Leyna era la chica ruda y la más veterana en el club, era respetada por todos allí y no solo por su trayectoria sino por la forma en la que se había ganado la confianza del jefe. Bruno le encargaba todo lo que tuviera que ver con las chicas y los chicos nuevos. Conocida por su carácter fuerte y su mirada penetrante se había ganado el apodo de la Loba. Helena había llegado al club hace más de 6 años, fue ese día donde conoció a la inocente niña de apenas 13 años que había sido vendida por su padre. Inmediatamente Leyna se vio reflejada en su historia, el inicio de Helena en el mundo de la prostitución no era tan diferente al de ella. Al principio no quería demostrarle empatía, trataba de verla como cualquier otra en el lugar, pero hubo algo en sus ojos que se fue ganando su corazón, no solo la empezó a cuidar, sino que le pidió a Bruno que la dejara vivir con ella, alegando que así podría tenerla más vigilada. La realidad era que Leyna quería poder cuidar de ella cuando la situación lo ameritara, aún que no siempre podía salvarla de las garras del demonio...
Miró sobre el hombro de Bruno abriendo los ojos con alarma. En su cama ya hacía su pobre amiga desnuda y con un moretón en el pómulo.
—Se pasó de lista y tuvo su merecido —dijo Bruno prendiendo un cigarrillo como si nada—. Llévatela, con esa cara no podrá trabajar hasta que desaparezcan los moretones.
Layna camino hacia la cama y al llegar a su lado peinó con delicadeza el cabello rubio de Helena. Escucho como empesaba a sollozar en silencio y el corazón se le partió en dos.
—Perdóname...—dijo avergonzada
Si tal vez ella hubiera estado ahí nada de eso hubiera pasado, muchas veces lo logró, pudo salvarla de la furia de Bruno pero esta vez no había sido así.
—¡Vamos!... ¡Largo las dos!, no tengo su jodido tiempo, párala y llévatela. Ojalá ahora aprenda que no debe de desobedecerme. —Bruno sonrío y miro con malicia a ambas chicas mientras se ponia la camisa.
—Vamos Helena. —Layna trato de levantarla poco a poco hasta que paro sus movimientos viendo con alarma su labio herido. —Joder ¿Qué hiciste para que te golpeara de esta forma? —pregunto preocupada.
Helena no respondió. No tenía las fuerzas para hacerlo. Salieron del club directo a su departamento, Helena había estado callada por el resto del camino, mirando por la ventanilla del auto, preguntándose cuando sería el día en que se terminaría su sufrimiento. Subieron por las escaleras, solo quería dormir y jamás despertar, pero no era tan simple como eso cuando la voz del chico dulce del apartamento 5A la hizo detenerse, evitando a toda costa verlo directo a los ojos, se avergonzaba de su estado y se quedó de espaldas mientras Leyna la sostenía del brazo.
—Hola... —Helena le contestó el saludo en un susurro.
Addam frunció el ceño cuando le pareció muy extraña la actitud que estaba adoptado, ni quiera lo miraba o se alegraba de verlo como otras veces. Pero eso no lo detuvo y nerviosamente empezó hablar.
—Solo quería saber sí... tú... querías ir a tomar...
—No.
—¿No? —pregunto desanimado.
—Ahora no puedo, tal vez después —Helena empezó a caminar dejando a Addam sumamente interrogante, ¿Había dicho o hecho algo malo? O ¿Era a caso que el ya no le agradaba?
Helena se soltó a llorar, Leyna la sostuvo con más fuerza mientras seguían caminado rumbo a su apartamento.
—¿Fue él, la razón de que Bruno te dejara en este estado? —Helena negó.
—Alexander Vance —dijo cuando entraron al departamento tomando asiento en el sofá.
Entonces Layna lo entendió, Bruno aún tenía esa extraña obsesión por Helena, Alexander Vance había pasado más tiempo con ella de lo permitido y su amiga había tenido que pagar las consecuencias de eso.
—¿Sabes que pasará si sigues frecuentado al vecino? —Helena tornó su mirada fría y se limpió con brusquedad las lágrimas.
