Emily sintió que su cuerpo pesaba como si estuviera atrapada en un sueño profundo. Sus párpados se sentían pesados, pero poco a poco fue obligándolos a abrirse. La luz tenue de la habitación la desorientó por un instante, al igual que la sensación de estar recostada en una cama desconocida. Su respiración se aceleró levemente cuando intentó moverse, pero entonces escuchó una voz profunda y firme que la detuvo. —Tranquila, no te esfuerces demasiado. Emily giró la cabeza con dificultad y sus ojos se encontraron con los de un hombre sentado a su lado. Alto, de hombros anchos y mirada intensa, la observaba con atención, como si llevara horas velando su sueño. —¿Dónde estoy? —preguntó con voz rasposa. —En el castillo de los licántropos —respondió él con calma. Emily parpadeó, tratando de
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