Capitulo 9: El adiós definitivo

944 Palabras
La mañana siguiente a la despedida había llegado con una pesadez inusitada. Ana despertó con los ojos hinchados de tanto llorar, pero a pesar de las horas de sueño interrumpido, su cuerpo no encontraba descanso. El vacío en su pecho era tan profundo que sentía que la vida a su alrededor era solo una secuencia de imágenes lejanas, irreales, que no lograban atravesar su angustia. La separación de Javier, aunque inevitable, seguía retumbando en su mente como un eco doloroso. Estaba en la cocina, sirviéndose una taza de café sin ganas, cuando su teléfono sonó. Al principio no lo escuchó, inmersa en sus pensamientos. Sin embargo, después de unos segundos, el sonido del mensaje la sacó de su ensimismamiento. Era un mensaje de Laura, una de las pocas personas en quien confiaba últimamente. Pero lo que leyó hizo que su corazón se detuviera por un segundo. “Ana, ¿has hablado con Javier? Hubo un accidente cerca de la carretera por donde él viajaba. No sé mucho más, pero la ambulancia ya lo llevó al hospital.” El teléfono se le resbaló de las manos, cayendo al suelo con un golpe sordo. El ruido la sacudió, pero fue el mensaje lo que la dejó paralizada. Javier… Un accidente. No podía ser. La preocupación se instaló en su pecho como un nudo inquebrantable, y sin pensarlo, corrió hacia la puerta. El hospital estaba a unos quince minutos en coche, pero para Ana, esos quince minutos fueron los más largos de su vida. Durante todo el trayecto, las imágenes de Javier, de sus últimos días juntos, inundaron su mente. Pensó en sus palabras, en la despedida, en lo que había perdido. Se había alejado de él por el bien de todos, pero ahora, mientras la carretera se deslizaba ante ella, algo en su interior le decía que había cometido el mayor error de su vida. Cuando llegó al hospital, el aire parecía más pesado. Un dolor desconocido se coló en su pecho, y sus manos temblaban mientras pedía información en la recepción. La enfermera, con una expresión de seriedad que ya le decía más de lo que las palabras podían, la condujo a una sala donde un médico la esperaba. —Lo siento mucho, señora… —comenzó el doctor, mirando sus papeles antes de alzar la mirada para encontrarse con los ojos de Ana. La compasión que reflejaba su rostro hizo que algo se rompiera dentro de ella. —¿Está… está bien? —preguntó Ana, la voz temblorosa, con el corazón acelerado. El doctor suspiró antes de hablar, y esa pausa fue suficiente para que Ana supiera la respuesta antes de escucharla. —Lamentablemente, el accidente fue muy grave. Javier sufrió heridas internas y un trauma craneal. Hicimos todo lo que pudimos, pero no sobrevivió. Las palabras cayeron sobre ella como un peso insoportable, aplastando todo lo que había quedado intacto en su ser. Javier. Ya no estaba. No podía ser. No podía ser que todo hubiera terminado así, tan de repente. No pudo evitar la sensación de que el mundo entero se le había desmoronado en ese instante. Todo lo que había significado para ella, todo lo que había soñado y deseado, se desvaneció en un parpadeo. El doctor la miró con pena, pero no había nada más que pudiera decir. Ana sentó sus hombros, las piernas tambaleando, y su mente parecía vaciarse de todo, dejándola en un estado de absoluta desolación. Javier ya no estaba. Y aunque la razón le decía que debía aceptar lo inevitable, su corazón se negaba a comprenderlo. El tiempo parecía haberse detenido cuando, finalmente, Ana fue conducida a la sala donde reposaba el cuerpo de Javier. La visión de su rostro pálido, los tubos que conectaban su cuerpo a las máquinas que ya no funcionaban, la invadió de una tristeza tan profunda que ni las lágrimas pudieron aligerar el peso en su pecho. Javier, el hombre por el que había luchado, el hombre que había despertado en ella una pasión que jamás creyó experimentar, ya no estaba. Su vida, su luz, se había apagado de forma abrupta, y Ana se quedó allí, frente a su cuerpo, incapaz de asimilarlo. No sabía qué era más doloroso: perder a Javier o no haber podido vivir la vida que ambos habían imaginado. Con un sollozo ahogado, se acercó a él, y, por primera vez, se permitió tocar su piel fría. Recordó su risa, la suavidad de su voz, su calidez. Recordó los momentos que compartieron, aquellos en los que se sintió viva, completa, aunque fueran solo breves destellos de felicidad. ¿Qué hubiera pasado si todo hubiera sido diferente? La pregunta quedó suspendida en el aire, como una sombra que nunca desaparecería. La vida de Ana, su vida, parecía ahora un recuerdo doloroso, una historia truncada antes de llegar a su final. En ese momento, las puertas de la sala se abrieron y una enfermera entró. Ana no la vio. No le importaba nada más en ese instante. Solo podía pensar en el vacío que había dejado Javier, en la tristeza que ahora la consumiría por el resto de su vida. Ana cerró los ojos por un momento, tratando de asimilar lo que acababa de ocurrir. Su mente aún no lo entendía. Javier se había ido. Y ella… ella había perdido algo que jamás volvería a encontrar. Mientras las lágrimas recorrían su rostro, Ana se quedó junto a él, sin saber si algún día podría perdonarse por lo que había hecho, por la decisión que había tomado. Pero, al menos, en ese momento, no había nada más que su dolor, su tristeza y el doloroso silencio que marcaba la última despedida.
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