Silencios. El silencio se había vuelto su única compañía fiel. Bella leía, como todas las noches, acurrucada en una esquina de la cama. El libro entre las manos le temblaba apenas, y sus ojos pasaban línea tras línea como si buscaran, desesperados, un escape. Pero la verdad era que ni siquiera podía concentrarse. Leía por costumbre. Por necesidad. Por supervivencia emocional. A su alrededor, la habitación permanecía intacta desde hace días: bandejas de comida casi tocadas, un par de tazas sin lavar, y una ventana sellada con rejas que solo dejaba pasar la luz de la luna. A veces escribía. Otras veces dibujaba. Tenía papeles regados sobre el escritorio. Algunos con bocetos de rostros femeninos, siluetas sin terminar, flores, ramas, manos... Y uno que otro intento de retratar una espal

