El castillo temblaba con el eco de la batalla. Elliot avanzaba hacia Ángela, su espada brillando con una amenaza mortal. Ella retrocedía lentamente, apenas capaz de mantener el equilibrio. El poder que había adquirido como híbrida era impresionante, pero también inestable. Damián, agotado y herido, no estaba en condiciones de intervenir. —Todo esto por una princesa perdida —murmuró Elliot, con una sonrisa torcida—. No estás hecha para esto, Ángela. Nunca lo estuviste. —No subestimes lo que soy capaz de hacer —le espetó ella, apretando los dientes, aunque sentía cómo la fuerza la abandonaba. Elliot soltó una risa breve, condescendiente, antes de lanzarse sobre ella con la velocidad que solo un vampiro podía desplegar. Ángela intentó bloquear el golpe, pero sus movimientos eran demasiado

