CAPITULO 7

1100 Palabras
Llevábamos media hora más de carretera, y la emoción por la bola de pelos ya se había transformado en algo mucho más peligroso: karaoke sin censura. Luca tenía una lista de reproducción llamada “crímenes musicales”, y yo estaba en modo estrella de pop caída en desgracia. —¡LA QUE SIGUE ES “BAILANDO”! —grité, ya parada en la parte trasera de la combi como si fuera un escenario de Broadway. La música comenzó. Yo (voz aguda y dramática): “Yo te miro, se me corta la respiracióóóón…” Luca (con acento exagerado): “Cuando tú me miraaaas, se me sube el corazóóóón…” Damien estaba en el asiento del copiloto. De brazos cruzados. Con cara de que estaba contando mentalmente las formas en las que podría fingir un coma. —¡LOS ODIO A LOS DOS! —gritó. —¡DIOS, SE METIÓ EN LA CANCIÓN! —dije— ¡Es nuestro featuring, Luca! —¡QUEDA INMORTALIZADO! Cambio de canción. “Livin’ La Vida Loca” Subimos el volumen. Apostamos el alma. Luca: “She’ll make you take your clothes off and go dancing in the rain…” Yo (apuntando a Damien): “She’ll make you live her crazy life, but she’ll take away your pain… LIKE A BULLET TO YOUR BRAIN…” —¡BAAAAASTAAAA! —bramó Damien, golpeando el techo de la combi con la mano abierta. —¡Eso fue increíblemente rítmico, Wolfe! ¿Quieres cantar “Corazón Espinado” ahora? —QUIERO SILENCIO. QUIERO PAZ. QUIERO DESAPARECER. —¿Quieres un dueto de Shakira? —¡QUIERO QUE SE CALLEN, CARAJOOOOO! Silencio. Por dos segundos. Y luego: Luca: “WAKA WAKA EH EH…” Yo: “TSAMINA MINA ZANGALEWA…” Damien se tapó la cara con ambas manos. —Estoy rodeado de idiotas. —Y tú eres nuestro alfa, baby —le guiñé. — Seguimos cantando. Seguimos rodando. Y aunque Damien parecía al borde del colapso, no se bajó, no gritó más, y —según yo— hasta tarareó una línea sin querer. Eso, para mí, es progreso. Y también, una señal clara de que estamos haciéndolo pedazos por dentro. Qué divertido es el crimen cuando lo compartes con las personas equivocadas. Cinco minutos. Diez minutos. Quince minutos. Yo, rebotando en la parte trasera de la combi, empecé suave: —Tengo ganas de ir al baño. Damien no respondió. —Digo… que si no paramos en unos minutos, se viene la catástrofe. Nada. —¡TENGO GANAS DE IR AL BAÑOOOO! —grité en falsete, como soprano dramática. —No. —respondió Damien. —Estoy flotando. —No. —Voy a dejar una mancha emocional en este asiento. —HARPER. —¿Y si solo bajo y lo hago como perrito en la banqueta? Damien giró lentamente la cabeza, con la mirada de alguien que ha sobrevivido a guerras, traiciones… pero no a una Harper con vejiga al límite. —Te juro que si no te callas... —¡OH DIOS, VOY A LLORAR PEEEEE! —¡BASTA! —rugió Damien. —¡QUIERO HACER PIPÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍÍ! —empecé a cantar, como si estuviera en un musical de Broadway. —¡PIPÍ EN MI CORAZÓN… PIPÍ EN MI SER! —¿QUÉ. CARAJOS. TE PASA? Y ahí, como ángel enviado por la razón: Luca intervino. —Bro… creo que lo mejor sería parar. —¡Gracias, Luca, tú sí valoras mis órganos! —Además —dijo mientras señalaba por la ventana—, ahí hay una de esas gasolineras con restaurante pegado. Podríamos aprovechar para comer. Damien apretó el volante como si quisiera fundirlo. Silencio. Tensión. Respiración profunda del rubio. —Cinco minutos. —¡DEEEEELUXE! —grité, levantando los brazos—. ¡VAMOOOOOOOOS! — La combi se desvió. Aparcamos junto a una gasolinera con letrero parpadeante que decía: "El Pelícano Feliz. Hamburguesas, baño y milagros." —No te separes —dijo Damien. —¿Y si me voy por una nueva identidad? —Harper. —Ya vaaaale. Solo voy a orinar, comer, y quizá comprar un llavero. Después de liberar mi vejiga (y el alma), salí del baño de “El Pelícano Feliz” como una mujer renovada, fresca, gloriosa, lista para vivir mi fantasía criminal culinaria. Entramos al restaurante pegado a la gasolinera. Mesas de madera viejas, cuadros horrendos de pelícanos sonrientes, y un menú pegado en la pared con letras chuecas y manchas de grasa que contaban historias. Nos sentamos. Damien, como siempre, cara de funeral. Luca, feliz de estar en cualquier lugar con comida. Y yo, viendo el menú como si fuera una carta de Hogwarts. Llegó la mesera. Tenía cara de que ya no confiaba en la humanidad, pero aún así se esforzaba por sonreír. —¿Qué van a ordenar? —preguntó sin alma. Levanté la vista con mi mejor sonrisa de estrella de cine indie y dije: —Una hamburguesa extra grande, con doble queso, tocino, cebolla caramelizada, extra papas, y... una malteada de fresa, por favor. Silencio. Damien me miró. Luca me miró. La mesera me miró. Yo asentí. —Estoy en una etapa de sanación emocional. Esto es parte de mi proceso. —¿Vas a comerte todo eso tú sola? —preguntó Damien, como si eso fuera lo más indignante del día. —¡Claro que sí! —respondí—. Estoy celebrando que aún no me matas y que seguimos vivos. ¿O qué? ¿Quieres que pida ensalada? ¿QUÉ SIGUE, DAMIEN, VIVIR EN SILENCIO? La mesera sonrió, levemente. Escribió mi pedido sin decir nada. —¿Y para ustedes? —preguntó. —Lo mismo que ella —dijo Luca, sonriendo—. Pero mi malteada de chocolate. Damien la miró con ojos de odio. —Solo café para mí. —Oh, miren —dije, recargándome en la mesa—. Qué sorpresaaaaa. — Cuando la comida llegó, la hamburguesa era tan grande que parecía un reto de YouTube. Yo la vi y le hablé como si fuera un ex novio que había vuelto para pedir perdón. —Hola, monstruo… te estuve esperando toda mi vida. Le di la primera mordida. Cielo. Grasa. Queso. Libertad. —Dios… —murmuré—. Si me van a matar, quiero que sea después de esto. No antes. Damien ni tocó su café. Solo nos miraba comer, como si estuviéramos sacrificando sus últimas neuronas en una ofrenda al colesterol. —¿Seguro que no quieres una mordidita, rubio amargado? —le ofrecí. —Quiero morirme. —¡Yo también! ¡Pero primero las papas! —
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR