Bastian —espués, hablaremos después— sentenció segura y quise negarme. Pero ¿cómo podría? Su lengua masajeó la mía y tuve que corresponderle. Mierda. Ella es mi compañera. No puedo negarle nada. Pero no puedo seguir con esta farsa. La quiero, la quiero bien y sé que no podré estar tranquilo y darle todo de mí hasta que le diga la verdad. Aunque la idea de que me rechace cuando lo sepa me mate por dentro. Tiene que ser hoy. Ahora y no me importa morir mañana si me rechaza. Al contrario. Prefiero morir a estar sin ella. —hablemos, hablemos— suplico para que se detenga. Ya estamos dentro de la cabaña, desnudos y húmedos, listos para dar el paso. No sé cómo llegamos a esto si hasta hace unas horas no me contestaba el teléfono. Sinceramente, agradezco lo que fuera que le hizo cambiar de op

