Brielle Bajar a desayunar por la mañana se sintió como cruzar un campo minado. Mientras untaba mi tostada en silencio, me dedicaba a escuchar a mamá contándole a papá detalles de nuestra tarde juntas, ajena a las miradas significativas que papá me daba cada tanto y que yo fingía no notar, las cuales acrecentaban la tensión que parecía volver denso el ambiente. —Están muy silenciosos ustedes dos —comentó mamá entonces, su mirada viajando de papá hacia mí. —Ya debo irme —me levanté, colgándome mi bolso al hombro. Me acerqué a dejar un beso en la mejilla de ambos. —Que tengas buen día, cielo —se despidió mamá y le sonreí. Cuando estaba por cruzar la puerta principal, papá me llamó, estaba a unos pasos de mí. —Hija. —¿Si, papá? —¿Podemos hablar? —Llegaré tarde —mencioné con la mano

