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BAJO EL MISMO TECHO

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drama
tragedia
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Oficina/lugar de trabajo
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Descripción

Ana una mujer casada con un hombre llamado Tomás. Su vida, aunque aparentemente tranquila y segura, carece de pasión y emoción. Todo cambia cuando conoce a Javier, un hombre encantador que la hace sentir viva de nuevo. El romance entre Ana y Javier florece en secreto, pero el destino tiene sus propios planes. Cuando Tomás descubre la verdad, su vida y la de Ana se ven irreversiblemente alteradas. A pesar de sus sentimientos por Javier, Ana se enfrenta a la dolorosa realidad de sus elecciones y su futuro con Tomás. Al final, se encuentra criando sola al hijo que tuvo con Javier, pero bajo la sombra de un amor que nunca pudo concretarse.

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Capítulo 1: Un amor cotidiano
El sol se filtraba tímidamente entre las cortinas del comedor, dibujando sombras suaves sobre la mesa de madera, pulida y ordenada como todos los días. Ana miró el reloj de pared; las agujas marcaban las nueve y media de la mañana. Tomás aún no había salido, como siempre, a esas horas. La rutina se sentía cómoda, aunque un poco pesada, como un abrigo que se ha usado tantas veces que ya no se sabe si es necesario. Desde hacía algún tiempo, Ana se encontraba en un estado de adormecimiento emocional. Era como si estuviera atrapada en una película que había visto demasiadas veces. La vida con Tomás, su marido desde hacía diez años, era segura, tranquila, casi perfecta en su estabilidad. Pero algo le faltaba. El entusiasmo de los primeros años se había desvanecido, absorbido por las exigencias del día a día. Mientras él se sumergía en su trabajo, ella mantenía la casa en orden, cocinaba las cenas y organizaba el calendario de ambos. Los viernes, después de la cena, veían alguna película o discutían sobre algún tema trivial, y el ciclo comenzaba de nuevo. Tomás era un buen hombre, claro, un esposo cariñoso, pero el afecto se había reducido a gestos rutinarios, a sonrisas que parecían no alcanzar más allá de la superficie. Ana, con el tiempo, había aprendido a no esperar más de él. Tal vez era ella quien había cambiado, o tal vez la vida les había llevado por caminos tan paralelos que se había perdido el contacto. Cada vez que él la miraba, ella sentía que ya no era la misma mujer que había conquistado, que ese brillo en sus ojos se había extinguido. ¿Qué les quedaba entonces, más allá de la costumbre? El sonido del timbre la sacó de sus pensamientos. Ana se levantó, pensativa, y caminó hacia la puerta. La reunión de trabajo a la que había sido convocada no era algo que la emocionara particularmente, pero el proyecto de reestructuración de la empresa le pareció una buena oportunidad para salir un poco de casa. —¡Ana! ¿Cómo estás? —exclamó Laura, la coordinadora de su equipo, al abrir la puerta. Laura siempre la recibía con una sonrisa vibrante, como si su energía fuera capaz de llenar cualquier vacío. A veces, Ana se sentía atrapada por esa felicidad tan ajena. Durante el trayecto en coche hacia la oficina, sus pensamientos seguían dando vueltas, pero se mantenían en la superficie, sin ahondar demasiado. Cuando llegó a la sala de reuniones, el ambiente estaba cargado de murmullos y papeles. Ana se acomodó en su lugar, mirando los rostros conocidos, hasta que su mirada se detuvo en un hombre que nunca había visto antes. Era alto, con el cabello oscuro algo despeinado, y una mirada intensa que parecía penetrar más allá de lo evidente. Él no la miró directamente, pero la sintió observada, como si, en algún rincón del tiempo, sus vidas se hubieran cruzado antes. La reunión comenzó de inmediato, pero a Ana le resultaba difícil concentrarse. De vez en cuando, sus ojos se desviaban hacia el desconocido, que tomaba notas con seriedad, pero también con una cierta suavidad en sus gestos, como si pensara cuidadosamente cada palabra. Javier, como más tarde supo que se llamaba, era un hombre sencillo en apariencia, pero había algo en él que despertaba algo en Ana, algo que no había sentido en mucho tiempo: una curiosidad fresca, casi inquietante. Al final de la reunión, cuando todos comenzaban a recoger sus cosas, Javier se acercó a Ana, y su presencia, aunque no invasiva, le pareció envolvente. —¿Qué te ha parecido la propuesta? —preguntó, con una sonrisa que, aunque discreta, la hizo sentir como si fuera la única persona en la sala. —Eh… interesante —respondió Ana, con la voz algo más alta de lo que hubiese querido. Sentía que su corazón se aceleraba, aunque no sabía exactamente por qué. Javier asintió y, sin querer, sus miradas se encontraron de nuevo. —La verdad es que me gusta escuchar distintas perspectivas. A veces es fácil quedar atrapado en la propia visión —dijo él, mientras sus ojos brillaban con una mezcla de interés y sinceridad. Ana, sorprendida por su respuesta, sonrió tímidamente. No era la típica charla de trabajo, ni la rutina aburrida de las conversaciones que había tenido con sus compañeros en el pasado. Era diferente. Algo le decía que había algo en él que merecía más atención, algo que despertaba una chispa en su interior. Tal vez era sólo una conversación trivial, pero en ese instante, Ana se dio cuenta de que llevaba mucho tiempo sin sentir que alguien la veía realmente. —Sí, tienes razón —respondió ella, casi sin pensar—. Es fácil caer en la comodidad de lo conocido. Javier asintió, y antes de que la conversación pudiera tomar otro rumbo, la reunión terminó. Ana se quedó allí un momento, observando cómo él se alejaba con paso firme, pero sin prisa. No pudo evitar sonreír, como si algo en su interior hubiera comenzado a resurgir. Cuando llegó a casa esa noche, Tomás ya había cenado. Él se encontraba sentado frente al televisor, distraído. Ana se unió a él, pero algo en su pecho no le permitía sentirse completamente presente. Mientras él le hablaba de su día, ella asintió, pero su mente seguía vagando, perdida en una conversación que, aunque significativa, ya no parecía suficiente. De repente, se dio cuenta de que no había sido sólo la conversación con Javier lo que la había hecho sentir viva nuevamente. Era la posibilidad de que había algo más fuera de la cotidianidad que conocía. Algo que podría ser tan simple como una charla, pero que le había ofrecido un vistazo a una vida diferente, a una emoción que creía perdida. Tomás la miró, notando que algo no estaba bien, pero no dijo nada. Tal vez también había notado el vacío entre ellos, aunque nunca lo había mencionado. Ana respiró hondo, como si tomara aire por primera vez en mucho tiempo. Algo en su interior había cambiado, pero aún no sabía qué hacer con ello. Al día siguiente, Javier la miró de nuevo, pero esta vez, Ana lo observó con más detenimiento. En su interior, una pequeña chispa comenzaba a arder.

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