Mi vida pasó de ser rutinaria, aburrida hasta cierto punto, a convertirse en un torrente de emociones que fluían vertiginosas en mi interior. Menos de dos días y ya me encontraba envuelta en los brazos que anhelé por cientos de noches, y días. Probé la fruta que tanto se me negó, y fue maravilloso. Se trataba de un encuentro conmigo misma y lo que podía experimentar con la pareja indicada. El final de la travesía llegó cuando nos bajamos de los caballos. Me dolían las piernas. Me encontraba desacostumbrada a cabalgar por tanto tiempo. Podíamos ver la entrada del modesto pueblo donde trabajaba Anita. Había dos altos postes de madera ennegrecida que no sostenían nada. Todo a nuestro alrededor estaba alumbrado con antorchas. Fue inevitable que me recordara a mi pueblo, a lo que fue cuando

