NAVIDADES Y ABORTOS (Parte 5)

1614 Palabras
No fue nada preparado por mí, metódica y delirantemente como solía preparar sus pociones de maldad mi padre. Fue una planificación precisa y exquisita de esta vida de misterios que hizo unirnos en este cementerio para desentrañar al hijo de puta. -Papá se quebró en mil pedazos y a partir de ahí él no volvió a ser el mismo desde que el doctor le dijo que se había interrumpido mi gestación en el octavo mes. Mi hipertensión lo mató. Ya había resistido una en la decimosexta semana, pero ésta fue fulminante para su vida. Luego de unos días papá debió regresar a Chile con todo el dolor del mundo y nunca pudo ni supo reponerse a tamaña pérdida. El médico nos terminó diciendo que cualquier embarazo que yo tuviera correría los mismos riesgos y, a medida que los años fueron pasando, el miedo a perderlos y el temor a que a mi me pudiera ocurrir algo, fueron desvaneciendo las ansias y finalmente me quedé en el medio de la nada sin poder traer hijos a este mundo, que era uno de los sueños más anhelados de mi vida. Sócrates ¿Qué será de él? Era un viernes de otoño calmo. El cielo era celeste, con un sol amplio y fulgurante, pero con una brisa fresca que venía desde el sur y atravesaba la ciudad casi en forma sistemática. Recuerdo que fue una de las pocas veces en mi vida que me levanté temprano un día de semana a pesar del asueto por desinfección en la escuela. Esas interrupciones eran tan bienvenidas porque podía dormir a mis anchas hasta que se me acalambrara el cuerpo. El ruido de las llaves abriendo la puerta de entrada me hizo sobresaltar. Papá estaba en su trabajo y mamá, como buena docente de grado, estaba desparramada en su habitación aprovechando el parate que en su establecimiento se había dado también por cuestiones de desinfección. Estela fue la única que tuvo actividad ese día y para mí era un motivo más que suficiente para colmarle la paciencia después del mediodía. Me quedé con la taza sostenida en el aire y mi madre apareció como un fantasma de carne y hueso, bien vestida, con su clásico vestido floreado, sus sandalias hippies y una expresión de alegría que no era habitual en ella. Tan despacio como apareció en la cocina, así corrió la silla y se sentó, sin dejar de mirarme, y con su sonrisa (que le quedaba realmente mal) adornando su rostro. -¿Estás drogada? fue lo primero que se me ocurrió decirle. -'Me hacés un mate cocido? - dijo sonriente aun. El agua estaba caliente y le preparé la infusión. Ella se perdió en el vidrio biselado del portón del garaje y parecía estar rememorando una charla anterior porque con sus ojos como dos huevos, inertes e inmóviles, clavados a lo lejos, se sonreía como recordando algún pasaje gracioso de su aventura reciente. Le acomodé el desayuno y me senté a terminar con el mío. -"Estoy de dos meses-" Lo aventó sin recalar en nada, sin pensarlo. - ¿Qué has dicho?-, increpé sin haber apoyado todavía los labios en el borde de la taza. iMami está esperando un bebé! -:" Vas a tener un hermanito". Sus lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas pero su cuerpo parecía comprimirse en un dolor casi palpable, y aquella expresión de emoción y aquella mueca de felicidad con la que en un principio se sentó en esa silla, parecieron disgregarse de su comportamiento, imposibilitada de seguir sosteniendo las apariencias. Y de inmediato volvía a calzarse el atavío de la actriz que no tenía más escapatoria que mantener rigurosamente las formas. La expresión de júbilo volvió a poblarle el rostro dándome a entender que su embarazo era una de las cosas más gloriosas por las que estaba pasando. Yo podía verlo de esa manera, pero no alcanzaba a darle la forma definitiva. Hoy, la vida y las experiencias, sumado a confesiones que escaparon de los labios de mi madre por desesperación o por hartazgo, poco tiempo después de tomar la decisión de hacer nuestras vidas lejos de su casa, me bloquearían la expresión de alborozo ante una instancia semejante. En ese tiempo la rareza de contar con un bebé que se transformaría en nuestro hermanito, me nubló cualquier posibilidad de análisis, y salté como un bobo para terminar arrodillado junto a mi madre, mientras ella lloraba el instante - por alegría o por sentirse responsable de semejante peso em y me acariciaba el pelo perdida aun en los vidrios biselados del portón. Le sugerí para sacarla de su estado de emoción que se diera un baño y que nos fuéramos hasta el centro de La Alborada a comprar un lindo vestido, algo acorde para una mujer hermosa y joven, algo que la expusiera ante