CAPÍTULO I
Mi cabeza tarareaba una melodía sin color desde hacía semanas. Una melodía que pronto terminaría causándome pesadillas al ser tantas las veces que había escuchado la misma sucesión de notas musicales.
Esperaba que las puertas del ascensor en el que me encontraba se abrieran con la esperanza de que algo, por mínimo que fuera, hubiese cambiado en mi rutina laboral. Un pitido acabó con mi sufrimiento. Había llegado al décimo piso.
Al igual que cada mañana, lo primero que hice al adentrarme fue saludar a Helen, la secretaria del señor Wells. Guiñándome un ojo tras sus enormes gafas de pasta provocó que en mi expresión se dibujara una fugaz sonrisa que, seguramente, la mujer ni si quiera había logrado percibir. A sus cincuenta y ocho años, más que una secretaria, parecía una madre risueña preocupada porque todos sus hijos — en este caso sus trabajadores — se encontraran a gusto.
Atravesando casi toda la planta llegué a mi despacho y dejé sobre la mesa el bolso cargado de carpetas de archivos que hoy me tocaría revisar y organizar. Wells Companies es una empresa dedicada a la fabricación e investigación de especialidades farmacéuticas. En ella, me encargo de la sección de recursos humanos; reclutamiento, selección, contratación, administración y gestión del personal de la empresa… entre otro tipo de cosas. Por ejemplo, hacía unos meses que a mi jefe le había gustado tenerme a su lado durante las reuniones con los socios o accionistas. Él cree que se me da bastante bien calmar a las fieras y actuar de mediadora ante cualquier conflicto. Y yo siempre he confiado en mí para lograr ese tipo de cosas.
Dispuesta a comenzar con el largo día que tenía por delante, Helen entró al despacho sin ni siquiera haber llamado antes, cosa que me sorprendió pues no solía ser tan poco precavida. Su mirada fue exageradamente brillante, como si algo bueno la hubiera pasado o estuviera a punto de pasar.
— El señor Wells te está esperando en su despacho, querida Ally — aquel día, la mujer de los rizos de oro estaba inquietantemente misteriosa.
Un suspiro pesado respondió por mí. No tenía muchas ganas de saber la cantidad de trabajo que Ronald tenía preparado cuando ni si quiera había terminado de revisar los contratos de los nuevos trabajadores. Por eso no se me ocurrió una mejor idea que pensar en alguna excusa que pudiera darme tiempo en el que reorganizarme.
— Dile que iré en cuanto pueda… tengo que terminar de redactar algunos contratos y analizar las propuestas de la competencia… — la expliqué exagerando un poco la cantidad de cosas que tendría que hacer para que se imaginaran el grado de ocupación con el que contaba.
— Quiere que vayas ya, Allyson.
Ni si quiera me dio tiempo a responder, pues la mujer salió del despacho cerrando la puerta a sus espaldas. Siempre lo hacía cuando no quería una contestación, sino que simplemente acatara las órdenes que me daba un superior.
De camino al cubículo infernal, es decir, el ascensor que me llevaría dos pisos más arriba del que me encontraba, caí en la cuenta de que Helen solo me llamaba por mi nombre completo cuando el asunto era importante o requería seriedad.
Prácticamente, conocía a mi jefe desde que era una niña. Al ser un viejo amigo de la familia, en cuanto terminé de estudiar en la universidad me ofreció un trabajo fijo en su empresa que fui incapaz de rechazar. A mi edad de los 25 llevo siendo su mano derecha durante casi tres años.
Ronald Wells, o “Ron” como yo le suelo llamar, es un hombre de poco más de sesenta años a quien sus progenitores heredaron una empresa que le otorgaría beneficios millonarios. Sus ojos azules hacen juego con un cabello blanco perfectamente peinado que tan solo adornan el rostro de una persona amable, compasiva, vivaz e imponente a partes iguales. Su sencilla porte llama la atención a cualquier persona que le conozca.
Cuando me adentré al onceavo piso, tan solo tuve que caminar un largo pasillo que daba a la puerta del despacho principal. Con educación, golpeé la puerta tres veces y esperé unos segundos hasta decidir adentrarme. Por mucho que no obtuviera una respuesta al otro lado, entre Ron y yo existía confianza suficiente como para permitírmelo.
— ¿Acaso le he dado permiso para entrar? — inquirió un extraño sentado en el lugar de Ronald, en ese sillón de cuero que tanta majestuosidad le otorgaba.
Su mirada azabache se clavó en la mía como si miles de agujas se hincaran contra la piel de mi vientre desgarrándome lentamente. Su tono autoritario y voraz hizo que se me secara la boca y ahora mi sangre corriera gélida por mi cuerpo.
— Disculpe, pero… ¿quién es ust-… — ni si quiera me permitió terminar la pregunta, sus palabras increpantes volvieron a azotarme contra la realidad. Por un momento, vi una joven versión de Ronald, aunque éste era mucho más arrogante.
— No me haga perder el tiempo, señorita Parks. Quiero que revise el historial y los currículums de los trescientos trabajadores de la empresa. El que no reúna los requisitos que establecí como indispensables, despídalo.
No daba crédito a lo que estaba escuchando. En primer lugar, aquel desconocido hablaba como si todo estuviera bajo su poder, tras su pleno control. Estaba en el despacho de Ron y parecía que intentaba usurpar su puesto, dando órdenes como si contara con un rango superior al mío. Pero jamás le había visto; ni en el edificio, ni en una mísera reunión... Por otro lado, me estaba pidiendo hacer una limpieza a fondo de personal, algo que ni si quiera Ronald había decidido llevar a cabo durante los años que llevaba trabajando para él.
Si aquello era una broma, no tenía ni pizca de gracia. Miré hacia el resto de la sala esperando encontrar a Ron allí, pero no había rastro de él. Soltando una risa irónica y seca, volví mi atención al muchacho de cabello azabache quien parecía descansar tranquilo y disfrutar de mi desconcierto. Su postura fue la gota que colmó el vaso.
— ¿Se puede saber quién coño te crees que eres? — vociferé de manera desafiante, la sonrisa que asomaba en su expresión me dio los motivos suficientes como para dejar de lado los buenos modales.
— Soy Drake Wells, su nuevo jefe.