Sólo recordé
que era como un oso inmenso que se comportaba tan
infantilmente como yo. Vaya a saber que destinos le tenía
preparado esta vida de sorpresas.
Yo siempre era el primero en llegar a casa y una hora después caían
en patota mis padres y mi hermana, como si los tres vinieran del
mismo lugar. Un mediodía llegué y me encontré con un sobre
blanco tirado sobre el piso a escasos metros de la puerta de
ingreso. Teníamos prohibido espiar las "cosas de los grandes" pero
cuando me percaté del sello n***o que se posaba en el centro del
mismo anunciando que ese sobre llegaba procedente de mi
escuela, la curiosidad me tragó sin piedad. Mi imaginación era
harto escasa y sólo me dio para pensar en el examen escrito de
lengua que habíamos tenido días atrás y del cual no teníamos
noticias acerca del resultado. Abrí el sobre con total descaro y una
nota gruesa y cargada de enfado decía lo siguiente:
Estimados padres:
Nos comunicamos con ustedes con el fin de
hacerles conocer nuestra preocupación acerca de las faltas que
vuestro hijo, Juan Guillermo Arregui, viene teniendo desde el 13 de
junio pasado hasta la fecha. Le rogamos acercarse hasta el
establecimiento para aclarar estas ausencias y justificar las faltas.
Atentamente: Mario Rizzo (Rector)
24 de junio de 1977
Esos diez días se agruparon en un minúsculo pensamiento y se me
introdujeron en el cuerpo recorriéndome como una serpiente
helada. No manejé la noción del paso del tiempo cuando de
repente sentí que las llaves de mi madre intentaban abrir la puerta.
Corrí hasta mi habitación con el sobre en la mano, me detuve en
medio del cuarto y, desesperado, intenté hallar velozmente un
lugar donde esconderlo. Desde mi pieza sentía los murmullos y los
ruidos de la llegada, y antes de que ingresaran, el viejo ropero me
chistó al oído desde un rincón. Pisé el travesaño de mi cama y con
cierto trabajo me estiré y deposité el sobre arriba del ropero.
Mamá entró pero nunca advirtió un comportamiento extraño. No
tenía esa facultad.
Me costaba horrores mantener la cordura. Por suerte - el
desinterés que fue una constante en mi familia - no me pudo
haber caído mejor y gracias a eso pude sostener el chubasco.
Cerca de las ocho de la noche papá llegó de su trabajo bajo un
silencio abrumador. No saludó y pasó derecho a su habitación.
Mamá planchaba y con mi hermana terminábamos algunas tareas.
Mi padre salió de su habitación, dio un portazo y arrastró una silla
hasta el lugar en donde nosotros nos encontrábamos, ubicándola
muy cerca de mí. Nadie respiraba y mi madre no tuvo la valentía ni
si quiera para recordarle que cuando uno llega a un lugar debe
saludar, tal vez porque sabía a ciencia cierta que se comería una
soberbia paliza de parte de él. Se sentó de frente al respaldar, con
sus brazos apoyados en él, sus piernas abiertas y estiradas
siguiendo el ritmo con sus zapatos de una canción demoníaca, y se
perdió en las prendas que mamá terminaba de alisar. Yo seguía
escribiendo y mis ojos se movían presurosos buscando una
respuesta a la conducta extraña de papá.
-Quiero el sobre, dijo sin inmutarse.
Como si respondiéramos a una orden impartida, mi hermana y yo
dejamos automáticamente de hacer nuestra tarea y mamá se
detuvo con la plancha en el aire.
-Dame el sobre que enviaron de la escuela, continuó y recién ahí
me miró con su cara de perro apoyada sobre sus brazos que
seguían aferrados al respaldar de la silla.
¿Qué sob...? intentó decir mamá.
-¡Vos te callás la boca!, ¿Entendiste?, reaccionó mi padre
enfundado en un demonio desolador y reanudó: - "Porque la
próxima que va a cobrar vas a ser vos". Papá permaneció
incrustando su horror en la mente de mi madre por unos segundos
largos y concluyó: - "El sobre -', volvió a decirme pero esta vez
imprimiéndole una ternura diabólica a su pedido.
Observé a mi hermana que parecía rogarme que no lo desafiara y a
mi madre con su plancha todavía suspendida en el aire y sus ojos a
punto de estallar, sin comprender absolutamente nada. Corrí la
silla hacia atrás, me levanté e intenté ponerme las zapatillas con el
propósito inconsciente (o consciente) de estirar lo más que pudiera
la situación, implorando a los cielos que llamaran a la puerta o que
alguno de sus amigos llegara a buscarlo para ir a emborracharse
a los bares que él frecuentaba. "Apurate Guillermo, no me tomés por
pelotudo", dijo todavía atravesado en su silla.
Nadie llamó a la puerta ni ninguno de sus amigos vino a buscarlo
como todas las noches. La suerte no estaba de mi lado. Mientras
me dirigía a buscar el sobre pensaba en el castigo porque mi
cabeza parecía estar añadida a ese sólo pensamiento cada vez que
hacía algo mal e incluso, cada vez que hacía algo bien. En cada paso
que daba tardaba eternidades y sus gritos apurando mi tranco me
retumbaban y me hacían derramar las primeras lágrimas. Tomé el
sobre y aparecí en la cocina con él en mis manos, sintiendo los
primeros esparcimientos de orina entre mis piernas. Mamá seguía
la secuencia de los movimientos con la plancha suspendida en el
aire y mi hermana se comprimía en su silla tratando de entender de
qué se trataba todo esto. Mi padre abrió el sobre con una
parsimonia tan destructiva que me hizo sentir la conmoción
arañando el fondo de mi estómago. Mientras él leía (para él solo
nomás) yo intentaba pedirle auxilio a mamá con una orquesta de
súplicas mudas que ella parecía no interpretar o desoír, producto
de sus nervios y de sus miedos. Observaba a mi hermana como un
último recurso pero ninguna de las dos aparentaba estar en
sintonía con mis pedidos desesperados y esa desazón me estrujaba
las tripas, y a la vez, luchaba por evitar que el miedo que se
escurría por mis piernas llegara al piso y ahondara aun más el enojo
de mi padre.
¿Podés explicarme esto? preguntó mi padre cortando el silencio
reinante. Cuando quise abrir mi boca para decirle la verdad me
calló con un chistido y su mano izquierda en alto empinando su
índice tembloroso deteniendo toda impronta.
-No quiero que me expliques nada ¿sabés por qué? Porque yo te
voy a explicar a vos, dijo con ese aire superador que lo
caracterizaba y continuó "Esperame en mi habitación".
- iNo, por favor! exclamó mamá mientras mi hermana aullaba de
dolor escondida entre sus rodillas.
-Dije que cerrés la puta boca! gritó mi padre casi comiéndole el
rostro a mi madre que sabía a la perfección el infierno que se
avecinaba.
Exponer crudamente el castigo al que me sometió me revuelve las
entrañas. Cinco días más de ausencia se sumaron a aquellos diez al
estar imposibilitado de levantarme de la cama debido a los golpes
recibidos y a las laceraciones que su escarmiento me provocó. Una
destrucción física y mental hacia un niño de tan sólo diez años por
haber cometido el error de haberse ausentado de su escuela,
mientras las palabras hermosas, las horas de consejos y la luz en el
camino se las guardaba en sus bolsillos para desparramarlas en los
actos acertados y fallidos de Melina, su otra hija.