hacer aquello cada día, cada tarde y noche ya no era tan anormal, se iba convirtiendo en una rutina. Sin embargo, siempre los corazones se impactaban al ser conscientes de que estaban siendo atacados por un enemigo poderoso, que llevaba casi toda Europa arrasada. Anastasia bajó al refugio junto a su familia. Al llegar, se dio cuenta de que muchos vecinos ni siquiera habían descendido de sus apartamentos. Anastasia podía sospechar la razón; morir de hambre o bombardeados significaba lo mismo. Al pensar en ello, el corazón de Anastasia se estrujó en el pecho. La idea la asustaba demasiado. Le aterraba en gran manera. Ver los rostros cansados y pálidos de los vecinos la asfixiaba. Anastasia sentía que se miraba en el espejo del futuro, pues tarde que temprano Vladimir se cansaría de no recibir nada. Todos los que se refugiaba estaban callados, sus miradas estaban extraviadas en difusos pensamientos. Anastasia se había pegado a la pared, aparentemente sola, pues su familia estaba de pie al lado izquierdo del refugio. Desde allí, Anastasia no los podía ver claramente, ni ellos a ella. No supo el momento exacto en el que Vladimir se ubicó a su lado, ni siquiera lo presintió. Tal vez, el hombre había estado allí desde el principio. Pero fue hasta que él le agarró la mano y se la apretó ligeramente. Anastasia reconoció el gesto de inmediato y giró el rostro a su derecha para ver el rostro inexpresivo de Vladimir. De reojo vio el agarre y quiso soltarse, pero él no se lo aceptó. No se lo iba a permitir tan fácilmente. Anastasia regresó el rostro hacia el frente, miró hacia donde suponía que estaba su hermana Tatiana, como en busca de ayuda. Pero no la encontró. Agobiada, se pegó más contra la pared. Por el rabillo del ojo, vio como Vladimir se acercaba a su oído para hablar. —No me has mirado ni una sola vez —susurró—. No sabes cuanto me lastimas. Anastasia lo observó con lágrimas en los ojos, pero no dijo nada. —Pero, eso solo hace que quiera tenerte. Me gustan los retos. Sonó en el exterior un bombazo, que incluso se escuchó en el refugio. Anastasia tembló tanto por los bombardeos como por el acoso de Vladimir. —Suéltame, por favor —susurró sin convicción. Se sentía mareada—. Déjame Vladimir negó. Anastasia sollozó en silencio mientras bajaba el rostro. Aquella hora iba a ser larga. Tener que soportar a Vladimir era más agotador. —¿Qué tengo que hacer para que me dejes en paz? —Muy fácil, aceptarme —dijo en voz baja—. Cuando me vaya quiero que vengas conmigo. Anastasia negó. —Le diré a mi hermana. Él esbozó una sonrisa lobuna. —Si lo haces, te aseguro que lo lamentarás. Anastasia vio en sus ojos el enojo y la impotencia. Sabía que él era capaz de todo. —¿Qué harás? —¿No ves sus rostros? —señaló a los demás refugiados—. Se están muriendo de hambre. Lo peor, Anastasia es que mi oferta empezará a disminuir si tu no cedes… Tal vez pueda desaparecer de sus vidas, pero morirán de hambre, porque apenas la hambruna comienza. No hay reservas suficientes en la ciudad y los precios están disparados, ¿Cómo crees que sobrevivirán? —Si no hay comida, ¿por qué tú nos traes? —Lo compro a un precio elevado. La comida escasea, pero no si tienes dinero. —¿Pretendes cobrarme el alimento que nos das? —Sí, incluso con intereses. Pienso sacarte todo. —Pero no tengo dinero y no voy a hacer nada de lo que dices. —Entonces será mejor que pienses bien las cosas —ultimó—. No hay un punto tibio conmigo, o estás o no estás. —¿Por qué eres así de cruel? —Tú me has alimentado. Tú me has hecho cruel al rechazarme. —¡Eres el prometido de Anastasia! —No la quiero, te quiero a ti. —Yo no te quiero, entiéndelo. Vladimir le soltó la mano y se alejó de ella. Aquello la alivió y asustó en parte, pues sospechaba que él empezaría a jugar sucio. Ella no sabía de qué manera, pero en ese momento no le importaba. Vladimir se había alejado, eso era lo que le interesaba. Ansiaba paz, la paz que los alemanes le habían arrebatado con tanta vileza. —Estás bien —se dijo a sí misma para calmarse. Quería llorar. Sus ojos verdes estaban ligeramente enrojecidos por las lágrimas que había contenido mientras hablaba con Vladimir—. Todo estará bien. Aquello lo decía para evitar sentirse abrumada y a punto de llegar a un colapso. Si Tatiana la veía llorar de seguro le preguntaría la razón. Y, ¿qué le iba a responder? No podía decirle: “Tatiana, tu prometido está enamorado de mí, quiere que te engañe con él” Pese a todo, Anastasia pensaba llevar aquello hasta el final. Ciertamente no iba a complacer a Vladimir. Pero al menos debía buscar una solución rápida. Tal vez, lo más sensato era hablar con Tatiana. Sí, eso haría. Anastasia se comprometió esa noche a contarle todo a su hermana. Debía hacerlo antes de que Vladimir acomodara todo a su antojo. Ya los juegos habían acabado, y los años de abundancia al lado de Vladimir y su cartera también iban a acabar, de eso estaba segura. Tatiana lo sacaría de una patada. Sí, eso haría la hermana mayor de los Volkova.
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