El calendario que colgué en la pared marcaba el veinte de enero. Era el cumpleaños de Esteban. Hice un oscuro círculo con tinta encima del número. Estaba dispuesta a desaparecer todo rastro de él. Por desgracia, el veintiuno trajo consigo recuerdos amargos. La noche en que Celina murió fue dolorosa para varios. También para mí. Ella fue mi amiga, y la quise hasta después de fallecida. Decidí visitar su tumba, pero lo hice por la tarde, casi a punto de que cerraran el cementerio. Sabía que los Quiroga y los Ramírez irían temprano, así acostumbraban en el pueblo. Antes compré una veladora y un ramo de crisantemos; su agradable fragancia introdujo a mi cuerpo la tristeza. Tuve la precaución de abrigarme con un sarape marrón y me puse un sombrero del mismo color. Nicolás me regaló en dicie

