Tan solo había logrado dormir un par de horas. Tiempo insuficiente para descansar todo lo que había trasnochado durante la noche anterior. A pesar de haber llegado a casa sobre las cuatro de la madrugada, se me hizo cuesta arriba lograr conciliar el sueño.
Tenía en la cabeza demasiadas cosas en las que pensar; los datos terroríficos en los que se encontraba Wells Companies y de los que Ronald jamás me había hablado, la cantidad de trabajo que se me iba acumulando, la proclamación de Drake Wells como el nuevo jefe de la empresa y, ahora, para colmo, tampoco podía dejar de pensar en la conversación telefónica que había escuchado.
Las siete de la mañana no era una buena hora como para despertarse, pero el sonido de la alarma de mi móvil no me dejó otra opción. Desayuné un par de tostadas y un buen café y me preparé para afrontar un nuevo día con unas ojeras que caían desde mi rostro hasta mis pies.
Dentro del ascensor del infierno, decidí recoger mi cabello en un moño despeinado. Si no cambiaban esa melodía pronto, terminaría volviéndome loca. Alisé mi vestido color salmón al mismo tiempo en el que las puertas se abrieron.
Llegué al edificio diez minutos antes de las ocho, donde una sonriente Helen me sonreía desde la silla de su escritorio. Al igual que yo, la cantidad de carpetas con las que contaba su mesa me avisaron de que tendría tanto trabajo que hacer como yo.
— Buenos días, Helen. ¿Alguna noticia? ¿Ha llegado ya Drake?
No sé por qué me interesó saber si el hijo de Donald había venido hoy a trabajar. Cuando le dejé, su rostro gritaba rendirse ante la cama y dormir. Quizás el día de hoy no acudiría a su puesto y nos daba una alegría a todos…
— ¡Buen día, preciosa! No he visto entrar al joven, pero hay luz en su despacho. Creo que hoy llegó temprano…
Imposible. Aquello era imposible. Me preocupó el imaginarme que Drake había pasado aquí toda la noche. Si mis intuiciones no fallaban me encontraría con un hombre plenamente devastado, su mal humor se habría ampliado con creces y pagaría su cansancio con los trabajadores. Y no, no estaba dispuesta a tener que aguantar otro comentario arrogante.
Mi cara de preocupación debía haber alertado a Helen, quien ahora me miraba con el ceño fruncido. Seguro que quería saber qué había dicho para dejarme así. La guiñé un ojo e hice lo que mejor se me daba; esbozar una falsa sonrisa como si todo estuviera controlado.
Aquello debió de tranquilizarla, pues no sentí sus pequeños pasos apresurados tras mi espalda cuando me di media vuelta y me encaminé de nuevo al ascensor. Lo mejor era que subiera a su despacho para ver si todo estaba en orden.
Cuando llegué al largo pasillo que me tocaba caminar observé cómo una leve luz salía por la r*****a inferior de la puerta de madera que tanto conocía. No era luz natural, era el mismo color en el que nos habíamos visto envueltos durante la noche. Controlando mis ganas de entrar allí sin avisar, decidí que lo mejor era dar unos golpes a la puerta para alertar a quien estuviese en el interior.
Como si no hubiera nadie allí, no obtuve respuesta de vuelta. De nuevo, otros golpes un poco más fuertes por la presión de mi puño retumbaron en la puerta. Esperé uno, dos… e incluso veinte segundos, pero nadie me contestó al otro lado.
Por eso, decidí que lo mejor era tomarme la confianza de entrar por mi cuenta y saber qué estaba pasando. A veces, la confianza da asco, y Ronald y yo habíamos llegado a ese punto en el que no necesitábamos la aprobación del otro para invadir nuestro espacio.
