―¿Qué le has dicho a Daniela de su padre? ―consulta Cristóbal a Verónica cuando la niña se despierta y se va a jugar y a descubrir la casa de su “papi”. ―Que la quiere mucho, que se tuvo que ir, que andaba viajando, que algún día volvería y… ―¿Y? ―Siempre está recibiendo postales de él ―responde con la cabeza gacha. ―¿Le envías postales a tu hija haciéndole creer que son de su padre? ―interroga sin censura. ―¿Y qué querías que hiciera? ―replica ella exaltada―. ¿Que le diga que no sé quién es su papá, que fue un desgraciado que abusó de mí después de haberme drogado? ―No, no ―Cristóbal coge la mano de la joven y la aprieta dulcemente. No preguntará nada más―. Me basta con saber que ella cree que soy su padre. ―Pero tú no eres su padre. ―Quiero serlo. ―¿Y si después te aburres

