4. Imán de idiotas.

1859 Palabras
"And all you ever gonna be is mean" Axel me despertó echándome un balde de agua tibia en la cara. Me revolví como una loca en la cama, comencé a tirar puñetazos a ciegas y finalmente caí como una muerta al suelo. Según Axel, ya se estaba haciendo tarde. Yo era la única que seguía acostada y debíamos estar en la escuela dentro de diez minutos, de lo contrario quedaríamos fuera de las instalaciones y no podríamos entrar clases. Me fijé que Axel tenía puesto el uniforme: una camisa blanca, unos pantalones negros y una americana de tela fina color rojo. La corbata todavía estaba sin anudar, por lo que entró Reagan y lo ayudó a colocarla. La miré incrédula por unos segundos y bufé. ¿Tenía que ser tan buena con él? Claro, quería su atención, pero actuando de esa manera tan fácil y ofrecida no conseguiría nada bueno. Me preguntaba por qué Axel no la había molestado a ella en vez de a mí. —¿Y bien? —arqueó una ceja y dejó caer con exasperación el brazo derecho en su costado—. ¿Te piensas quedar ahí el día entero? ¡Faltan ocho minutos! —¡Vamos a llegar tarde Jo, date prisa! Esto no es Southport—se unió Reagan. Reparé en su uniforme y noté que era igual que el de los chicos, salvo por la falda excesivamente corta y reveladora. Me costó un segundo ubicarme mentalmente y, cuando lo hice, me levanté del suelo y fui corriendo a trompicones hacia el baño. Mi uniforme me esperaba doblado encima de la cesta de ropa y mi prendedor de la buena suerte, que tenía la forma de un trébol de cuatro hojas, descansaba encima de la pila. Me di una ducha rápida y me vestí en menos de un minuto. En el espejo, mientras me peinaba, pude volver a apreciar lo diferente que era físicamente de mi hermana y mamá. Siempre envidié sus ojos celestes y brillantes, pues los míos, al igual que los de papá, eran grandes y color miel. Mi pelo era anaranjado y caía con las puntas desiguales sobre mis hombros; mamá y Reagan tenían una sedosa melena castaña que les llegaba un poco más arriba de la cintura. Ni hablar de su color de piel, puesto que yo era tan desteñida y pálida como una hoja de papel. La falda del uniforme me quedaba más larga de lo normal, cubría mis rodillas y me daba un aspecto de monja. La camisa que tenía por dentro me hacía parecer una secretaria barata y la tela del cuello picaba demasiado. Con el blazer puesto disimulaba un poco más mi estupidez, pero seguía pareciendo toda una perdedora. Antes de salir del baño, me coloqué mis enormes gafas negras y deseé con todas mis fuerzas que no se burlaran de mí. Reagan y Axel caminaban de un extremo a otro de la habitación con los brazos en jarras, y cuando me vieron pararon en seco y al mismo tiempo reprimieron el deseo de partirse de la risa. Suspiré y pasé por delante de ellos, ignorando la serie de comentarios de Reagan sobre mi falda larga y mis viejas gafas. Por mi culpa, no nos detuvimos a desayunar los huevos rancheros de mamá y fuimos directo al coche de Axel, un lujoso Mercedes n***o mucho mejor que la ridícula camioneta de Charles. Una vez más, me sentí extraña al ver que conducíamos por el lado izquierdo de la carretera. Estaba mareada y pensaba que de un momento a otro íbamos a estrellarnos y tener un accidente. Me aferraba al asiento y no me atrevía a mirar por la ventana para no vomitar. Reagan, sin embargo, torturaba a Axel con miles y miles de preguntas sobre la Secundaria O'Callahan y los adolescentes en Holmes Chapel. Yo sólo quería llegar a la escuela. Nunca había odiado tanto ir en coche por Inglaterra, me preguntaba cómo pude soportar el trayecto a casa el día de ayer. Ayer. Suspiré y me dejé caer pesadamente en el asiento. Tantas cosas sucedieron de una forma tan lenta y radical que parecía como si hubiese transcurrido una vida entera. Era como si conociera a Charles y Axel desde… siempre. Era difícil asimilarlo, casi imposible. Impresionante. Yo apenas sabía quiénes eran esas personas, ¿cómo era posible esa repentina y misteriosa conexión? Me sentía agotada, y si eso fue sólo mi primer día, no podía imaginarme los siguientes años aquí en Inglaterra, con Axel. Qué lindo sería si ese vínculo que nació de la nada se debiera a lo gentil que me trataron cuando llegué a la casa de los Dough, ¿no? Las cosas serían diferentes y no tendría esta nueva y maldita obsesión de hacer pagar a Axel por lo que me hizo en la ducha. Y mientras Dough trataba de encontrar un espacio libre en el estacionamiento de la secundaria, estuve más segura que nunca que ese chico se iba a arrepentir de haberme avergonzado delante de Charles, mi familia y toda esa gente del restaurante. Podía ser una buena persona, pero no idiota. —Llegamos, chicas—exclamó con una sonrisa, apagando el motor y metiéndose las llaves en los bolsillos. Reagan salió disparada por la puerta de atrás y contempló todo a su alrededor con la boca abierta. Yo hice lo mismo salvo poner esa expresión de retardada que tenía plasmada en el rostro. Tuve que darle un codazo para que reaccionara porque ya nos comenzaban a mirar unos chicos agrupados en un coche a dos aparcamientos de nosotros. Antes de adentrarnos directamente al edificio, Axel