—Estoy harta, cansada de ser solo un pedazo de carne con el que pueden hacer lo que quieran... Bruno me violó y golpe hasta el cansancio y se sintió con ese derecho porque mi puto padre me vendió con él. —Empezó a llorar con más fuerza—. No sé en qué pensaba cuando decidí fijarme en ese dulce chico, yo jamás podré enamorarme de nadie y nadie se podrá enamorar de mí, estoy maldita y sucia, me doy asco yo misma. Se paró con enojo y camino directo a su habitación azotando la puerta detrás de ella.
—Helena...
Leyna quería consolarla, ¿pero qué podía decirle?, ¿Qué todo iba a estar bien? ¿Qué las cosas iban a cambiar? No le gustaba mentir cuando ambas vivían la misma vida, vendidas y prostituida desde muy pequeñas.
.
.
.
¿Cuándo fue la última vez que se sintió así?... la impotencia y la desesperación invadiendo su mente y cuerpo.
—... Es así como todos los usuarios tendrá acceso a los datos que suban a la aplicación sin alguna red de datos... —Las voces escuchándose a lo lejos, todo se sentía tan pequeño y oscuro que el aire empezó a faltarle.
Se desató un poco el nudo en su corbata, pero nada de eso sirvió. Por suerte para Alexander, Arnaut supo que estaba pasando con él antes de que el mismo lo entendiera pidiéndole a todos en la sala que esperaran afuera.
—Respire señor. —Se acercó a él notando el sudor en su frente, Alexander mantenía su mirada fija tratando de minimizar su taquicardia y poder controlar su ataque.
Arnaut tomó fuertemente su mano y lo alentó a que se tranquilizará, después de unos minutos de mucha concentración se había ido, aun así su semblante preocupado se incrustó en su rostro. No tenía un ataque de pánico desde hace 10 años, siempre eran por la misma razón, su padre, el miedo a que algún día lo encontrara y lo matara lo persiguió sin fin hasta que se decidió tomar terapia. Ahora era distinto, Michael Vance estaba muerto y él a salvo, aún que había algo, tal vez no era de mucha importancia, pero para él lo era todo. Desde que estuvo con Helena nada era igual. Quería verla, tenerla y sobre todo escuchar su voz, pero al parecer era imposible.
Bruno había puesto miles de escusas para negársela y en su reemplazo decidió mandar a otras prepagos que no se le asemejaban en nada. Ya había pasado una semana insoportable donde lo único que deseaba era tener a su linda prepago entre sus abrazos. Arnaut lo miró cauteloso cuando su jefe lo miró molesto.
—Tráeme a esa prepago o esto volverá a ocurrir. —Tenía razón, los ataques de pánico se había ido cuando él pudo desahogarse de esa tención acumulada y ¿cómo lo hacía? Con sexo, pero ahora no era así, tenía sexo, incluso como a él le gustaba, duro y silencioso, pero no con quien él deseaba.
—Pero...
—Consigue su dirección o tu despido será lo único que pueda consolarme. —Alexander lo miró frío y Arnaut asintió tragando grueso.
.
.
.
Aún que las heridas de su cuerpo había sanado, las del alma seguían intacta como la primera vez...
Helena tomaba su desayuno cuando Leyna entro al apartamento con un gran ramo de rosas, las miró sin ánimo señalado el lugar donde pusiera el arreglo, junto a los demás.
—Pobre... él solo quiere verte. —Leyna se sentó frente a ella con su semblante indulgente por el chico—. Ha venido tantas veces a preguntar por ti y... esas rosas, yo estaría saltando de felicidad...
—Tú misma me advertiste sobre las consecuencias, lo que pasará si Bruno se llega a enterar de él, Addam es una buena persona y no quiero que le pase nada por mi culpa —dijo Helena desolada.
Leyna se quedó callada, era verdad, aún que fuera duro tenía que alejarse lo más que pudiera de ese chico. Después de unos días, Helena decidió salir por fin de su encierro, los moretones es su rostro se notaba cada vez menos, tenía que trabajar aún que no estuviera cien por ciento respuesta, necesitaba dinero para sobrevivir, no podía seguir viviendo a costas de Leyna. Lo que jamás se imaginó es que Addam estaría atento a su salida, Helena trató de ignorarlo a toda costa, aún que le doliera tenía que dejarlo ir, pero ese chico era testarudo, Helena no sabía que Addam se había prometido así mismo hablar con ella y por fin decirle lo que sentía. Su corazón le gritaba de mil formas posibles que correspondía sus sentimientos.
