Cristóbal está preocupado. Ruth no ha llegado a trabajar hoy. Ayer tampoco vino. No contesta su celular y Claudia tampoco sabe de ella. Lo último que supo es que se fue de la casa ayer al mediodía. Después, nada. El sonido de su citófono suena e interrumpe sus pensamientos. ―Va subiendo, señor. ―Gracias. ―Respira aliviado. Pocos segundos después, dos golpes en la puerta le indican que es su secretaria. Aprieta el botón bajo su escritorio y la puerta suena con un débil timbre, el pomo se gira y entra Ruth. ―Ruth, ¿dónde estabas, por Dios? Te he llamado miles de veces, Claudia tampoco sabía nada de ti, no llegaste a dormir a tu casa. Cristóbal la contempla un segundo, tiene un aspecto horrible. ―¿Qué pasó, Ruth? ―Señor... ―La angustia en aquella palabra le llegó al duro