los demás, para que cada habitante del barrio Los Troncos supiera que la maestra iba a dar a luz en poco tiempo más. Eso hicimos y seis horas después estábamos de regreso en casa dándole la novedad a Estela y más tarde a papá. Entrando al cuarto mes el médico le indicó a mi madre que, debido a su edad (mamá estaba por cumplir cuarenta y tres años), su actividad tendría que ingresar en un estado más calmo y debería ir pensando en una carpeta médica obligada para no correr con contratiempos ni con urgencias innecesarias. Recuerdo que el viernes 18 de mayo Ignacio, mi mejor amigo, cumplía la mayoría de edad y habíamos decidido regalarle la entrada para el cine condicionado. Chanza de juventud. Luego, en su casa, Don Roberto nos esperaba con un soberbio asado para los veintitrés que conformábamos el "Grupo indestructible", como solíamos denominarnos en esa época. Cerca de las dos de la madrugada Rosita, la mamá de Nacho, se acercó a mí y me pidió cinco minutos a solas, Me levanté mientras el jolgorio parecía destruir el patio inmenso e iluminado y me fui con ella hacia la cocina de la casa. -Tu hermana está afuera esperando por vos en su bicicleta ",  me dijo Rosita con la voz entrecortada, casi lastimera. Sin saludar ella me acompañó hasta la entrada de su casa, donde Estela aguardaba por mí parada al lado de la bici y compungida ciertamente. ¿Qué te sucede Estela? ", le pregunté mirando a Rosita que permanecía junto a nosotros. -Es mamá- me respondió: "Tenés que venir ya -" Ninguna imagen o situación se cruzó por mi mente en ese instante. Sólo tomé el mando de la bicicleta, hice que mi hermana se sentara en el caño transversal, y salí con prisa, sin darle un saludo a Rosita que tan amablemente se había quedado con nosotros. En el camino intenté sacarle alguna información a Estela, pero el cansancio que me provocaba pedalear a lo animal con ella encima del rodado, y su miedo mezclado con sus lágrimas, cortaron toda posibilidad de tener noticias frescas con respecto a mi madre. Llegamos a casa y aventé la bicicleta en el porche. Entramos corriendo con Estela y mamá estaba tirada en el suelo de la cocina imposibilitada de levantarse, sufriendo como una condenada, bajo un concierto de gritos que parecían destrozarle el alma. Una mancha roja se hacía visible entre sus piernas mientras ella intentaba, sin lograrlo, decirnos algo en su idioma inentendible. Finalmente pudo balbucear: "Papá me hizo esto", alcanzó a decir y con Estela nos miramos de inmediato llenándonos de odio y de impotencia. - ¿Por qué te hizo esto mamá? ¿Qué sucedió por favor?, le pregunté  al tiempo que Estela llamaba al servicio de emergencias. Mamá se desintegraba en llantos sobre el suelo de la cocina, restregándose como una poseída, maldiciendo a mi padre y esputando miles de porqués al aire que caían sobre su rostro desencajado y no le daban respuesta alguna. -Mamá, ¿podés por favor decirnos que fue lo que pasó?, replicó mi hermana imprimiéndole a su pregunta una furia aparente con el fin de sacudirle las palabras. - ¡No entiendo lo que sucedió hija! ", contestó haciendo un verdadero esfuerzo y prosiguió: "Entró endemoniado y no me dio tiempo ni a saludarlo. Luego empezó con los golpes en mi vientre y me arrojó al suelo como si fuera una bolsa de basura. Lo único que repetía mientras le aspiraba el aliento a alcohol era: "¡Me cagaste la vida hija de puta! ¡Vos y ese crio del demonio!- El martes 22 de mayo mamá se sometió a un legrado, justo el día de su cumpleaños en la Clínica de la Mujer. Aun recuerdo a mi madre dormida en la cama del sanatorio gritando en su inconsciencia: "Hijo, ¿Dónde estás hijo de mi alma?", bajo un dolor hiriente que la mataba en su caldo pestilente. "Sócrates Arregui". Nunca nos iban a aceptar ese nombre en el registro civil, pero sonaba tan hermoso y tan doloroso en el aullido de mi madre que lo bautizamos así en nuestros corazones. Como siempre mi padre logró calmar las aguas más adelante con su manto manipulador. No borró lo vivido pero obtuvo deshacerse del tema por unos cuantos años y así creyó verse y saberse reivindicado. Pobre Melina! Ella también pagó los platos rotos de mi padre y él sufrió en carne viva las atrocidades del pasado, con un nieto que esperó como si se hubiera tratado de su primer y verdadero hijo, y que el puño demoledor del juicio aquí en esta vida se lo arrebató despiadadamente completando su extensa cuota de deuda. "Nadie se va de este mundo con plata que no es suya", solía decir mi abuela Pancha. Y cuánta razón tenía.
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