—Bueno, comenzamos nuestro recorrido por las hermosas calles de esta ciudad corrupta. A su izquierda, pueden ver el puesto de tacos que probablemente tiene más higiene que nuestra reputación.
A la derecha, un perro con una sandalia en la boca. Qué símbolo de libertad.
Damien gruñó.
—Harper…
—¡Estoy creando recuerdos!
—Esto no es un campamento.
—¡Claro que sí! Tiene comida, transporte y gente en crisis existencial. Es como un campamento… pero con armas.
Luca se rió con fuerza.
—No sé qué me preocupa más, Harper, si tu capacidad para hablar sin respirar o que Damien no se haya lanzado por la ventana todavía.
—Le tengo fe —dije—. Solo está negando lo mucho que me quiere.
Damien golpeó la guantera con la palma abierta.
—¡NO TE QUIERO!
—¿Vieron eso? —le susurré a Luca—. Se está enamorando.
Llevábamos poco más de una hora de viaje.
Yo ya había cantado "Livin’ on a Prayer", "Aserejé" y una versión desafinada de “Señor Juez”. Luca estaba fascinado. Damien estaba considerando abrir la puerta de la combi y lanzarse en movimiento.
Y entonces, pasó:
—Tenemos que cargar gasolina —anunció Luca.
Damien murmuró algo en otro idioma. Posiblemente una maldición ancestral.
Y minutos después, estábamos entrando en una gasolinera de carretera, de esas que tienen baños horribles, snacks vencidos y una tienda de conveniencia que huele a cloro con desesperanza.
—¿Me puedo bajar? —pregunté, ya con la mochila al hombro.
—NO —respondió Damien, sin mirarme.
—¿Y si quiero ir al baño?
—Sostente.
—¿Y si me orino en el asiento?
—Luca, bájala.
Luca se carcajeó y me abrió la puerta con una reverencia.
—Milady, su parada oficial de emergencia.
Yo salté fuera de la combi con la alegría de una niña en viaje escolar.
Claro que Damien me seguía a un metro, con cara de "intenta huir y te entierro viva al lado del Oxxo".
Entramos a la tienda.
Yo me fui directo a los pasillos de snacks como una mariposa a la luz.
Damien se quedó en la puerta, cruzado de brazos, vigilante.
Luca estaba llenando el tanque y guiñándome el ojo desde afuera.
Agarré unas papas, dos chocolates, un refresco, una paleta con forma de pie y una revista de chismes.
—¿Puedo comprar esto? —le pregunté a Damien.
—No.
—Entonces lo robaré.
—No.
—¿Entonces lo escondo en mi ropa y te hago responsable?
Me miró.
Con tanto odio.
Que sonreí.
—Dame eso, Harper.
—¡Nadie te enseño a pedir las cosas! ¡Modales, Ken criminal!
Me arrancó las cosas de las manos y las tiró en el mostrador.
El tipo de la caja nos miró raro.
—Bonito matrimonio tienen —dijo el cajero.
Damien me miró.
Yo lo miré.
Y le guiñé el ojo al cajero.
—Gracias. Estoy embarazada, pero él todavía no lo sabe.
El cajero se atragantó con su chicle.
Damien cerró los ojos como si estuviera tratando de invocar la muerte por wifi.
Pagó. No dijo una palabra. Solo tiró la bolsa de compras en mis brazos como si quemara.
—Vuelve a inventar algo así y te amordazo con cinta industrial —susurró.
—Me hablas sucio y luego te enojas. Qué contradictorio.
—
Volvimos a la combi.
Luca: —¿Todo bien?
Damien: —No me hables.
Harper: —Acabamos de tener una luna de miel exprés en la tienda. Fue precioso.
Salimos de la ciudad sin ningún problema.
Gracias a Dios, nadie sospecha de una combi con stickers de Pikachu, tres ocupantes y un aura de caos emocional.
Yo estaba en la parte trasera, ahora con un mapa turístico gigante extendido sobre mis piernas, marcando rutas, leyendo descripciones y masticando chicles como si estuviéramos haciendo una gira escolar.
—Oigan —dije, entusiasmada—. Según esto, si nos desviamos unos 40 minutos hacia el norte, podemos ir a ver la bola de pelos más grande de los 4 estados.
Silencio.
Luca me miró por el retrovisor. Intrigado.
Damien ni parpadeó.
—¿Qué dijiste? —preguntó Luca.
—Que hay una bola de pelos gigante. Como una atracción. Al parecer es una colección de pelos de mascotas que empezó en los 90. ¡Tiene su propia página web y todo!
Damien apretó el volante.
—Estamos escondiéndonos de una organización que nos quiere muertos, Harper.
—¡Exacto! ¿Y qué mejor forma de pasar desapercibidos que visitando atracciones bizarras de pueblo? Nadie sospecha de los turistas que van a ver bolas de pelo.
—No.
—¡Pero—!
—No.
—¿Y si me lo tomo como mi último deseo antes de ser intercambiada por un maletín con dinero y secretos corporativos?
—Harper.
—¿Y si lo pedimos como "reconocimiento emocional a la rehén más cool"?
—HARPER.
—Yo voto que sí —intervino Luca, sonriendo—. La rehén quiere pelo, le damos pelo.
—¡Gracias, Luca! ¡Eres mi secuestrador emocional favorito!
—¡A la orden, princesa!
Damien resopló tan fuerte que se empañó el parabrisas.
—No vamos a ver una bola de pelos. No vamos a parar. No vamos a desviar la ruta.
—¿Y si está embrujada? —pregunté con los ojos brillando—. ¿Y si es una reliquia que da buena suerte?
—¿Quieres que te saque por la ventana?
—¡Ay, yaaa! ¡No sabes apreciar el arte popular, rubio de hielo!
—
Y ahí me quedé, con el mapa en las piernas, mi dignidad intacta y un nuevo plan en mente:
convencer a Luca de dar la vuelta cuando Damien se quede dormido.
Porque si hay algo más fuerte que un plan criminal…
Es una chica gordita con obsesión por bolas de pelo gigantes y cero sentido del peligro.