La cosa es que Damien, aunque parece un robot militarizado sin emociones, también es humano.
Y los humanos… se cansan.
Ya llevábamos como tres horas de viaje, y el rubio por fin cedió a su necesidad de descanso.
Cerró los ojos en el asiento del copiloto, cruzó los brazos, y murmuró algo como “Despiértame si nos van a morir todos”.
Y eso, mis amores, fue mi señal divina.
Me giré lentamente hacia Luca, que iba manejando mientras comía una paleta.
—Ahora —le susurré, como si estuviéramos en una operación de guerra.
—¿Ahora qué? —respondió él, con la paleta aún en la boca.
—Gira a la derecha en el siguiente cruce.
—¿Es la ruta secreta al escondite?
—Es la ruta secreta… a la bola de pelos más grande de los cuatro estados.
Luca me miró.
Levantó una ceja.
Y sonrió.
—Lo vale.
—¡ESO PENSÉ!
Y giró.
Sin piedad.
Sin miedo.
Sin consultar al general Gruñidos de Hielo™️ que dormía plácidamente al lado.
Yo abrí el mapa y comencé a narrar con voz dramática:
—“Y así, en el día 3 de su secuestro no convencional, Harper Lynn Anderson tomó control indirecto del volante y cumplió un sueño absurdo: visitar una abominación turística cubierta de pelos.”
—¿Falta mucho? —preguntó Luca.
—Veinte minutos.
—¿Crees que nos maten por esto?
—A ti no. A mí probablemente me tiren en una cuneta. Pero valdrá la pena.
—
Pasaron quince minutos gloriosos.
El paisaje cambió a uno más rural, más adorable, más “los extraterrestres podrían aterrizar aquí sin que nadie se diera cuenta”.
Y luego, una señal oxidada apareció al lado del camino:
“A solo 3 km: ¡LA BOLA DE PELOS MÁS GRANDE DE LOS 4 ESTADOS! ¡Entrada libre! ¡Selfies bienvenidas!”
Yo grité. Literalmente.
Como fan de BTS viendo a su bias.
Luca frenó.
—¿Selfies?
—OBVIO.
Pero entonces…
—¿Dónde estamos? —gruñó una voz baja y amenazante.
Luca y yo nos congelamos.
Damien se desperezó, frunció el ceño… y luego vio el letrero.
—No.
—Damien… —intenté suavemente.
—¡NO!
—¡Pero ya estamos aquí! ¡No tiene sentido dar vuelta! ¡Es… cultura!
Damien se incorporó como si le hubieran inyectado furia líquida.
—¿DESVIARON LA RUTA PARA VER UNA MALDITA BOLA DE PELOS?
—Es la MÁS GRANDE de los cuatro estados —corregí.
—¡ME BAJO!
—¡ES LA BOLA O TU CORAZÓN, DAMIEN!
Luca carcajeándose.
Yo en éxtasis.
Damien al borde del colapso.
Y justo al doblar la curva… la vimos.
Una estructura peluda, espantosa, ridículamente enorme.
Rodeada de gente.
Con un cartel que decía: “Favor de no lamer la bola.”
Y yo, con lágrimas en los ojos, susurré:
—Esto es todo lo que soñé.
Si hay algo que me enseñó esta aventura es que el crimen organizado necesita más momentos de esparcimiento.
Y que la bola de pelos más grande de los cuatro estados merece respeto internacional y una cuenta verificada en r************* .
Apenas bajamos de la combi, corrí directo hacia esa gloriosa masa peluda que parecía una cruza entre un hámster gigante y la alfombra de la abuela.
—¡LUCAAA! ¡FOTO YA!
Luca, con alma de mejor amigo y secuestrador del año, ya estaba sacando su celular.
—¡Haz pose dramática, Harper! ¡Como si la bola te estuviera susurrando secretos!
—¡Perfecto!
Me tiré de rodillas, una mano extendida hacia la bola, la otra en el pecho.
