Conté cada día desde el miércoles que nos despedimos. Solo debía esperar seis de ellos para volver a verlo. Tenerlo lejos de mí se convirtió en un tormentoso desafío. Era sábado por la noche y llegaba de trabajar de una fiesta donde celebraron el aniversario de bodas de una pareja que cumplía treinta años de casados. Durante la fiesta y al ver a la pareja bailar canciones románticas, me pregunté si yo podría llegar a festejar algo así. Ya no era joven, los años no perdonaban y con cada uno perdía vitalidad. Conforme más envejecía las enfermedades amenazaban sigilosas. Apenas abrí la puerta de mi casa, encontré a Angélica vestida con su ropa de día y la cara arrugada por la preocupación. —¿Qué pasó? —le pregunté. Ni siquiera le di oportunidad de hablar primero. Mi hija demoró en respo

