—Samuel, tienes que enfrentarlo en algún momento. —No necesito verlo. No quiero sus ojos de lástima sobre mí. —No creas que te va a tener lástima —replica Rob, cruzándose de brazos—. Ese hombre fue marino. Lo investigaste, ¿no? —Sí —admito. —Entonces sabes que no crió a una niña débil. Como vi a Nyla está mañana, estoy muy seguro que no se compadece de ti, y si heredó eso de él, lo último que sentirán por ti es lástima. Lo pienso un momento. Tiene razón, pero no se lo voy a decir. —Lo consideraré —murmuro. —Eso ya es un milagro —dice, levantándose—. Pero hazme caso en algo, Samuel. Ella no merece que la trates así. Levanto una ceja. —¿Tanto sabes de mujeres? —Solo lo suficiente para no terminar solo como tú. —Con tanto que sabes —respondo, apoyándome en el reposabrazos—, me sorp

