La transfusión de sangre finalmente comenzó, y el ambiente en la habitación se llenó de una tensa expectativa. Angela observaba cada movimiento de los curanderos, con los nervios a flor de piel, aferrando la mano de Emily como si con eso pudiera transmitirle fuerzas. Poco a poco, el color pálido de su piel comenzó a mejorar y su respiración, antes errática y débil, se estabilizó. Max, el beta de Marcus, se acercó a Angela y le puso una mano en el hombro con suavidad. —Debes ir a descansar, Angela —le dijo con voz firme pero amable—. Has pasado por demasiado en muy poco tiempo: primero la batalla, luego la enfermedad de tu hermana… Si sigues así, te colapsarás. Angela negó de inmediato. —No pienso moverme de aquí. No hasta que Emily despierte. Max suspiró y cruzó los brazos. —Me queda