-Helena...
La rubia detuvo sus pasos. Quería correr lo más que pudiera, pero la mano de Addam sobre la suya se lo impidió.
—Espero te sientas mejor y mas recuperada. —Helena abrió sus ojos con pánico ¿Qué sabía él exactamente de lo que le había pasado? —Son situación que pueden pasar a veces, también he tomado y me he peleado.
Addam la rodeo y se paró frente a ella, mirándola con una gran sonrisa dibujada en su rostro, una que era capaz de iluminar hasta sus días más nublados. Él era lo único por lo que realmente valía la pena despertar cada mañana y no le cabía la mayor duda de eso. Leyna había sido la responsable de que Addam supiera de la supuesta pelea de Helena con otra mujer, claro estaba que no podía decirle lo que realmente pasó. No había podido quedarse callada cuando observó lo triste que se encontraba por el rechazo de su amiga, al menos no quería que sufriera por Helena y comprendía por qué ese noble chico se había ganado su corazón. La rubia no pudo verlo a los ojos en ese momento, estaba tan avergonzada, lo había ignorado tan cruelmente que incluso empezaba a arrepentirse de eso, Addam tomo su rostro y lo subió lentamente con ayuda de su mano, Helena agrandó un poco sus ojos ante su inesperado movimiento, acuno su mejilla entre su mano mientras con su dedo pulgar acariciaba cuidadosamente la herida de su labio.
—Sigues siendo hermosa... —susurró—. Aún con todos esos moretones. —Helena sonrió al escucharlo—. extrañaba verte sonreír.
—Basta Addam. —Alejo su mano y volteó su rostro, avergonzada—. Debo irme.
—Esto es como un déjà vu, siempre te encuentro, cruzamos palabra, pero jamás pasamos del más allá. —Helena lo miró cautelosa—. Tengo que confesarte algo. —Addam lo sopeso y continuo—. Es algo que me he estaso guardado desde la primera vez que te vi.
—Addam por favor no...—Trato de callarlo, sabía lo que le diría y a pesar de que ese hecho estaba haciendo saltar a su corazón desbocadamente no tenía el valor para escucharlo.
—Tengo que decírtelo o me quemará por dentro. —Tomó su mano con determinación—. Se de qué trabajas y lo que haces y déjame decirte que no me importa en absoluto.
Helena se quedó estática ante sus palabras ¿Lo sabía y aun así la aceptaba?
—Te quiero Helena...- confesó y como si la naturaleza estuviera atenta a lo que decían no hubo sonido alguno en la extensión de la noche—. Desde la primera vez que te vi caí rendido ante ti, me gustas y tal vez no sientas lo mismo, pero no importa si incluso mañana muero porque ahora sabes lo que siento por ti...
Helen sintió tantas cosas en su interior, deseaba ser libre y por primera vez en su vida ser capaz de elegir su destino. Lamentablemente no era así. Su razón le gritó su realidad aun así paso lo que tanto trató de reprimir. Parada de puntitas sus labios tocaron los de Addam, un beso sin malicia, sin doble intención y tan puro en todos los sentidos le hicieron comprender que él era el indicado, pero también un error.
—¡Lo sabía! También sientes lo mismo que yo. —Sonrió al separar sus labios de Helena. La felicidad no le cabía en su pecho.
—Perdóname Addam, pero no puedo... tú te mereces lo mejor y yo... no soy eso para ti.
La sonrisa de Addam se esfumó al ver su rostro decaído cuando paso de largo junto a el. Con una mano en el pecho, Helena secó las lágrimas que poco a poco mojaron sus mejillas, esto era un adiós y lo sabía. Addam se quedó parado en medio de la acera sin saber que fue lo que había pasado, aun así el dulce beso estaba impregnado en sus labios y sonrió, ahora que sabía que Helena sentía lo mismo que él lucharía por ella. Pero no siempre el destino estaba de tu lado...
Mientras tanto Bruno se encontraba en su auto apretando fuertemente su puño después de presenciar la amarga escena frente a él y miro con furia al hombre que había osado con poner los ojos en su mujer