No hubo besos. No hubo caricias. No hubo placer compartido. Solo una descarga violenta. Seca. Impersonal. Cuando termina, se retira sin cuidado, se abrocha el cinturón de su pantalón sin mirarla y se sienta en su silla ortopédica, de espaldas a ella, como si nada hubiese ocurrido. Saca un cigarro, lo enciende con desgano, y sin voltearse, dice con voz grave, llena de fastidio: — Lárgate de mi oficina. Hoy no iremos a almorzar. No estoy de humor. — Sara, aún arreglándose la ropa, lo mira como si no entendiera. Pero pronto comprende que no hay lugar para ella allí. Humillada, se acomoda el vestido como puede, toma su bolso y camina hacia la puerta con pasos firmes, aunque su dignidad le pese en los tacones. Justo antes de salir, lanza una última mirada a la espalda de Magnus. Portazo.