los saludó de lejos y ellos correspondieron mostrando todos los dientes, especialmente la chica de la espectacular melena rubia y ojos azules. Reagan se acarició el pelo con nerviosismo e inseguridad, mirándose los zapatos. Finalmente me susurró al oído. —¿Crees que sea teñida? Como es usual entre hermanas ignorarse, seguí caminando detrás de Axel con la cabeza gacha y la vista en el suelo. ¿Que si era teñida? Por Dios, pero si era obvio que no. Reagan apresuró el paso e intentó ir al mismo ritmo que Axel, acribillándolo una vez más con sus recurrentes preguntas estúpidas. A él parecía no molestarle y las respondía de buena gana y hasta con un poco de humor acompañado. Pensaba que tenían mucho en común y se llevaban muy bien para llevar tan poco tiempo conociéndose. Los chicos como Axel solían tener ese efecto encantador en las adolescentes ilusas y tontas, especialmente si eran tan hormonales y despistadas como Reagan. Mientras caminábamos por los amplios pasillos de la secundaria, pude confirmar con mis propios ojos que mi hermana no era la única chica que enloquecía por Axel. Pues cuando este pasaba, la gran mayoría se recargaba en sus casilleros conteniendo el aliento, paraba las conversaciones para limitarse a contemplarlo o, simplemente, dos o tres chicas se acercaban de una forma desesperada a saludarlo para luego, y sin éxito, tratar de sostener conversación con él. Eran extrañas, deprimentes… y se parecían bastante a mi hermana. Axel se detuvo cuando estuvimos en frente de una puerta bañada de caoba que arriba tenía una placa dorada la cual marcaba el noveno grado. Reagan asentía a cada explicación y sugerencia que Axel le hacía, aunque no estuviera prestando ni la más mínima atención a sus indicaciones. Por lo visto, en las secundarias de Inglaterra, los estudiantes tienen una sola aula para todas las asignaturas, mientras que en los Estados Unidos tenemos que rotar de salón en salón dependiendo de la materia en turno. Eso significaba que Axel y yo compartiríamos el mismo salón de clase todos los días. Interesante. —¿Cuándo crees que pueda inscribirme en uno de los equipos que nos mencionaste ayer? —le pregunté cuando volvimos a retomar nuestro camino por los pasillos. Traté de ignorar el aspecto medieval y de antaño que tenía la secundaria O'Callahan. Resultaba espeluznante. —De hecho, ahora vamos al tablero de inscripciones justamente para eso—iba a preguntarle sobre mi hermana, pero él pareció leer mis pensamientos, ¿cómo rayos?— A Reagan le darán un formulario dentro del salón. Siempre es así con los de primer año. Moví la cabeza y me obligué a actuar normal, como si el incidente del baño nunca hubiese sucedido y Axel fuera un chico amable y educado que me había recibido de la mejor manera en su casa. Sonreí… eso creo. —Bien... ¿ya sabes qué vas a tomar este año? Creo que ayer mencionaste lo de natación, pero dijiste que no estabas seguro. Supongo… —¿Qué las americanas tienen siempre ese instinto acosador y obsesivo alerta? —rio por lo bajo y relajó los hombros, como si yo no estuviera allí. Por un segundo creí ver un chico diferente al que estaba con Reagan hace un rato. —¿Disculpa? —frené de golpe y apreté un puño, repitiendo en mi interior que debía contenerme. Él sonrió de medio lado y al parecer, se percató de mi desconcierto. —No tratemos de pretender que nos agradamos Jodie, no funcionará. —¿Qué?—mascullé. Él suspiró y rodó los ojos, como si yo fuera una estúpida a la que tenían que tratar con paciencia para poder comprender a los demás. —Voy a ser claro contigo. Ambos tenemos que convivir el uno con el otro por obligación, es más que obvio que quieres volver a tu casa y no te importa la relación de Katelyn con mi padre ni formar parte de esta nueva familia—se acercó a una mesa y cogió un lápiz. Tuve que parpadear tres veces para darme cuenta de que ya estábamos frente a la pizarra de módulos deportivos y teóricos—. Sinceramente, a mí tampoco. Por cierto, no estoy interesado en saber nada de ti ni de tu familia… —¿Eres acaso consciente de lo que estás diciendo? Tú no me conoces… —Encima está sorda—musitó como para sí y anotó su nombre en una papeleta amarilla que estaba pegada al pizarrón. Leí con cuidado. Rugby. —Ya te dije que no me interesa—repitió con calma—. Además, no hace falta, eres una persona bastante fácil de leer, he lidiado con chicas como tú, no hay que hablar contigo para conocerte… preciosa. Entorné los ojos y apreté los puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos. Era increíble. Axel me había comprobado y escupido en la cara todo lo hijo de puta que podía ser. El problema era única y exclusivamente conmigo. ¿Por qué no se habrá encaprichado con Reagan? ¿Cómo podía caerle tan mal a una persona en tan poco tiempo y sin cruzar palabra? Tomé el bolígrafo y anoté mi nombre en la papeleta amarilla sin dejar de quitarle los ojos de encima. Era un reto. Él me miró sorprendido y tuvo que leer varias veces el encabezado de la lista para asegurarse que estábamos en la sección correcta. —Yo también he lidiado con idiotas como tú—le dije y le di la espalda.
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