Capítulo 4

2019 Palabras
El ambiente en Fantesha era el usual, música movida, clientes ansiosos por algo de diversión mientras tomaban alguna bebida adulterada que vendían en el lugar. Siempre había sido así, las personas gastan más cuando no se encuentran en sus cinco sentidos y son persuadidos por la lujuria. Les era fácil a las prepagos del lugar estafar a uno que otro hombre, al otro día podían amanecer con su tarjeta sobre girada, ¿pero qué podían decir?... ¿Qué habían sido timados al emborracharse y pagar por sexo? La mayor ganancia siempre se la llevaba Bruno, su lugar sus reglas, nada pasaba en ese Fantesha sin que él lo supiera... y la estafa solo era uno de sus muchos negocios en el club. Helena llegó a Fantesha yendo directo a los vestidores, Ari e Irene la miraron sorprendidas de que estuviera ahí, ya había pasado más de una semana, pero era pronto para que regresara a trabajar. —Hola, chicas —saludo sin emoción. Su mente aún estaba divagando en lo de hace unos minutos. El rostro decepcionado de Addam al decirle que no podía estar con él, le había dolido en el alma, pero era lo mejor, así podría al menos mantenerlo a salvo. —¿Bruno sabe que vas a trabajar así?- Irene preguntó acercándose a ella. —En realidad he venido a verlo para que me deje trabajar, necesito dinero —explicó. —De que te preocupas si él te mantiene ¿no? —Ari comentó con reproche mientras se maquillaba frente al espejo. —Oye, es algo que no importa. —Irene salió a su defensa, pero Helena la tomó del brazo para que no dijera nada más, no necesitaba a nadie para que la defendiera. —No sabes nada de mi Ari, si Bruno me tiene aquí es porque mi padre me vendió con el cuándo tenía 13 años y necesito trabajar para pagarle esa deuda. Si fuera libre como tú lo eres, créeme que esto sería en lo último que yo trabajaría. —Ari se quedó muda al escucharla, algo sabia de eso, pero jamás lo había creído, hasta ahora que lo escuchaba de su boca y no pudo imaginar lo que ella había vivido desde entonces—. Irene, ¿Está Bruno en su oficina?. —Salió, pero no creo que tarde. —Asintió y miró por última vez a Ari la cual le devolvió el gesto, apenada por lo que había dicho. No se desquitaría con ella, no tenía la culpa cuando no sabía la verdad absoluta. Helena entró a la oficina de Bruno mirando la puerta púrpura de la habitación continua, esa donde tantas veces había sido "Castigada" por él. Un escalofrío recorrió su cuerpo al recordar la última vez que estuvo ahí. —Vaya, vaya, ha regresado mi prepago favorito. —Bruno entro altanero mirando a Helena, feliz—. Te dije que te tomaras tu tiempo —bajo la voz levantando suavemente su mentón. —Quiero trabajar... —Mira ese rostro, si no fueras tan rezongona no te hubiera pasado nada. —Sonrió con malicia y se alejó de ella—. Aún puedo ver el moretón, sabes bien que a los clientes no les gusta la carne golpeada así que, no, no puedes trabajar —dijo esta vez serio. —Pero... puedo esconderlo con maquillaje —Helena objeto—. Necesito trabajar. Bruno alzo un dedo y Helena se calló. —Aún no olvido lo que hiciste. —La miró mal—. Así que estarás en los cubículos... con cuota mínima. Helena bajo la mirada y asintió, no podía objetar o seguramente haría que trabajara sin cuota. —¡Ya! A trabajar. —Señalo la salida sentándose en su silla. Bruno observó como Helena salía de su oficina y sonrió. La pobre chica no sabía lo que estaba por venir, él estaba más que encantado de cuidar de su prepago y de quitar a cualquiera que se interpusiera a ello. . . . Rápidamente, Helena se fue a arreglar, se puso la ropa corta que tanto odiaba junto con el maquillaje que cubría su realidad. Se miró al espejo sin ánimo y salió a donde toda la muchedumbre se encontraba. Saludo a varias compañeras en el camino y se dispuso a ir hasta donde estaría trabajando. La zona privada donde pequeños cubículos cubiertos de terciopelo de color rojo barato, con un amplio sillón de piel sintético se usaban para ofrecer bailes privados. Suspiró cansina al encontrarse allí, su noche iba a ser larga. . . . Alexander miró a Arnaut con un gran surco en su frente, su humor no estaba para bromas. —¿Me estás jodiendo? —Su asistente negó con frenesí, asustado de lo que su jefe podría hacerle. —Helena Jacov es un fantasma, no hay registro alguno de ella, ni acta de nacimiento, ni cartilla, nada, es como si no existiera —Arnaut volvió a decir y Alexander se paró en jarra de forma molesta. Los malditos días pasaban y aún no podía encontrar a la chica de dulce voz de la cual estaba un tanto obsesionado, nadie había podido sacarla de su mente, era un total fastidio que incluso lo ponía a sopesar, ¿Cuándo había necesitado tanto a una persona como ahora? Nunca, él era Alexander Vance, él no dependía de nadie, pero al parecer todo era distinto con Helena. Bruno había sido muy listo al decir que sus empleadas eran libres de ir o no a trabajar y que no sabía la razón de su ausencia así como también desconocía su paradero, era obvio que no quería que Alexander volviera a ver a su querida prepago, pero más que eso no le gustaba que alguien tan importante como lo era el CEO, se interesara en ella. No podía desaparecer a Vance como todos los demás, su muerte sería investigada y no podía arriesgarse de ese modo. Lo único que le quedaba era esconder a Helena de Alexander hasta que esté se cansará y lo olvidará. —Necesitó distraerme, ¿Dónde dices que queda ese club? —Arnaut parpadeo incrédulo, ¿Vance yendo a un lugar como esos?