BURRO, UNA PALABRA DEMASIADO FAMILIAR (Parte 2)

1208 Palabras
. Tomó de nuevo el termo entre sus manos pequeñas y de venas muy azules. Su rostro era párvulo, inocente. Sus ojos grandes y delineados fuertemente exponían su ingenuidad, mientras su mano derecha destapaba con cierto encono el termo. Parecía estarme observando con el rabillo del alma. El silencio se tornó demasiado incómodo dentro del silencio sepulcral que habitaba en el cementerio, en donde de vez en cuando la voz inconfundible de un mirlo y el trinar apagado de las urracas, asomaba para demostrarnos que aun estábamos en el espacio de los mortales. -¿Querés un poco más de café? Se está poniendo frío -, dijo al tiempo que sus ojazos negros no pudieron sostener más la tristeza que la embargaba. Esta vez acepté con gusto, mirando hacia la inmensidad del cielo y afirmando sus sensaciones. De su cuello pendía una fina cadenita y de ésta una minúscula guitarra de colores variados que parecía iluminarse al contacto con la luz tenue del día cada vez que Melina hacía un movimiento. -¿Te gusta la música?, pregunté tras el primer sorbo. -¿Tengo aspecto de hippie?, preguntó como deseando oir una respuesta. -Te lo pregunto por la adorno que cuelga de tu cuello. -iAh!, sí, exclamó mientras tocaba su pendiente -: Esta me la regaló papá cuando yo tenía trece años. Recuerdo sus palabras todavía como si me las hubiera dicho esta mañana: -"Vas a ser una gran guitarrista -" Una vez más volvió a sentir la daga de la tristeza clavarse en su pecho. Miró hacia la sepultura besando su cadena y dejando al desnudo la latente incredulidad de la muerte de nuestro padre. Sus ojos se rebalsaron y muchas de sus lágrimas terminaron muriendo en el fondo de su café. -Perdón - sólo pude decir. Ella me miró y me dio a entender que yo no había metido la pata. Estiró su brazo y su mano buscó temblorosa el abrigo de la mía. Fue un segundo de parálisis. La observé y parecía rogarme un poco de indulgencia con sus ojazos negros atiborrados de tristeza y de dolor. Lo hice, más por humanidad que por hermandad, por no verla enterrarse en la angustia más que por sangre misma. -"Con alma de tango"-, soltó Melina al aire bajo un tono gris al que descifré ni bien salió de su boca, sin quitarle la mirada a la tierra húmeda, al tiempo que deslizaba suavemente su mano despegándola de la mía. -"Gracias -', me dijo como gustosa de haber sido por unos instantes el pañuelo de sus cuitas. "Con alma de tango". Me sonaba esa frase. Sabía que a mi padre el tango lo transportaba a otras dimensiones, pero esa frase me era demasiado familiar, no porque lo haya dicho justamente ella, sino porque quien lo hubiera dicho, me habría resultado de esa forma. -¿Qué quisiste decir con "Con alma de tango?-", pegunté intentando no quedar como un soez. -Esa fue la primer guitarra que papá me regaló. Yo tenía catorce años y una mañana llegó a casa con ella y la dejó sobre mi cama, para que cuando yo viniera de la escuela la encontrara ahí. Creo que la aparición de esa guitarra marcó un antes y un después en mi vida. Ambos, papá y mamá, me acompañaron hasta mi habitación con las manos de él tapando mis ojos. Yo no tenía idea de que se trataba esta gran sorpresa, y al abrir la puerta, sobre mi cama, estaba la "Con alma de tango" descansando y esperando por mí. Ellos se fundieron en un abrazo de alegría inconmensurable y yo fui por mi guitarra. La saqué del estuche y toqué al aire sus cuerdas como un acto de conclusión a semejante obsequio. Pasada la exaltación me senté casi al borde de mi cama y la ubiqué sobre mis piernas en una posición poco ortodoxa porque me quedaba realmente grande. Papá se me acercó, lentamente se acuclilló ante mí como si no quisiera estropear la primera posible composición de su hija y mamá, enmudeciendo la placidez puesta en su boca con sus manos, quedó expectante a unos metros de la cama desbordando alegría. Obviamente que no compuse nada porque no tenía la más pálida idea de cómo ejecutar el instrumento. La hurgué por todos lados, le daba miles de vueltas mientras adoraba ese olor a madera lustrada y ese característico perfume en sus cuerdas. La sonoridad de mi manotazo inicial todavía se suspendía en el aire cargado de emociones de mi habitación. Me asomé a la boca de la guitarra y leí al fondo, en el reverso de su espalda, la inscripción: Con alma de tango. Papá se percató de inmediato y me dijo: "Con ese nombre vas a tener el mundo a tus pies. Vas a ser una gran guitarrista". Por primera vez, en mis cuarenta y seis años, tuve la facultad de pensar, recordar y escuchar al mismo tiempo sin que un solo detalle se me fuera de las manos. Así como cada palabra vertida por Melina ingresó en mi alma y la atesoré fuertemente, así fui pensando en forma paralela y recordando al mismo tiempo. Harto de las peleas cotidianas entre mamá y papá, cansado de sus malos tratos, saturado de la violencia con la que se manejaban en cada cosa que hacían y hastiado de la degradación que sufríamos a diario, decidí buscar mi propio destino. Con apenas dieciséis años y un torbellino de confusiones y de desaciertos en mi cabeza, buscar mi destino no me resultó tarea tan fácil, pero no me fue tan mal tampoco. Así como le sucedió a Melina con la aparición de su instrumento, a mí me ocurrió con la escapada: marcó un antes y un después en los asuntos de mi vida posterior. Ese sábado me desperté más temprano que de costumbre. En realidad me había costado conciliar el sueño porque había estado toda la madrugada planificando el "golpe" que daría ese sábado por la noche. Mi padre ya se había ido al trabajo y mamá dormía como una vaca. Estela hacía dos días que se había ido a lo de Rosita Valverde, la amiga de toda su vida y, para ese entonces - desde hacía dos meses - compañera de trabajo en un comercio céntrico. Mientras mi madre roncaba sin vergüenza alguna, aproveché y busqué los bolsos de viaje que ella tenía guardados en la parte más alta del placar, del lado que le correspondía a mi padre. Los hallé. Eran unos bolsos marrones espantosos que papá se había ganado en una fiesta del sindicato al cual pertenecía la empresa en donde trabajaba y que dormían en lo alto del placar manteniendo aún ese característico olor a nuevo. Volví a mi cuarto y empaqué gran parte de las cosas que tenía, que no eran muchas. Luego de cerciorarme de haber guardado todo lo necesario escondí los bolsos bajo la cama de mamá que continuaba durmiendo como una marmota, sabiendo que - como todos los sábados de su vida - no se pondría a limpiar, por lo tanto me aseguraba de que no iban a ser descubiertos. Hacia la noche guardé mi guitarra en su estuche y la llevé también a la habitación de mis padres.
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