CONFESIONES INOCENTES (Parte 4)

1231 Palabras
Sólo recordé que era como un oso inmenso que se comportaba tan infantilmente como yo. Vaya a saber que destinos le tenía preparado esta vida de sorpresas. Yo siempre era el primero en llegar a casa y una hora después caían en patota mis padres y mi hermana, como si los tres vinieran del mismo lugar. Un mediodía llegué y me encontré con un sobre blanco tirado sobre el piso a escasos metros de la puerta de ingreso. Teníamos prohibido espiar las "cosas de los grandes" pero cuando me percaté del sello n***o que se posaba en el centro del mismo anunciando que ese sobre llegaba procedente de mi escuela, la curiosidad me tragó sin piedad. Mi imaginación era harto escasa y sólo me dio para pensar en el examen escrito de lengua que habíamos tenido días atrás y del cual no teníamos noticias acerca del resultado. Abrí el sobre con total descaro y una nota gruesa y cargada de enfado decía lo siguiente: Estimados padres:                                        Nos comunicamos con ustedes con el fin de hacerles conocer nuestra preocupación acerca de las faltas que vuestro hijo, Juan Guillermo Arregui, viene teniendo desde el 13 de junio pasado hasta la fecha. Le rogamos acercarse hasta el establecimiento para aclarar estas ausencias y justificar las faltas.                                          Atentamente: Mario Rizzo (Rector)                                                       24 de junio de 1977   Esos diez días se agruparon en un minúsculo pensamiento y se me introdujeron en el cuerpo recorriéndome como una serpiente helada. No manejé la noción del paso del tiempo cuando de repente sentí que las llaves de mi madre intentaban abrir la puerta. Corrí hasta mi habitación con el sobre en la mano, me detuve en medio del cuarto y, desesperado, intenté hallar velozmente un lugar donde esconderlo. Desde mi pieza sentía los murmullos y los ruidos de la llegada, y antes de que ingresaran, el viejo ropero me chistó al oído desde un rincón. Pisé el travesaño de mi cama y con cierto trabajo me estiré y deposité el sobre arriba del ropero. Mamá entró pero nunca advirtió un comportamiento extraño. No tenía esa facultad. Me costaba horrores mantener la cordura. Por suerte - el desinterés que fue una constante en mi familia - no me pudo haber caído mejor y gracias a eso pude sostener el chubasco. Cerca de las ocho de la noche papá llegó de su trabajo bajo un silencio abrumador. No saludó y pasó derecho a su habitación. Mamá planchaba y con mi hermana terminábamos algunas tareas. Mi padre salió de su habitación, dio un portazo y arrastró una silla hasta el lugar en donde nosotros nos encontrábamos, ubicándola muy cerca de mí. Nadie respiraba y mi madre no tuvo la valentía ni si quiera para recordarle que cuando uno llega a un lugar debe saludar, tal vez porque sabía a ciencia cierta que se comería una soberbia paliza de parte de él. Se sentó de frente al respaldar, con sus brazos apoyados en él, sus piernas abiertas y estiradas siguiendo el ritmo con sus zapatos de una canción demoníaca, y se perdió en las prendas que mamá terminaba de alisar. Yo seguía escribiendo y mis ojos se movían presurosos buscando una respuesta a la conducta extraña de papá. -Quiero el sobre, dijo sin inmutarse. Como si respondiéramos a una orden impartida, mi hermana y yo dejamos automáticamente de hacer nuestra tarea y mamá se detuvo con la plancha en el aire. -Dame el sobre que enviaron de la escuela, continuó y recién ahí me miró con su cara de perro apoyada sobre sus brazos que seguían aferrados al respaldar de la silla. ¿Qué sob...? intentó decir mamá. -¡Vos te callás la boca!, ¿Entendiste?, reaccionó mi padre enfundado en un demonio desolador y reanudó: - "Porque la próxima que va a cobrar vas a ser vos". Papá permaneció incrustando su horror en la mente de mi madre por unos segundos largos y concluyó: - "El sobre -', volvió a decirme pero esta vez imprimiéndole una ternura diabólica a su pedido. Observé a mi hermana que parecía rogarme que no lo desafiara y a mi madre con su plancha todavía suspendida en el aire y sus ojos a punto de estallar, sin comprender absolutamente nada. Corrí la silla hacia atrás, me levanté e intenté ponerme las zapatillas con el  propósito inconsciente (o consciente) de estirar lo más que pudiera la situación, implorando a los cielos que llamaran a la puerta o que alguno de sus amigos llegara a buscarlo para ir a emborracharse a los bares que él frecuentaba. "Apurate Guillermo, no me tomés por  pelotudo", dijo todavía atravesado en su silla. Nadie llamó a la puerta ni ninguno de sus amigos vino a buscarlo como todas las noches. La suerte no estaba de mi lado. Mientras me dirigía a buscar el sobre pensaba en el castigo porque mi cabeza parecía estar añadida a ese sólo pensamiento cada vez que hacía algo mal e incluso, cada vez que hacía algo bien. En cada paso que daba tardaba eternidades y sus gritos apurando mi tranco me retumbaban y me hacían derramar las primeras lágrimas. Tomé el sobre y aparecí en la cocina con él en mis manos, sintiendo los primeros esparcimientos de orina entre mis piernas. Mamá seguía la secuencia de los movimientos con la plancha suspendida en el aire y mi hermana se comprimía en su silla tratando de entender de qué se trataba todo esto. Mi padre abrió el sobre con una parsimonia tan destructiva que me hizo sentir la conmoción arañando el fondo de mi estómago. Mientras él leía (para él solo nomás) yo intentaba pedirle auxilio a mamá con una orquesta de súplicas mudas que ella parecía no interpretar o desoír, producto de sus nervios y de sus miedos. Observaba a mi hermana como un último recurso pero ninguna de las dos aparentaba estar en sintonía con mis pedidos desesperados y esa desazón me estrujaba las tripas, y a la vez, luchaba por evitar que el miedo que se escurría por mis piernas llegara al piso y ahondara aun más el enojo de mi padre. ¿Podés explicarme esto? preguntó mi padre cortando el silencio reinante. Cuando quise abrir mi boca para decirle la verdad me calló con un chistido y su mano izquierda en alto empinando su índice tembloroso deteniendo toda impronta. -No quiero que me expliques nada ¿sabés por qué? Porque yo te voy a explicar a vos, dijo con ese aire superador que lo caracterizaba y continuó "Esperame en mi habitación". - iNo, por favor! exclamó mamá mientras mi hermana aullaba de dolor escondida entre sus rodillas. -Dije que cerrés la puta boca! gritó mi padre casi comiéndole el rostro a mi madre que sabía a la perfección el infierno que se avecinaba. Exponer crudamente el castigo al que me sometió me revuelve las entrañas. Cinco días más de ausencia se sumaron a aquellos diez al estar imposibilitado de levantarme de la cama debido a los golpes recibidos y a las laceraciones que su escarmiento me provocó. Una destrucción física y mental hacia un niño de tan sólo diez años por haber cometido el error de haberse ausentado de su escuela, mientras las palabras hermosas, las horas de consejos y la luz en el camino se las guardaba en sus bolsillos para desparramarlas en los actos acertados y fallidos de Melina, su otra hija.
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