No fue nada preparado por mí, metódica y
delirantemente como solía preparar sus pociones de maldad mi
padre. Fue una planificación precisa y exquisita de esta vida de
misterios que hizo unirnos en este cementerio para desentrañar al
hijo de puta.
-Papá se quebró en mil pedazos y a partir de ahí él no volvió a ser el
mismo desde que el doctor le dijo que se había interrumpido mi
gestación en el octavo mes. Mi hipertensión lo mató. Ya había
resistido una en la decimosexta semana, pero ésta fue fulminante
para su vida. Luego de unos días papá debió regresar a Chile con
todo el dolor del mundo y nunca pudo ni supo reponerse a tamaña
pérdida. El médico nos terminó diciendo que cualquier embarazo
que yo tuviera correría los mismos riesgos y, a medida que los años
fueron pasando, el miedo a perderlos y el temor a que a mi me
pudiera ocurrir algo, fueron desvaneciendo las ansias y finalmente
me quedé en el medio de la nada sin poder traer hijos a este
mundo, que era uno de los sueños más anhelados de mi vida.
Sócrates ¿Qué será de él?
Era un viernes de otoño calmo. El cielo era celeste, con un sol
amplio y fulgurante, pero con una brisa fresca que venía desde el
sur y atravesaba la ciudad casi en forma sistemática. Recuerdo que
fue una de las pocas veces en mi vida que me levanté temprano un
día de semana a pesar del asueto por desinfección en la escuela.
Esas interrupciones eran tan bienvenidas porque podía dormir a
mis anchas hasta que se me acalambrara el cuerpo.
El ruido de las llaves abriendo la puerta de entrada me hizo
sobresaltar. Papá estaba en su trabajo y mamá, como buena
docente de grado, estaba desparramada en su habitación
aprovechando el parate que en su establecimiento se había dado
también por cuestiones de desinfección. Estela fue la única que
tuvo actividad ese día y para mí era un motivo más que suficiente
para colmarle la paciencia después del mediodía. Me quedé con la
taza sostenida en el aire y mi madre apareció como un fantasma de
carne y hueso, bien vestida, con su clásico vestido floreado, sus
sandalias hippies y una expresión de alegría que no era habitual en
ella.
Tan despacio como apareció en la cocina, así corrió la silla y se
sentó, sin dejar de mirarme, y con su sonrisa (que le quedaba
realmente mal) adornando su rostro.
-¿Estás drogada? fue lo primero que se me ocurrió decirle.
-'Me hacés un mate cocido? - dijo sonriente aun.
El agua estaba caliente y le preparé la infusión. Ella se perdió en el
vidrio biselado del portón del garaje y parecía estar rememorando
una charla anterior porque con sus ojos como dos huevos, inertes e
inmóviles, clavados a lo lejos, se sonreía como recordando algún
pasaje gracioso de su aventura reciente.
Le acomodé el desayuno y me senté a terminar con el mío.
-"Estoy de dos meses-"
Lo aventó sin recalar en nada, sin pensarlo.
- ¿Qué has dicho?-, increpé sin haber apoyado todavía los labios en
el borde de la taza.
iMami está esperando un bebé! -:" Vas a tener un hermanito".
Sus lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas pero su cuerpo
parecía comprimirse en un dolor casi palpable, y aquella expresión
de emoción y aquella mueca de felicidad con la que en un principio
se sentó en esa silla, parecieron disgregarse de su
comportamiento, imposibilitada de seguir sosteniendo las
apariencias. Y de inmediato volvía a calzarse el atavío de la actriz
que no tenía más escapatoria que mantener rigurosamente las
formas. La expresión de júbilo volvió a poblarle el rostro dándome
a entender que su embarazo era una de las cosas más gloriosas por
las que estaba pasando. Yo podía verlo de esa manera, pero no
alcanzaba a darle la forma definitiva.
Hoy, la vida y las experiencias, sumado a confesiones que
escaparon de los labios de mi madre por desesperación o por
hartazgo, poco tiempo después de tomar la decisión de hacer
nuestras vidas lejos de su casa, me bloquearían la expresión de
alborozo ante una instancia semejante. En ese tiempo la rareza de
contar con un bebé que se transformaría en nuestro hermanito, me
nubló cualquier posibilidad de análisis, y salté como un bobo para
terminar arrodillado junto a mi madre, mientras ella lloraba el
instante - por alegría o por sentirse responsable de semejante
peso em y me acariciaba el pelo perdida aun en los vidrios biselados del portón.
Le sugerí para sacarla de su estado de emoción que se diera un
baño y que nos fuéramos hasta el centro de La Alborada a comprar
un lindo vestido, algo acorde para una mujer hermosa y joven, algo
que la expusiera ante los demás, para que cada habitante del
barrio Los Troncos supiera que la maestra iba a dar a luz en poco
tiempo más.
