Un sobresalto recorrió la habitación. Emily, que yacía en la cama, comenzó a convulsionar. Su cuerpo se sacudía con fuerza, y sus ojos, normalmente tan llenos de vida, ahora estaban vacíos y perdidos. Angela, su hermana, se acercó corriendo, el corazón en un puño. —¡Emily! —gritó, llenando el aire con su desesperación—. ¡Por favor, despierta! Los médicos reales entraron en acción, rápidos y decididos. Uno de ellos, con una expresión grave, se acercó a Angela. —Necesitamos estabilizarla —dijo, mientras movía los brazos en un gesto que buscaba calma—. Pero su estado es crítico. Emily necesita una transfusión de sangre. Angela sintió que el mundo se desmoronaba a su alrededor. —¿sangre? —preguntó, temerosa de la respuesta—. Yo puedo ayudarla, puedo donar. El médico negó con la cabeza, s

