Ahí estábamos. Tres criminales (bueno, dos criminales y una rehén con personalidad carismática y cero miedo a la diabetes), devorando hamburguesas en un restaurante de gasolinera, mientras las luces parpadeaban como si estuviéramos en una película clase B. Yo estaba en la mejor parte: el punto donde la malteada sabe a infancia feliz, y las papas extra, doradas y cubiertas de queso, son mejores que el sexo. Luca comía con la pasión de quien ha pasado por muchas fugas y muy pocos buenos menús. Y Damien... Damien no comía. Solo sostenía su café. Miraba por la ventana como si estuviera reflexionando sobre su existencia. Y entonces… RUGIDO. Largo. Profundo. El rugido de la traición estomacal. Yo parpadeé. Luca parpadeó. Damien… se quedó inmóvil. Como si nada hubiera pasado. Com

