Habían pasado días. Días sin verla. Días sin saber de ella. Días sin flores, sin mensajes, sin llamadas. Solo trabajo, movimiento, órdenes, entregas, reuniones. Magnus no hablaba de eso con nadie. Cada vez que Mike insinuaba algo, él simplemente se encerraba más en su silencio. Su carácter se había vuelto más filoso, su mirada más impenetrable. Era como si hubiese vuelto a ese lugar al que nadie quería acercarse. Esa tarde, mientras terminaba de revisar unos documentos en su oficina, su teléfono sonó. Miró la pantalla. Era ella. Su madre. Bufó, dejó el bolígrafo sobre la carpeta y contestó con desgano. — ¿Qué pasa? — Quiero verte. — Dijo la voz al otro lado, calmada, elegante, seca. — Pasa por la mansión esta noche. — Magnus se recostó contra el respaldo de su silla, apretando el pu

