La vida tenía que seguir, aunque fuera a rastras. Por eso escogí guardar cualquier sentimiento romántico en lo más profundo de mi ser, bien sellado para que se mantuviera apartado de mi día a día. El cinco de enero despedimos a Coni en la estación de autobuses. Se marchó cabizbaja, preocupada por lo que pasaría en su casa. Yo preferí estar atenta a sus llamadas y entregarme al trabajo, incluso acepté hacer costuras en mis tiempos libres. Mantener la mente ocupada fue mi prioridad. El viernes diez de enero tocó el turno de Uriel. Luego de que se fuera, visité a Esmeralda por la mañana. De vez en cuando lo hacía. Le llevaba comida para ella y los pequeños. Mis nietos poseían un temperamento que a mi hija se le complicaba domar, y tampoco es que tuviera gran paciencia con ellos. Mi princip