—. ¿Sabes que?, irás conmigo. —Abrió la boca mirando como su jefe caminaba hacia la puerta para salir rumbo al club. Alexander se mantuvo con su mal humor aún teniendo a mujeres y hombres semidesnudos a su alrededor y bailado eróticamente delante de él, tomó un fuerte trago de su vodka y se paró desesperado después de permanecer unos 20 minutos insufribles ahí. Arnaut se paró igualmente cuando noto a su jefe exasperado, tenía que hacer algo si no quería ser despedido en un arranque de furia. —Hacen bailes privados —exclamó—. Tal vez necesite más privacidad —dijo sugerente al ver que su jefe se había quedado pensativo ante su propuesta. —Quiero que sea rubia. —Lo señalo con el dedo, Arnaut asintió mirando a su alrededor, preocupado, todas las mujeres del lugar tenían el cabello n***o y castaño, joder. Alexander camino hacia la privacidad de los cubículos y entro a uno de ellos dejando a su asistente para que le consiguiera lo que quería. . . . Helena bailaba de espalda frente al sujeto gordo y calvo que manoseaba su trasero. Lo golpeó en la mano por enésima vez, no pagaba lo suficiente para tocarlo. Soltó un suspiro cuando Irene irrumpió en el lugar, aún no acababa el tiempo, pero se lo agradeció o tal vez no cuando le comento que tenía otro cliente esperando. —¿Qué? —Lo siento, fue muy específico, "mujer rubia", eres la única aquí— Se encogió de hombros señalando su cabello n***o. —¿Qué hago con él? —Señale al obeso borracho. —Déjalo, ya me encargo yo —dijo sin más y salí encontrándose con Leyna. —Hola... —Helena, te esperan en el tercer cubículo. —Estaba a punto de dirigirse a este cuando noto la mirada cabizbaja de su amiga, era extraño, no estaba así cuando salió de casa. —¿Pasa algo? —Ella negó enseguida, no podía decirle lo que acaba de pasar, sería un desastre si se enteraba en ese momento. —Nada mi cielo, ve a trabajar que tenemos una cena pendiente. —Leyna acaricio con ternura su mejilla y Helena sonrió sin preguntar más. En silencio entró al lugar, solo podía ver al sujeto de traje n***o sentado en el sofá, Bruno lo había mandado ahí por una razón y era porque en esa parte del club la vista era escasa, todo estaba en penumbra y solo una tenue luz roja se presentaba en un pequeño foco que se situaba en el techo. Empezó a bailar con la música de fondo, se tocaba su cuerpo mientras se acercaba al sujeto misterioso, todo en silencio. Helena se hincó sobre la alfombra tocando suavemente la pierna de Alexander, este ni siquiera se inquietó, parecía una estatua. —¿No te gusta así? —musito con voz suave, entonces Alexander se inclinó rápidamente sobre su lugar y tomó la mano de Helena. La levanto del suelo llevándola hasta donde la luz pueda permitirle verla mejor, Alexander miro los ojos asustados de Helena y como si hubiera encontrado un tesoro perdido, sonrió. Entonces Helena lo reconoció, era el señor Vance, no entendió por qué la miraba de esa forma, pero se alejó enseguida, no podía tocarla. —Te estuve buscando por días —Helena sé sintió asustada y no por Alexander sino porque Bruno podía verlos desde la cámara que tenía instalada en el cubículo. Si se enteraba de que Vance de nuevo estaba ahí por ella no quería imaginar que haría. —No diga nada —susurro, la música la ayudó de algo—. Hay cámaras y nos están viendo. Alexander no entendía que tenía que ver eso, pero obedeció. Helena prosiguió con su baile. —Aléjese de la luz. —Alexander tomó de nuevo su lugar en el sillón y no porque Helena se lo ordenará, sino porque podía sentir su pene despertar por el sonido de su dulce voz ¿Qué jodidos le pasaba? La rubia se acercó un poco más y se hincó de nuevo sobre sus pies. —No puede estar aquí. —Alexander no entendía nada—. Me meterá en problemas. Vance se peinó el cabello con desesperación, su maldito pene estaba tan duro y el tan caliente, gracias a la simple voz de la rubia y si seguía hablando lo pondría aún peor, la tomó con fuerza de los brazos y se acercó a ella aún sentado en el sofá. —¿Qué jodidos me quieres decir? —dijo sobre sus labios, respirando el aliento del otro. —No puedo hablar. —Eso era algo que Alexander no quería que pasara—. Solo acabaré este baile y me iré. —¿Esto tiene que ver con el hecho de que tu proxeneta te haya castigado por pasar toda la noche conmigo? —Helena desvió la mirada, entonces Alexander vio ese tenue color morado en su mejilla y como si su sangre hubiera hecho ebullición se paró furioso tratando de ir a reclamarle al cobarde que la había tocado. Por suerte la rubia lo detuvo. —Por favor no, él es peligroso, no quiero que le pase nada. —Alexander la miró y no entendió por qué él se preocupaba por su bienestar y más porque el mismo se había alterado al ver ese moretón en su rostro. El sonido de la alarma de tiempo terminado empezó a sonar, eso era todo. —Quiero volver a verte —dijo rápidamente y Helena simplemente negó. —Lo siento señor Vance. —Joder, eso hizo que la punta de su pene palpitara de sobre manera, esto tenía que ser una jodida broma, Helena no podría tener tanto control sobre el cómo para que su simple voz lo excitara a ese grado, pero por primera vez no le hizo caso a su pene y miró con desconsuelo como ella salía del cubículo dejándolo completamente solo.
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