. Tomó de nuevo el termo entre sus manos pequeñas y
de venas muy azules. Su rostro era párvulo, inocente. Sus ojos
grandes y delineados fuertemente exponían su ingenuidad,
mientras su mano derecha destapaba con cierto encono el termo.
Parecía estarme observando con el rabillo del alma. El silencio se
tornó demasiado incómodo dentro del silencio sepulcral que
habitaba en el cementerio, en donde de vez en cuando la voz
inconfundible de un mirlo y el trinar apagado de las urracas,
asomaba para demostrarnos que aun estábamos en el espacio de
los mortales.
-¿Querés un poco más de café? Se está poniendo frío -, dijo al
tiempo que sus ojazos negros no pudieron sostener más la tristeza
que la embargaba.
Esta vez acepté con gusto, mirando hacia la inmensidad del cielo y
afirmando sus sensaciones.
De su cuello pendía una fina cadenita y de ésta una minúscula
guitarra de colores variados que parecía iluminarse al contacto con
la luz tenue del día cada vez que Melina hacía un movimiento.
-¿Te gusta la música?, pregunté tras el primer sorbo.
-¿Tengo aspecto de hippie?, preguntó como deseando oir una
respuesta.
-Te lo pregunto por la adorno que cuelga de tu cuello.
-iAh!, sí, exclamó mientras tocaba su pendiente -: Esta me la regaló
papá cuando yo tenía trece años. Recuerdo sus palabras todavía
como si me las hubiera dicho esta mañana: -"Vas a ser una gran
guitarrista -" Una vez más volvió a sentir la daga de la tristeza
clavarse en su pecho. Miró hacia la sepultura besando su cadena y
dejando al desnudo la latente incredulidad de la muerte de nuestro
padre. Sus ojos se rebalsaron y muchas de sus lágrimas terminaron
muriendo en el fondo de su café.
-Perdón - sólo pude decir.
Ella me miró y me dio a entender que yo no había metido la pata.
Estiró su brazo y su mano buscó temblorosa el abrigo de la mía. Fue
un segundo de parálisis. La observé y parecía rogarme un poco de
indulgencia con sus ojazos negros atiborrados de tristeza y de
dolor. Lo hice, más por humanidad que por hermandad, por no
verla enterrarse en la angustia más que por sangre misma.
-"Con alma de tango"-, soltó Melina al aire bajo un tono gris al que
descifré ni bien salió de su boca, sin quitarle la mirada a la tierra
húmeda, al tiempo que deslizaba suavemente su mano
despegándola de la mía. -"Gracias -', me dijo como gustosa de
haber sido por unos instantes el pañuelo de sus cuitas.
"Con alma de tango". Me sonaba esa frase. Sabía que a mi padre el
tango lo transportaba a otras dimensiones, pero esa frase me era
demasiado familiar, no porque lo haya dicho justamente ella, sino
porque quien lo hubiera dicho, me habría resultado de esa forma.
-¿Qué quisiste decir con "Con alma de tango?-", pegunté
intentando no quedar como un soez.
-Esa fue la primer guitarra que papá me regaló. Yo tenía catorce
años y una mañana llegó a casa con ella y la dejó sobre mi cama,
para que cuando yo viniera de la escuela la encontrara ahí. Creo
que la aparición de esa guitarra marcó un antes y un después en mi
vida. Ambos, papá y mamá, me acompañaron hasta mi habitación
con las manos de él tapando mis ojos. Yo no tenía idea de que se
trataba esta gran sorpresa, y al abrir la puerta, sobre mi cama,
estaba la "Con alma de tango" descansando y esperando por mí.
Ellos se fundieron en un abrazo de alegría inconmensurable y yo fui
por mi guitarra. La saqué del estuche y toqué al aire sus cuerdas
como un acto de conclusión a semejante obsequio. Pasada la
exaltación me senté casi al borde de mi cama y la ubiqué sobre mis
piernas en una posición poco ortodoxa porque me quedaba
realmente grande. Papá se me acercó, lentamente se acuclilló ante
mí como si no quisiera estropear la primera posible composición de
su hija y mamá, enmudeciendo la placidez puesta en su boca con
sus manos, quedó expectante a unos metros de la cama
desbordando alegría. Obviamente que no compuse nada porque no
tenía la más pálida idea de cómo ejecutar el instrumento. La
hurgué por todos lados, le daba miles de vueltas mientras adoraba
ese olor a madera lustrada y ese característico perfume en sus
cuerdas. La sonoridad de mi manotazo inicial todavía se suspendía
en el aire cargado de emociones de mi habitación. Me asomé a la
boca de la guitarra y leí al fondo, en el reverso de su espalda, la
inscripción: Con alma de tango. Papá se percató de inmediato y me
dijo: "Con ese nombre vas a tener el mundo a tus pies. Vas a ser
una gran guitarrista".
Por primera vez, en mis cuarenta y seis años, tuve la facultad de
pensar, recordar y escuchar al mismo tiempo sin que un solo
detalle se me fuera de las manos. Así como cada palabra vertida
por Melina ingresó en mi alma y la atesoré fuertemente, así fui
pensando en forma paralela y recordando al mismo tiempo.
Harto de las peleas cotidianas entre mamá y papá, cansado de sus
malos tratos, saturado de la violencia con la que se manejaban en
cada cosa que hacían y hastiado de la degradación que sufríamos a
diario, decidí buscar mi propio destino. Con apenas dieciséis años y
un torbellino de confusiones y de desaciertos en mi cabeza, buscar
mi destino no me resultó tarea tan fácil, pero no me fue tan mal
tampoco. Así como le sucedió a Melina con la aparición de su
instrumento, a mí me ocurrió con la escapada: marcó un antes y un
después en los asuntos de mi vida posterior.
Ese sábado me desperté más temprano que de costumbre. En
realidad me había costado conciliar el sueño porque había estado
toda la madrugada planificando el "golpe" que daría ese sábado
por la noche. Mi padre ya se había ido al trabajo y mamá dormía
como una vaca. Estela hacía dos días que se había ido a lo de Rosita
Valverde, la amiga de toda su vida y, para ese entonces - desde
hacía dos meses - compañera de trabajo en un comercio céntrico.
Mientras mi madre roncaba sin vergüenza alguna, aproveché y
busqué los bolsos de viaje que ella tenía guardados en la parte más
alta del placar, del lado que le correspondía a mi padre. Los hallé.
Eran unos bolsos marrones espantosos que papá se había ganado
en una fiesta del sindicato al cual pertenecía la empresa en donde
trabajaba y que dormían en lo alto del placar manteniendo aún ese
característico olor a nuevo.
Volví a mi cuarto y empaqué gran parte de las cosas que tenía, que
no eran muchas. Luego de cerciorarme de haber guardado todo lo
necesario escondí los bolsos bajo la cama de mamá que continuaba
durmiendo como una marmota, sabiendo que - como todos los
sábados de su vida - no se pondría a limpiar, por lo tanto me
aseguraba de que no iban a ser descubiertos.
Hacia la noche guardé mi guitarra en su estuche y la llevé también
a la habitación de mis padres.