Los días pasaron como una larga noche sin final. Desde que leyó esa maldita revista, Bella no fue la misma. No comía. No dormía. No hablaba. Simplemente se quedaba horas enteras sentada en el borde de su cama, mirando al vacío, recordando una y otra vez cada palabra, cada gesto, cada caricia, cada mentira. La herida era tan profunda que ya ni siquiera dolía: era hueco puro. Lloró tanto el primer día que su cuerpo se rindió por completo. Lloró hasta que los párpados se le hincharon y el pecho le dolió de tanto temblar. Y cuando el cuerpo no pudo más, se apagó. Se desvaneció entre las sábanas, como una flor marchita. Los siguientes días no fueron distintos. Estaba ausente, encerrada en un silencio hermético que ni ella misma podía romper. Solo la interrumpía la entrada de su hermana, que