Eso hicimos y seis horas después estábamos de regreso en casa
dándole la novedad a Estela y más tarde a papá.
Entrando al cuarto mes el médico le indicó a mi madre que, debido
a su edad (mamá estaba por cumplir cuarenta y tres años), su
actividad tendría que ingresar en un estado más calmo y debería ir
pensando en una carpeta médica obligada para no correr con
contratiempos ni con urgencias innecesarias.
Recuerdo que el viernes 18 de mayo Ignacio, mi mejor amigo,
cumplía la mayoría de edad y habíamos decidido regalarle la
entrada para el cine condicionado. Chanza de juventud. Luego, en
su casa, Don Roberto nos esperaba con un soberbio asado para los
veintitrés que conformábamos el "Grupo indestructible", como
solíamos denominarnos en esa época. Cerca de las dos de la
madrugada Rosita, la mamá de Nacho, se acercó a mí y me pidió
cinco minutos a solas, Me levanté mientras el jolgorio parecía
destruir el patio inmenso e iluminado y me fui con ella hacia la
cocina de la casa.
-Tu hermana está afuera esperando por vos en su bicicleta ",
me dijo Rosita con la voz entrecortada, casi lastimera. Sin saludar ella
me acompañó hasta la entrada de su casa, donde Estela aguardaba
por mí parada al lado de la bici y compungida ciertamente.
¿Qué te sucede Estela? ", le pregunté mirando a Rosita que
permanecía junto a nosotros.
-Es mamá- me respondió: "Tenés que venir ya -"
Ninguna imagen o situación se cruzó por mi mente en ese instante.
Sólo tomé el mando de la bicicleta, hice que mi hermana se sentara
en el caño transversal, y salí con prisa, sin darle un saludo a Rosita
que tan amablemente se había quedado con nosotros.
En el camino intenté sacarle alguna información a Estela, pero el
cansancio que me provocaba pedalear a lo animal con ella encima
del rodado, y su miedo mezclado con sus lágrimas, cortaron toda
posibilidad de tener noticias frescas con respecto a mi madre.
Llegamos a casa y aventé la bicicleta en el porche. Entramos
corriendo con Estela y mamá estaba tirada en el suelo de la cocina
imposibilitada de levantarse, sufriendo como una condenada, bajo
un concierto de gritos que parecían destrozarle el alma. Una
mancha roja se hacía visible entre sus piernas mientras ella
intentaba, sin lograrlo, decirnos algo en su idioma inentendible.
Finalmente pudo balbucear: "Papá me hizo esto", alcanzó a decir y
con Estela nos miramos de inmediato llenándonos de odio y de
impotencia.
- ¿Por qué te hizo esto mamá? ¿Qué sucedió por favor?, le pregunté
al tiempo que Estela llamaba al servicio de emergencias.
Mamá se desintegraba en llantos sobre el suelo de la cocina,
restregándose como una poseída, maldiciendo a mi padre y
esputando miles de porqués al aire que caían sobre su rostro
desencajado y no le daban respuesta alguna.
-Mamá, ¿podés por favor decirnos que fue lo que pasó?, replicó mi
hermana imprimiéndole a su pregunta una furia aparente con el fin
de sacudirle las palabras.
- ¡No entiendo lo que sucedió hija! ", contestó haciendo un
verdadero esfuerzo y prosiguió: "Entró endemoniado y no me dio
tiempo ni a saludarlo. Luego empezó con los golpes en mi vientre y
me arrojó al suelo como si fuera una bolsa de basura. Lo único que
repetía mientras le aspiraba el aliento a alcohol era: "¡Me cagaste
la vida hija de puta! ¡Vos y ese crio del demonio!-
El martes 22 de mayo mamá se sometió a un legrado, justo el día
de su cumpleaños en la Clínica de la Mujer. Aun recuerdo a mi
madre dormida en la cama del sanatorio gritando en su
inconsciencia: "Hijo, ¿Dónde estás hijo de mi alma?", bajo un dolor
hiriente que la mataba en su caldo pestilente. "Sócrates Arregui".
Nunca nos iban a aceptar ese nombre en el registro civil, pero
sonaba tan hermoso y tan doloroso en el aullido de mi madre que
lo bautizamos así en nuestros corazones. Como siempre mi padre
logró calmar las aguas más adelante con su manto manipulador. No
borró lo vivido pero obtuvo deshacerse del tema por unos cuantos
años y así creyó verse y saberse reivindicado.
Pobre Melina! Ella también pagó los platos rotos de mi padre y él
sufrió en carne viva las atrocidades del pasado, con un nieto que
esperó como si se hubiera tratado de su primer y verdadero hijo, y
que el puño demoledor del juicio aquí en esta vida se lo arrebató
despiadadamente completando su extensa cuota de deuda. "Nadie
se va de este mundo con plata que no es suya", solía decir mi
abuela Pancha. Y cuánta razón tenía.