—¡Esta es la reliquia que me dará poder!
Flash.
—¡Ahora una abrazándola como si fuera tu amante prohibida peluda!
Me lancé sobre la bola de pelos.
—¡Llévame contigo, criatura de hebras gloriosas!
Flash.
Luca se reía tan fuerte que la gente alrededor comenzó a mirar.
Y entonces llegó el verdadero milagro.
Damien bajó de la combi.
Con pasos lentos.
Irritación goteando por cada poro.
Los ojos fijos en nosotros como si quisiera teletransportarnos al infierno.
—No —dijo con voz grave—. No me saquen en ninguna maldita foto.
—¡TARDE! —grité mientras Luca ya tenía el lente apuntando a los tres.
—¡Dame la cámara! —bramó Damien.
—¡No! ¡Esto es parte de nuestra historia, rubio frío! ¡Un día, cuando seamos viejos y tú por fin aceptes que estás enamorado de mí, vas a mirar esta foto y vas a llorar!
—¡Voy a llorar del trauma!
Flash.
Y ahí quedó inmortalizado el momento:
Una rehén gordita con cara de emoción absoluta abrazando una bola gigante de pelos.
Un morenazo sexy tomando selfies y posando con gafas de sol como si fuera suya.
Y un rubio asesino en potencia, de brazos cruzados, cara de funeral, parado a la fuerza al lado de ellos.
Un retrato perfecto de lo que somos:
el peor equipo de criminales del mundo.
Y también… los mejores.
—Quiero una copia impresa de esto —dije.
—Yo también —añadió Luca.
—Yo quiero morirme —respondió Damien.
Después de la gloriosa sesión de fotos, Luca y yo entramos a la tiendita de souvenirs.
Y cuando digo “tiendita”, me refiero a un cuartito mal iluminado que olía a incienso viejo y a sueños rotos…
Pero entonces la vi.
La camiseta.
Era blanca, fea, y decía en letras enormes:
“#TeamPelos ”
“Sobreviví a la bola más peluda de América”
Lloré un poco.
De risa.
Y de emoción pura.
—Luca, necesito tres —dije sin pensarlo.
—¿Tres?
—Obvio. Una para ti, una para mí, y una para el gruñón con alma marchita que nos está esperando afuera deseando que lo atropellen.
Pagamos.
Salimos.
Y entonces se la extendí a Damien con ambas manos, como si le ofreciera una reliquia sagrada.
—¿Qué. Es. Esto? —preguntó, como si le hubiera entregado un animal muerto.
—Tu nueva camiseta, cariño —dije con una sonrisa angelical—. Es parte del paquete de turismo exprés. ¿O quieres que parezca que no apoyas la cultura local?
—Harper.
—Si no te la pones, voy a gritar que me estás secuestrando.
—¡TE ESTAMOS SECUESTRANDO!
—Pero lo voy a gritar con lágrimas y voz de telenovela. En público.
—…
Luca ya se la había puesto. Le quedaba ridículamente bien.
Hasta la había anudado de un lado.
Estaba posando frente a la combi como si hiciera un anuncio para Telemundo.
Damien resopló.
Agarró la camiseta.
Y SE LA PUSO.
Encima de su camiseta negra de mercenario amargado.
Y ahí estaba.
Damien Wolfe.
El hombre más peligroso del grupo.
Con una camiseta blanca que decía #TeamPelos en letras de colores.
Yo no podía respirar.
Me arrodillé de la risa.
Grité. Lloré.
Le tomé una foto.
—¡ESTO VA AL ÁLBUM DE NAVIDAD!
—Voy a matarte.
—¿Así, vestidito así? Por favor, ¡hazlo! ¡Que sea mi foto de funeral!
—
Subimos a la combi.
Luca manejaba.
Yo iba atrás, abrazando mi camiseta como si fuera un trofeo.
Damien, con el ceño fruncido, mirando por la ventana…
pero sin quitarse la camiseta.
Y eso, mis cielos, es una victoria.