Como si la sala estuviera cubierta por un pegamento extrafuerte, mis pies no pudieron moverse del suelo cuando vi la escena ante mí. Drake se encontraba tirado sobre uno de los sofás del despacho. Su camisa, su chaqueta y sus zapatos se encontraban desperdigados por el suelo junto a algunos cojines, papeles y demás basura que no alcancé a indagar. En su escritorio todo seguía igual que durante la noche, pero habían aparecido tres vasos de plástico procedentes de una máquina de café.
Cuando por fin conseguí reaccionar, cerré con prisa la puerta a mis espaldas para que, si alguien decidía pasar por allí, nadie pudiera ver aquello. Verle así en su segundo día le daría una imagen nefasta como profesional y, todos sabemos que, quieras o no, las primeras impresiones pueden marcar todo un futuro.
Arrodillándome a su lado tomé sus hombros con ambas manos y le zarandeé lo poco que el peso de su cuerpo me permitió:
— j***r… ¡Señor Wells! ¡Despierte!
Su pesada respiración tardó un poco en agilizarse. Como si se tratara de un bebé que se encontraba en el estado más profundo de somnolencia, abrió sus ojos poco a poco y se sobresaltó al no saber si quiera dónde se encontraba.
Mirándome desconcertado dejó de estar tumbado para sentarse sobre el sofá y frotar su cara entre sus manos. Como si ese ágil movimiento hubiera impedido verle durmiendo. Tras analizar lo que había pasado quise reírme, pero imaginaba las miradas de fusilamiento que me echaría.
— Mierda…
— Sí, mierda… — repetí simulando una voz más grave y ronca a la mía, imitándole. Se me hacía imposible no burlarme un poco.
— Me he dormido, ¿verdad? — murmuró después de haber alzado una ceja ante mi broma. Miré hacia ambos lados y me encogí de hombros sabiendo que estaba aún tan dormido que necesitaría una respuesta de mi parte.
— Eso parece, ¿no? — aun reprimiendo mis ganas de mofarme de la situación, decidí analizarle de arriba abajo.
En un torso tonificado por el gimnasio se dibujaban una serie de tatuajes desperdigados por su piel, sin mucho sentido entre sí. Cada uno parecía ser algo diferente al anterior. A primera vista, logré distinguir un pequeño nombre en árabe a la altura de su clavícula, unas letras japonesas en el lateral izquierdo de su cuello y una especie de estrella en su pectoral derecho.
Al volver a sus ojos descubrí que le había fascinado aquel repaso. Se levantó del sitio con parsimonia y recogió su camisa y su chaqueta del suelo para ponérselas poco a poco.
— No quiero escuchar una palabra de esto, Parks.
Sin poder evitarlo, una pequeña risa se escapó por mi boca. Al escucharme se giró directamente para mirarme de forma seria, pero pude notar cómo una media sonrisa quería aparecer en su semblante.
Al punto de querer responderle, el sonido del teléfono fijo sobre su escritorio nos interrumpió. Mientras ataba los botones de su camisa, optó por darle al botón del altavoz sin ni si quiera importarle que yo seguía allí.
— Señor Wells, le recuerdo que tiene una reunión con los dos socios de Washington en diez minutos.
— Gracias, Helen.
Tras colgar buscó sus zapatos por el suelo. Iba a reunirse con ellos llevando la misma ropa del día anterior. Si no fuera porque le sentaba exageradamente bien, ya hubiera decidido echarle la bronca. Dispuesta a salir de allí para comenzar con mi trabajo, su voz interrumpió mi marcha.
— Mañana vendrá conmigo a una comida con este par de socios con los que debo reunirme, Parks.
Sin entender bien para qué me necesitaría allí, asentí y le dediqué una fugaz sonrisa. Necesitaba tiempo para prepararse y sentí que estaba siendo un estorbo.
— Y… por cierto, gracias por despertarme.
— Me debe una después de esto.
— Las que quiera.
El guiño de uno de sus ojos tensó todo mi cuerpo. Con la imagen de un Drake despreocupado y risueño cerré la puerta de su despacho.